RAFAEL
La cercanía me está destruyendo la poca cordura que me queda, su respiración choca contra mi boca y mi mano sigue sosteniendo su rostro como si apartarme fuera físicamente imposible.
Debí detener esto desde el primer momento, pero aquí estoy, encerrado en un sótano con una mujer que logró desordenarme la vida desde que llegó.
Aprieto la mandíbula.
No debería querer escucharla decir mi nombre, o notar la forma en que sus labios se mueven cuando habla, mucho menos debería preguntarme cómo se vería despertando todos los días aquí, pero mi cabeza ya cruzó esa línea hace rato.
Ese es el problema.
Porque después de Silvia dejé de creer en casi todo, en las promesas, en la tranquilidad, en la idea absurda de volver a mirar a alguien de esta manera y aun así aquí estoy, sosteniendo a otra mujer.
Cierro los ojos un segundo, Silvia odiaría esto, la culpa me golpea tan fuerte que finalmente me aparto y caminó unos pasos lejos de ella, pasó ambas manos por mi rostro.
—¿Qué querías hablar? —pregunto frustrado.
—Bueno… yo. —Se escucha nerviosa. —Sé que es difícil confiar en mí, soy una extraña. —Me giró a verla y ella agacha la mirada. —Mi madre necesitaba una cirugía, sino moriría. La intervención costaba demasiado dinero, Storm, mi novio y jefe, me prestó el dinero con una condición.
Siento un amargor extraño en el paladar.
—Es un desgraciado. —gruño. —¿En serio quieres un hombre así en tu vida?
Ella niego. —No tenía opción.
Eso me molesta todavía más escuchar que no tenía opciones, justificando lo injustificable.
—Siempre hay opciones.
—No cuando es tu madre la que se está muriendo. —Su voz se quiebra. —No cuando eres pobre y nadie más quiere ayudarte.
El sótano queda en silencio, lo más absurdo es que entiendo esa desesperación más de lo que quisiera, las deudas de mi padre casi destruyen esta familia, casi nos quitan el rancho y casi me obligan a vender la receta.
La observó, está temblando.
—¿Qué condición? —preguntó finalmente.
Ella tarda demasiado en responder y eso alerta a mi sistema.
—Margarita.
Sus ojos suben lentamente hacia los míos y ahí está, veo miedo.
—Storm quería la receta.
Todo dentro de mí se congela y el silencio se vuelve brutal.
—¿Qué dijiste?
Ella da un paso hacia adelante.
—Rafael, escúchame…
—¡¿Viniste a robarme?!
Mi voz explota tan fuerte que ella se sobresalta, la furia sube directo por mi garganta, sabía que algo estaba mal, sabía que una mujer como ella no aparecía aquí por casualidad. Maldición. Golpeó la mesa con tanta fuerza que varias cajas caen.
—¡Te metiste en mi casa!
—Rafael…
—Usaste a mi hijo.
Eso es lo que más me quema, no la receta, sino Tomás. Le dijo mamá, hablo por ella mientras sonreía como no lo hacía desde hace años y ella sabía por qué estaba aquí.
—No lo hice. —dice rápido, desesperada. —¡No pude hacerlo!
Suelto una carcajada irónica.
—¿Y eso se supone que me tranquiliza?
—Pensé hacerlo cuando llegué. —admite llorando ya. —Pero después conocí a Tomás y a ti, me estaban obligando, mi madre se moriría.
—No me metas en esto.
—¡Es la verdad!
La rabia me atraviesa por completo.
—¿Cuánto tiempo llevas mintiéndome?
—Te mentía al principio, pero después no fingí. —susurra rota. —Llame a Storm y le dije que no podía hacerlo, pero tiene un informante.
Aprieto los puños, eso duele más de lo que debería, porque la creí y por un instante olvidé lo que pasa cuando bajas la guardia.
—Eres igual que todos. —escupo con frialdad. —Una ladrona.
Ella niega de inmediato.
—No.
—Viniste a usarme.
—¡No!
—Entonces explícame qué demonios haces aquí todavía.
Sus lágrimas caen sin control ahora.
—Me enamoré de Tomás...
Nombrarlo fue un grave error, porque mi pecho reacciona apenas ella dice eso.
—No digas estupideces.
—Es verdad. —Se limpia las lágrimas con frustración. —Pensé que solo sería entrar, encontrar la receta y largarme, pero conocí a Tomás y él me mira como si fuera algo bueno y yo…
Su voz se rompe.
—No puedo lastimarlo.
Mi respiración se vuelve pesada, quisiera creerle, pero no puedo, no después de escuchar esto.
—¿Quién es? —preguntó de pronto.