RAFAEL
La noche no trajo calma, trajo silencio, que fue peor.
Tomás decidió que debíamos hacer un fuerte con mantas, dijo que las tormentas se soportaban mejor dentro de un castillo, yo no tenía paciencia para juegos, pero tampoco tenía corazón para negarme después de verlo llorar.
Así que moví sillas, até mantas, acomodé cojines y terminé construyendo una especie de refugio en medio de la sala, Margarita intentó no participar, Tomás no se lo permitió.
—Tú eres la reina del castillo —declaró. —Ya cenamos, ahora me abrazarás, vamos papá.
—No creo que sea buena idea. —dijo ella nerviosa.
—Si lo es, además mientras estamos aquí somos una familia, juguemos a que ustedes son esposos y yo soy su hijo, el heredero del cacao.
Margarita bajó la mirada de inmediato, yo me quedé inmóvil, con una manta todavía entre las manos y el pecho demasiado apretado para responder con la dureza que habría usado en cualquier otro momento.
Tomás lo dijo como un juego, con esa inocencia suya que volvía todo más peligroso. —Tomás —dije con cuidado.
—¿Qué? —preguntó, abrazando un cojín contra el pecho. —Es un juego. Los castillos tienen reyes, reinas y herederos. Yo soy el heredero del cacao porque el rancho será mío cuando sea grande, tú eres el rey gruñón y Marga es la reina.
Margarita soltó una risa nerviosa, pero no levantó la mirada, pude ver cómo sus dedos se apretaban sobre la tela de su suéter. —Vaquerito, quizá podemos jugar otra cosa —murmuró ella.
—No. —Tomás negó con la cabeza, terco como sólo podía serlo un Montoya. —Hoy quiero jugar a esto porque afuera está feo y aquí adentro no quiero que nadie esté triste.
Mi hijo no estaba jugando solo por diversión. Estaba intentando arreglarnos con las herramientas de un niño: mantas, cojines, coronas imaginarias y una familia inventada durante una tormenta.
—Hijo, las familias no se inventan de un momento a otro —dije.
Tomás me miró con el ceño fruncido. —Pero también se pueden encontrar, papá por favor.
Margarita cerró los ojos y yo me quedé sin respuesta.
El fuego crepitó suavemente, iluminando el fuerte que acabábamos de construir en medio de la sala. —Ven, Marga. —Tomás le extendió una mano. —Las reinas no se quedan afuera del castillo.
Ella me miró de reojo, pidiendo permiso sin decirlo.
—Entre al castillo, señorita Ferrer —dije al fin, con la voz más seca de lo que pretendía. —No vaya a provocar una crisis política.
Tomás sonrió de inmediato, Margarita también, aunque su sonrisa llegó cargada de lágrimas.
Se agachó para entrar bajo la manta y Tomás la acomodó en el centro del fuerte como si de verdad estuviera sentando a una reina en su trono, luego me miró a mí y golpeó el cojín a su lado.
—Ahora tú, papá.
—Yo vigilo desde afuera.
—No. Los papás no vigilan desde afuera cuando su hijo tiene frío.
Me quedé quieto, Margarita bajó la mirada otra vez.
Tomás no entendía lo que hacía con esas frases, o quizá sí lo entendía demasiado bien, se sentó junto a ella, entre, era pequeño para dos adultos, un niño y un perro, sin embargo, se sentía cálido.
Me agaché bajo la manta, incómodo, era demasiado grande para ese refugio improvisado, y me senté al otro lado de Tomás, Blitz intentó entrar detrás de mí, empujó una silla con el lomo y casi derrumba medio castillo. Tomás se rio, tuve que sujetar la manta antes de que todo terminara sobre nuestras cabezas.
—El dragón atacó —anunció Tomás, feliz.
—El dragón es un desastre —murmuré.
—Como tú cuando haces panqueques —dijo mi hijo.
—Tu mamá decía lo mismo —admití, mirando a Tomás.
El pequeño dejó de reírse poco a poco.
—¿Ella también jugaba a los castillos?
Tragué saliva.
—A veces —respondí. —Aunque sus castillos eran mejores que este.
Tomás miró el techo torcido de mantas.
—Este está bonito.
—Tu madre habría dicho que necesita más cojines.
—Entonces pongamos más.
Tomás se movió para salir, pero Margarita lo sujetó con suavidad.
—Después, vaquerito. Si sales muy rápido, el castillo se cae y el dragón gana.
Blitz ladró como si aprobara esa posibilidad.
Tomás se recostó contra ella y luego, sin avisar, apoyó las piernas sobre las mías, era una escena absurda, imposible y dulce amarga.
—Papá —dijo Tomás de pronto.
—¿Sí?
—¿Mamá se pondría triste si juego a tener otra mamá?
Sentí cómo Margarita dejaba de respirar, me incliné un poco hacia él.
—No, hijo.
Su boca tembló.
—¿Seguro?