Receta de Amor

Capítulo 20: Tres Días

RAFAEL

El sonido de la lluvia ya no me molesta, lo que me está volviendo loco es la cercanía y su respiración. Abro los ojos en la oscuridad notando que las llamas de la chimenea habían desaparecido, es mi culpa por haberme distraído con la citadina.

Me levanto con cuidado de no despertar a Tomás, mi hijo duerme plácidamente aferrado a ella, aprieto la mandíbula, mi hijo no está tenso como en algunas noches.

Respiro hondo, pero es un error, porque su aroma me golpea de inmediato, no es perfume, no es algo artificial, es ella.

Aprieto los dedos en su cabello sin darme cuenta, y cuando lo noto ya es tarde.

—Esto está mal —murmuró, más para mí que para ella.

Pero mi mano no se mueve, eso me hace un hipócrita, me levanto y alimentó el fuego, la sala vuelve a iluminarse, Blitz levanta la cabeza y al percatarse que soy yo, vuelve a relajarse en los pies de mi hijo.

Voy a la cocina, debo beber café o la impaciencia seguirá empeorando mi mal humor, enciendo la estufa y pongo a hervir el agua. Sigo buscando en los estantes y encuentro los bombones especiales.

No dudo en tomar uno, retirar el empaque y llevar el bombón a mi boca. ¡Es delicioso! Nuestro producto estrella mejor vendido, la receta familiar que no se encuentra inscrito en ninguna libreta, sino en mi memoria y cuando sea el momento Tomás se convertirá en el heredero de la receta secreta.

El sabor del bombón permanece en mi boca mientras observo el fuego revivir lentamente. Afuera la tormenta sigue golpeando el techo de la cabaña ferocidad, la intensidad no ha cesado.

Muevo el café con lentitud y vuelvo a mirar hacia la sala. Tomás sigue dormido y ella también.

Ahora ella protege a mi hijo por completo, lo está abrazando y él, se ve demasiado cómoda sosteniéndolo entre sus brazos.

Aprieto la mandíbula y le doy un trago al café negro, fuerte, amargo y sin azúcar. Un golpe en la puerta rompe el silencio, frunzo el ceño inmediatamente. ¿Quién demonios…?

Camino hacia la entrada y apenas abro, el viento helado se cuela dentro junto con Raúl y dos empleados cargando cajas.

—Buenos días, princesa —dice mi hermano con esa sonrisa idiota que quiero borrarle de la cara desde hace años.

—Son las seis de la mañana, si yo me levante nadie puede ser feliz a esta hora. —gruñó al escuchar su estupidez.

Los hombres dejan las cajas dentro rápidamente.

—Vaya, vaya… qué ambiente tan familiar. —Susurra esto para no despertar a mi hijo, ni a ella. —Es leña, comida, medicinas y ropa para ellos. —Raúl se sacude el agua del sombrero, lo miró fijo.

—Habla rápido antes de que te saque a patadas bajo la lluvia.

—Relájate, ogro Montoya. ¿Así te dice verdad? —Sonríe. —Ya, ya ¡Qué carácter hermanito! Vine a decirte que el río terminó de desbordarse hace una hora.

Eso me tensa inmediatamente.

—¿Qué tanto?

—Lo suficiente para cortar el paso completamente al menos por una semana. —Su expresión pierde la burla. —No podrán salir de la cabaña por al menos tres días o tal vez más si sigue lloviendo así.

Maldición.

Paso una mano por mi rostro.

—¿Y la carretera?

—Destruida. El árbol que cayó anoche arrastró parte del camino, no solo fue esa, cayeron otros más, todo está arruinado, supervise la fábrica eso está perfecto, aunque las cosechas nuevas dudo que resistan.

Escucho un pequeño movimiento detrás de mí, Margarita está despierta. Tiene el cabello desordenado, la manta todavía sobre los hombros y esos ojos confundidos clavados en nosotros.

—¿Tantos días? —pregunta bajito.

Raúl asiente.

—La tormenta apenas empieza, citadina.

Ella palidece apenas.

—Necesito irme hoy mismo. —murmura.

—Pues tendrás que retrasar tus planes. —Raúl toma uno de los bombones de la mesa sin permiso. —Porque nadie sale de aquí.

—No te comas eso. —le gruño.

—¿Por qué? Mejor me voy, Moro está calentito, al igual que el resto de animales, los empleados lo hicieron muy bien, le debes un incentivo. Volveré cuando pueda —añade. —Si es que puedo.

—Raúl.

Se detiene antes de salir.

—¿Sí?

—Gracias.

Su sonrisa aparece, esa que siempre me irrita.

—Para eso están los hermanos. —Y sí como entró salió.

Tomás se mueve entre sueños y entonces abre los ojos lentamente, parpadea confundido, mira a Margarita primero y después a mí. —Ven otro ratito por favor. —Camino y niega. —Ma… —Se torna rojo. —Marga.

—Ya voy mi vaquerito valiente. —Corre y Blitz ladra emocionado, aunque viene hacia la puerta, le abro para que haga sus necesidades, la veo arrogarse de forma juguetona en el colchón.

—Debes lavarnos los dientes, olemos horrible. —Se carcajean, ella lo envuelve entre sus brazos.




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