Receta de Amor

Capítulo 25: Sé que es bueno

RAFAEL

El problema no fue que Margarita me besara, el verdadero problema fue que yo no intenté detenerla.

Sus labios tocaron los míos con decisión y al mismo tiempo con nerviosismo, como si ese contacto fuera una despedida antes de tiempo, como si necesitara llevarse algo mío antes de que la tormenta terminara y todo volviera al lugar donde debía estar. Sentí sus dedos aferrarse a mi camisa, su respiración contra mi boca y la culpa que todavía le mojaba el rostro.

Debí apartarla y recordarle que llegó al rancho con una mentira, que su novio la envió por mi receta y que alguien dentro de mi propia gente estaba traicionándome. Debí pensar en la fórmula familiar, en el legado de los Montoya, en todo lo que mi padre casi destruyó y que yo he intentado levantar con esfuerzo, rabia y demasiadas noches sin dormir.

La verdad fue otra: no pensé en nada de eso.

Una de mis manos se cerró en su cintura y la acerqué lo suficiente para sentir que temblaba. Ella no estaba jugando, no estaba intentando seducirme por la receta, ese beso estaba lleno de miedo, tristeza y una necesidad que me dolía reconocer porque se parecía demasiado a lo que yo también estaba sintiendo.

La lluvia golpeaba las ventanas con fuerza, como si quisiera recordarnos que afuera todo seguía siendo peligroso, pero dentro de la cabaña el peligro era distinto. Estaba en ella, en mí, en esa necesidad absurda de querer sostener a la mujer que debía sacar de mi vida en cuanto el camino volviera a abrirse.

Cuando el beso terminó, Margarita quedó con la frente cerca de mi pecho, respirando como si hubiera corrido bajo la tormenta otra vez. No dije nada, si abría la boca, podía terminar haciéndole otra confesión estúpida, y ya había dicho suficiente al admitir que me gustaba una mujer que llegó a mi rancho para robarme.

Ese pensamiento me golpeó de nuevo: me gustaba.

Me gustaba su manera de enfrentarme, aunque tuviera miedo, su forma de hablarle a Tomás como si el mundo pudiera ser menos cruel, su torpeza para fingir que no le importaba nada y esa inteligencia que aparecía cuando probaba chocolate y hablaba como si cada sabor tuviera una historia. Me gustaba demasiado y demasiado pronto, y eso era exactamente lo que no podía permitirme.

—No vuelvas a hacer eso —murmuré, aunque mi mano seguía en su cintura.

Margarita alzó la mirada. Tenía los ojos hinchados de llorar, las mejillas húmedas y el cabello desordenado. Se veía rota, cansada, culpable, pero aun así había algo en ella que seguía obligándome a mirarla más tiempo del necesario.

—¿Por qué? —preguntó bajito.

La respuesta era simple: porque si volvía a besarme, quizá no podría detenerme. Porque si seguía mirándome así, terminaría olvidando por segundos lo que me confesó. Porque una parte de mí, la más idiota, quería creerle cuando decía que no había usado a Tomás y que se había encariñado de verdad.

—Porque esto ya es suficientemente complicado —respondí.

Ella bajó la mirada y asintió con una obediencia que me molestó. Me había enfrentado desde que llegó, había discutido conmigo por el cacao, por mi manera de criar a Tomás, por la comida, por la tormenta y hasta por la miel. pero ahora, justo cuando necesitaba que discutiera para seguir molesto, se quedaba en silencio.

—Tienes razón —susurró.

Por supuesto que tenía razón. Entonces ¿por qué me supo tan mal?

Me aparté primero, necesitaba distancia antes de cometer otro error. Guardé la llave en mi bolsillo, no porque quisiera encerrarla como a una prisionera, sino porque si la dejaba cerca de la puerta, esa mujer era capaz de intentar salir de nuevo por culpa.

La culpa vuelve imprudentes a las personas, lo sabía bien, yo llevaba años viviendo bajo ella. —Vas a quedarte hasta que sea seguro salir —dije, intentando que mi voz sonara firme.

—Rafael…

—No estoy preguntando señorita Ferrer, se lo estoy ordenando.

Sus labios se apretaron, pero no discutió, eo me confirmó lo mal que estaba. La Margarita que había conocido habría dicho algo sobre mi carácter de ogro, sobre mi necesidad enfermiza de controlar todo o sobre lo insoportable que era.

Esta Margarita parecía demasiado cansada para pelear, y por alguna razón eso me dolió más que su confesión, un sonido suave nos hizo girar.

Tomás seguía dormido con Blitz acurrucado cerca de sus piernas. No había despertado, pero se movía inquieto, como si incluso dormido pudiera sentir la tensión que acababa de llenar la cabaña. Margarita dio un paso hacia él por instinto y yo me tensé de inmediato y al notarlo se detuvo.

Esa pausa me enfureció conmigo mismo.

No podía fingir que Tomás no había encontrado en ella algo que yo no logré darle en tres años. Mi hijo no solo había vuelto a hablar por ella, había vuelto a exigir, a contradecir, a reír y a soñar, que había vuelto a ser un niño, y ese era el verdadero problema.

Margarita no había robado la receta, pero si se había robado espacio en mi casa, en mi hijo y en mí.

—No lo despiertes —dije más seco de lo necesario.

Ella asintió y retrocedió un paso. Después se abrazó a sí misma, como si le diera frío, aunque el fuego seguía encendido. Me obligué a no acercarme, a no preguntarle si estaba bien, a no comportarme como un imbécil que acababa de olvidar por completo el tamaño de la traición.



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En el texto hay: amor familiar, padresoltero, vaquero

Editado: 20.06.2026

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