MARGARITA
La incomodidad se siente en el aire, la lluvia no se ha detenido ni ha bajado la intensidad, me la pase lo más alejada de Rafael, pero sé que ese momento es inevitable.
—¿Siempre llueve así aquí? —preguntó intentando sonar casual, esta cena esta incomoda, Rafael no deja de mirarme y yo intento que el palpitar de mi corazón no se escuche tan fuerte.
—No. —responde molesto. —Solo cuando el pueblo decide fastidiarme la existencia.
Tomás se ríe y yo no, porque lo dice por mí.
—Papá dice eso cuando algo sale mal.
—Y efectivamente casi siempre tengo razón, todo está saliendo mal. —Vuelve a lanzarme otra indirecta.
—No siempre. —Lo contradice el pequeño inmediatamente. —Ayer dijiste que Marga se iría rápido y aquí esta.
El silencio cae un segundo y el mueve los dedos contra la mesa. Tomás no parece darse cuenta de lo delicado que se vuelve todo cuando habla así.
—Vaquerito… —susurro intentando desviar el tema.
—Dime ¿En qué puedo servirte? —Sonrió y aprieto sus mejillas. Está cerquita de mí.
Rafael deja la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—Termina de comer hijo.
Tomás hace un puchero.
—Siempre te pones gruñón papá. —Bebo agua. —¿Acaso Margarita no te gusta? —Me atraganto con el agua y mis mejillas arden. El ogro Montoya no me vuelve a mirar.
—Hijo ahora hablas demasiado.
—Gracias a Ma… Margarita, deberías ser amable con ella papá, es hermosa y la quiero como mamá ¿Me la regalas?
Eso provoca algo en mi porque Rafael me mira justo en ese momento y el ambiente cambia otra vez. Odio esto, detesto que un simple cruce de miradas haga que recuerde, lo que no debió pasar.
El calor sube por mis mejillas, sus ojos literalmente cambiaron de olor.
—No es una mascota, la señorita Ferrer tiene una familia, un novio y pronto se olvidará de nosotros. —Rafael dice con molestia entristeciendo a mi pequeñin de inmediato.
Abro los ojos en demasía, no puedo creer lo que estoy escuchando. La sonrisa del vaquerito desaparece despacio y eso me rompe algo por dentro. Esta siendo cruel, es un... respiro profunamente.
—No… —murmura bajito. —Marga no se olvidaría de mí papá, lo prometió y le creo.
Rafael aprieta la mandíbula al punto que es inevitable no bajar la mirada, me siento en medio sin poder hacer algo equilibrado.
—Tomás.
—No lo haría. —insiste. —Ella prometió cuidarme.
Mi pecho se aprieta tanto que cuesta respirar.
—Vaquerito… —susurro, acariciando su cabello. —Tu papá solo quiere decir que yo no vivo aquí y debo regresar a mi hogar, mi madre enfermó y le hicieron una cirugía, no he podido verla.
—Pero puedes hacerlo. —responde de inmediato, como si fuera la solución más lógica del mundo. —Puedes vivir aquí ¿Verdad?
Rafael deja los cubiertos a un lado.
—Las cosas no funcionan así. —Dice el ogro.
—¿Por qué? —pregunta Tomás con el ceño fruncido. —A Blitz sí lo dejaste quedarse.
No puedo evitar soltar una risa pequeña y eso empeora todo, porque Rafael me mira otra vez.
—Porque Blitz es un perro. —gruñe.
Mis mejillas arden instantáneamente.
—Creo que alguien ya comió demasiado azúcar. —digo rápido, intentando salvar la situación.
Rafael sigue mirándome y odio que mi cuerpo reaccione así, odio recordar su mano en mi cintura, su respiración y ese beso.
Desvío la mirada primero.
—Termina tu cena, vaquerito.
Tomás suspira dramáticamente, pero obedece.
—Cuando sea grande voy a ir con Marga. —Rafael resopla.
—Esto es colmo.
—Lo siento. —Digo mirándolo a los ojos.
—¿Cómo te agrada esta problemática hijo?
—¿Yo soy problemática? —preguntó indignada. Por fin logro que me mire completamente.
—Llegó una citadina, hubo tormenta, mi hijo escapó, casi te mata un rayo, ahora estamos atrapados aquí y mi hijo quiere que te quedes. —Enumera con molestia. —Sí, señorita Ferrer, eres problemática.
Tomás se ríe tan fuerte que casi derrama su leche con chocolate.
—Pensándolo bien, sí eres.
Blitz ladra como si participara en la conversación y el ambiente pesado se aliviana un poco, hago un puchero indignada. Aunque entonces Rafael vuelve a hablar y arruina todo.
—Además, Storm debe estar volviéndose loco buscándote.
La mención de su nombre vuelve a tensarme, Tomás frunce el ceño.
—No me gusta Storm, seguro es feo.
Rafael suelta una carcajada, la primera verdadera que le escucho desde que llegué aquí y eso me toma completamente desprevenida, porque cambia toda la expresión enojona de su rostro, porque por un segundo deja de parecer un hombre roto y se ve peligrosamente atractivo.