MARGARITA
Todo era un caos: la lluvia, el barro y mi corazón.
Apenas entré a la cabaña supe que había sido un lugar especial y me limité a caminar con cuidado y respeto, pero cuando entré a la habitación me estremecí.
No está abandonada, pero hay cajas llenas en el armario de ropa femenina. —No puedo usar esto. —Dije en un susurro.
Era ropa de Silvia, no quiero seguir equivocándome y con mis acciones lastimar a personas que no cierran su herida del todo.
Mi pecho se aprieta, se cuánto duele perder a una pieza fundamental de tu núcleo familiar, derramó lágrimas de forma automática al recordar la mirada de Tomas y de Rafael.
—¿Qué es esto que siento por ellos? —Llevo mi mano a mi pecho, el frío sigue calando en mis huesos y mi piel se eriza. —No, Margarita, no puedes involucrarte.
Intento respirar profundamente, limpio las gotas salinas.
—¿Puedo pasar? Llegó el agua caliente. —Escucho a Raúl detrás de la puerta.
—Adelante. —digo con los dientes tiritando.
—Buena elección. —Dice mirando las prendas de vestir que escogí. —Mi hermano y mi sobrino lo agradecerán. —Vierte el agua caliente en una bañera. —No podrás irte mañana, lo más seguro es que no haya paso por unos días.
—No me digas eso… yo necesito irme. —Dije como si fuera verdad.
Me mira fijamente.
—Necesitas irte, pero la naturaleza es impredecible. Deja de pensar, casi mueres vi a mi hermano rescatarte, duerme y despeja tu mente.
—¿Eres consejero? —Bromeo.
—Al parecer soy su sirviente, hasta agua caliente les traje. —Al decir esto cerró la puerta.
Los minutos pasaron, me duche con agua tibia y me puse a secar la ropa, aunque dudo que esto pase, apenas bajó siento las miradas puestas en mí y al mismo tiempo la tranquilidad en los ojos del ogro.
Si fue buena elección, aunque todo me queda ancho, me siento más tranquila. Tomás salta a mí y Blitz igual, me obligo a sentarme, a cuidarlo en silencio bajo la atenta mirada de Rafael y Raúl.
Hasta que vi salir a Raúl, y al vaquero rudo ir por los colchones, esto es incómodo en cierta parte, pero mi mini vaquerito hace todo más tolerable.
De un momento a otro terminamos acostados, el calor del fuego debería tranquilizarme, pero no lo hace.
Tomás se aferra a mi mano como si en cualquier momento pudiera desaparecer. Sus deditos pequeños se enredan entre los míos y eso me desarma más de lo que debería.
Acaricio su cabello con cuidado.
—Descansa, vaquerito valiente… —susurro. —No te enfermes, ¿sí?
Siento la mirada de Rafael, intento ignorarlo, concentrarme en el pequeño Tomás que poco a poco se relaja.
—Descansa mamá...
El mundo se detiene y mi corazón se desploma, el aire desaparece de mis pulmones, mis dedos se quedan inmóviles sobre su cabello, mi garganta se cierra de golpe.
¡No! ¡No! Alzó la mirada de inmediato, Rafael, también lo escuchó. Su expresión cambia. No es solo enojo, es dolor.
Eso me rompe.
Niego suavemente, sin palabras, intentando decirle que no fue mi intención, pero él ya se está levantando y el vacío que deja es peor que la tormenta de afuera.
Trago saliva.
No puedo quedarme aquí. Miro a Tomás una última vez, ya está dormido y su manita aún descansa cerca de la mía, esto me duele más de lo que debería.
Me levanto con cuidado, no debería, pero mis pies avanzan igual. La cocina está apenas iluminada. Rafael está de espaldas, apoyado en la encimera, con un vaso en la mano.
Tenso como si estuviera peleando consigo mismo.
—No es lo que crees… —mi voz sale baja y su respuesta es la misma que mañana me voy ¿Acaso todo seguirá igual? Lo dudo demasiado, intenté explicarle que el vaquerito me importa, pero su respuesta es un ataque y lo entiendo.
Está sufriendo y su hijo también, aunque no soy quién para decirlo, entonces se mueve. Su mano rodeó mi cintura con firmeza y sin titubeos, me acerca de golpe, eliminando cualquier espacio entre los dos.
Mi respiración se corta.
—No hable como si me conociera… —gruñe, pero su voz ya no es solo enojo.
—No es lástima… —respondo apenas.
Y eso bastó, sus labios chocaron con los míos con una intensidad que me dejó sin aire, sin pensamientos y sin control. Por un instante me quedé inmóvil por un segundo y luego respondo.
Su agarre en mi cintura se tensó, acercándome más, borrando cualquier espacio entre nosotros. La tormenta afuera rugía, pero aquí dentro solo existía este error: Esta necesidad.
No había lógica o futuro, solo este beso que decía demasiado y que, en el fondo ninguno de los dos debía querer, pero aun así no nos detuvimos.
Pero algo dentro de mí reacciona primero, no es razón, ni es lógica.
Es miedo.