Receta de Amor

Capítulo 24: Cuando termine la tormenta

MARGARITA

Las lágrimas siguen cayendo, aunque intento detenerlas, y eso me humilla todavía más porque Rafael me está mirando con odio. Tiene razón, pero me duele; por algún motivo mi ser arde de dolor.

Aprieto los dedos contra mis brazos intentando mantenerme firme mientras él sigue de pie frente a mí, enorme, furioso y roto al mismo tiempo.

Camina dejándome atrás, eso duele más de lo que debería. ¿Acaso pretender que me abrazará?

El sótano vuelve a quedarse en silencio, bajo la mirada.

—¿Por qué todo me sale mal?

Seguro le dirá a Tomás que soy una mentirosa y tiene todo el derecho de hacerlo.

Extiendo mi cuerpo en el sofá y mis lágrimas siguen cayendo, la presión de mi pecho se vuelve insoportable. Jamás planeé encariñarme con él, ni con Tomás, ahora ya es tarde.

Tomás se metió dentro de mi corazón sin pedir permiso y Rafael en mis pensamientos. La culpa me está aplastando.

Miro alrededor del sótano para no quebrarme más y entonces noto algo que antes no había visto bien: fotografías viejas, cajas etiquetadas, herramientas, frascos y cuadernos antiguos perfectamente ordenados.

Toda una vida guardada aquí abajo; una historia familiar. Storm quería eso, robar algo que no le pertenece, la vergüenza me quema.

Me aferro a mí misma, mis ojos se van cerrando poco a poco, pero no duermo, mi rostro sigue humedeciéndose con mis lágrimas derramadas. Mis dedos tiemblan y jadeo ante el desastre que ocasione.

No robé, pero tuve la intención y eso me hace una mala mujer. Necesito volver con mamá y que me abrace con su amor de siempre.

Desconozco cuándo me quedé dormida, pero siento unos cálidos brazos envolverme. Al abrir los ojos descubro de quién se trata.

Tomás.

Estoy acostada en uno de los colchones junto a la chimenea, cubierta con una colcha gruesa y mi pequeño vaquerito duerme pegado a mi costado, aferrado a mi brazo, parpadeo varias veces confundida.

No recuerdo haber subido. Lo último que recuerdo es el sofá del sótano, mis lágrimas y el dolor aplastándome el alma; era de noche y ya amaneció. Mi mirada recorre la cabaña lentamente.

La lluvia sigue golpeando el techo, el fuego crepita suavemente, Blitz duerme a los pies del colchón y Rafael se encuentra sentado junto a la ventana con una taza de café entre las manos.

Mi corazón se encoge, me incorporo lentamente y ni siquiera gira la cabeza. Decidió ignorarme y, por alguna razón, eso duele más que sus gritos.

Tomás se mueve dormido y se aferra más a mí evitando que termine de levantarme, su pequeña mano busca mi ropa y suspira tranquilo.

Mi pecho vuelve a doler. ¿Cómo se supone que voy a despedirme de él? Con cuidado intento acomodarme sin despertarlo, pero es imposible.

—Cinco minutos más... —murmura medio dormido. Una sonrisa triste aparece en mis labios.

—Eres un negociador, vaquerito.

—Entonces diez minutos —vuelve a decir, apenas moviendo los párpados.

—Ocho. —Digo acariciando su cabello lacio.

—Hecho. —Al decirlo, vuelve a quedarse dormido de inmediato. Levanto la mirada; Rafael se puso de pie. Lo sigo con la mirada, se pierde en la cocina y minutos después Tomás termina despertando por completo y la mañana comienza de la forma más incómoda posible.

Voy por una ducha, el agua helada cae sobre mi cabeza y mis lágrimas se mezclan con las pequeñas gotas transparentes, lavo mis dientes y momento después uso un suéter grueso, medias, y un mono tan grueso como el suéter.

Está haciendo demasiado frío y mi ánimo literalmente se arrastra por el suelo. Al bajar escucho a Tomás. —Tengo hambre —anuncia Tomás como si nada hubiera pasado.

—Siempre tienes hambre hijo. —responde su padre.

El pequeño se ríe, yo bajo la mirada sin saber que hacer, Rafael prepara café, acomodo algunas cosas sobre la mesa, Rafael se mueve hacia la izquierda y yo hacia la derecha como si la distancia pudiera arreglar algo.

—Están raros. —Tomas dice de pronto.

—No estamos raros. —respondemos al mismo tiempo, el pequeño entrecierra los ojos y lleva un dedo a su sien simulando pensar.

—Sí, están raros. —Blitz ladra como si estuviera apoyando la teoría. —Hasta Blitz está de acuerdo. —sentencia Tomás.

Quiero reírme, pero no lo hago, el desayuno finalmente está listo y nos sentamos.

—¿Me pasas la miel? —pregunta. Justo cuando estiro la mano Rafael hace lo mismo, nuestros dedos chocan sobre el frasco, el contacto es mínimo y accidental, siento la electricidad recorrerme igual que la noche del beso.

Retiro la mano tan rápido que casi tiró la taza llena de chocolate, Rafael hace exactamente lo mismo, el silencio cae sobre la mesa.

Tomás nos mira, luego mira la miel y después vuelve a mirarnos.

—Definitivamente están raros. ¿Se pelearon? —Pregunta frunciendo en ceño.

—Come. —dice Rafael.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.