Receta de Amor

Capítulo 27: Lo que acaba de empezar

MARGARITA

Cuando la lluvia finalmente cedió, no sentí alivio.

El camino estaba lleno de barro, ramas partidas y charcos profundos. El agua todavía bajaba por algunas pendientes formando pequeños riachuelos y varias cercas habían cedido ante la fuerza de la tormenta.

Observé mis zapatos, luego el trayecto que nos separaba del rancho principal y sentí que aquello podía terminar muy mal. —Es demasiado barro, no sé si pueda caminar —dije, atormentada al ver cuánto había sufrido el lugar durante aquellos días.

—Citadina, es más sencillo de lo que piensas —respondió Raúl con esa tranquilidad burlona que parecía no perder ni después de casi una semana encerrados por la lluvia. Se agachó delante de Tomás y, antes de que el niño pudiera preguntar nada, lo levantó hasta acomodarlo sobre sus hombros. —Yo llevo a mi sobrino y mi hermano te lleva a ti.

Me quedé inmóvil.

Tomás, en cambio, soltó una carcajada y se sujetó de la cabeza de su tío, encantado con la idea. Blitz corría alrededor de nosotros metiendo las patas en cada charco posible y sacudiéndose después como si su única misión fuera asegurarse de que ninguno llegara limpio a la casa.

—No hace falta —dije enseguida, sintiendo que el rostro empezaba a calentárseme. —Puedo intentarlo.

Raúl miró mis zapatos y luego el barro. —Puedes intentarlo, sí, y después podemos sacarte con una cuerda cuando quedes enterrada hasta las rodillas. —Su sonrisa se amplió cuando Rafael lo miró con fastidio. —¿Qué? Estoy cuidando a la futura reina del castillo. Tomás ya me contó todo.

Giré de inmediato hacia el pequeño. —Me saliste chismoso, vaquerito —lo acusé, intentando parecer seria, aunque su expresión orgullosa terminó arruinando cualquier esfuerzo por mantenerme molesta.

—Algo tenía que sacar de su tío —intervino Rafael, fingiendo una severidad que no alcanzó a esconder el brillo extraño de sus ojos.

Tomás se abrazó mejor a la cabeza de Raúl. —Marga es la reina y papá es el rey gruñón. El rey tiene que cargar a la reina para que no se ensucie.

Rafael cerró los ojos durante un segundo.

Yo quise que la tierra se abriera, con la cantidad de barro que había probablemente podría haberme tragado sin esfuerzo y habría sido menos vergonzoso que escuchar a Tomás contarle a Raúl lo ocurrido dentro de aquel fuerte de mantas.

No sabía cuánto le había contado, pero la sonrisa de Raúl era demasiado amplia para alguien que solo conocía la parte infantil del asunto.

—No soy ninguna reina —murmuré mientras intentaba acomodar mi bolso.

—Hoy sí —respondió Tomás con absoluta seguridad. —Lo decidí en el castillo.

—Y las decisiones del heredero del cacao se respetan —añadió Raúl, como si aquella fuera una ley centenaria del Rancho Montoya.

Rafael me miró entonces.

Solo fue un segundo, pero bastó para que la noche anterior regresará con demasiada claridad. Su mano sobre mi mejilla, Tomás dormido entre nosotros y aquellas palabras que todavía no sabía dónde guardar: podemos empezar de nuevo.

Habían pasado apenas unas horas, pero afuera todo parecía diferente. Ya no teníamos mantas protegiéndonos ni lluvia impidiendo que el mundo real llegará hasta nosotros.

—Puedo caminar —insistí.

Rafael bajó la mirada hacia mis zapatos y después volvió a mí. —Esos zapatos no son adecuados.

—Eso no significa que tengas que…

No terminé.

Se acercó sin pedir permiso, pasó un brazo por mi espalda y el otro bajo mis piernas, levantándome con una facilidad que hizo que me aferrara instintivamente a sus hombros.

El calor me subió de inmediato hasta las mejillas y tuve que mirar hacia otro lado para no encontrarme con la expresión satisfecha de Tomás.

—Esto es completamente innecesario —protesté mientras Rafael comenzaba a caminar.

—También lo fue intentar irse sola durante una tormenta.

Raúl soltó una risa que intentó convertir en tos. —Bonita pareja. Discuten hasta para atravesar barro.

—No somos pareja —respondimos Rafael y yo al mismo tiempo.

Tomás aplaudió desde los hombros de su tío. —¡Lo dijeron igual!

Blitz ladró como si también considerará aquello una prueba irrefutable. Bajé la mirada, derrotada. Rafael no sonrió, pero vi cómo apretaba los labios para no hacerlo.

Su pecho estaba demasiado cerca del mío, sus brazos demasiado firmes y mi mano se acomodaba sobre su hombro con una naturalidad que me preocupaba. Lo más sensato habría sido sentirme incómoda, pero ocurrió lo contrario: por primera vez desde que llegué al rancho, no tuve miedo de que me sostuviera.

Raúl avanzaba delante de nosotros con Tomás en los hombros, abriendo paso entre ramas y exagerando cada vez que una de sus botas se hundía en el barro para hacer reír al niño.

Blitz iba y venía entre ambos como un explorador desorientado, deteniéndose a olfatear piedras, hojas y cualquier cosa que pareciera mínimamente interesante.



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En el texto hay: amor familiar, padresoltero, vaquero

Editado: 28.08.2026

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