RAFAEL
No sabía qué me molestaba más: encontrar a ese hombre esperando en mi casa o que la primera reacción de Margarita fuera pedirme que la bajara de mis brazos.
Lo hice sin discutir.
Caminé hasta una parte seca del corredor y la dejé sobre sus pies, manteniendo una mano en su cintura hasta asegurarme de que no resbalara, ella estaba tensa, podía sentirlo incluso antes de que se apartara de mí, pero la forma en que miró al hombre bajo la galería terminó de decirme todo lo que necesitaba saber.
La tormenta había terminado y con ella también la pequeña tregua que habíamos tenido dentro de aquella cabaña.
—Mi Margarita
Dijo Storm con una sonrisa que me pareció más falsa que su serenidad. Margarita tragó saliva, mientras Tomás bajaba de los hombros de Raúl y corría hacia ella para tomarle la mano. Storm observó primero al niño, luego a mí y finalmente volvió a fijarse en Margarita.
—Empiezo a creer que para encontrar a mi novia tengo que atravesar medio país y sobrevivir a una inundación.
Novia.
La palabra me cayó peor de lo que tenía derecho a admitir.
Margarita nunca me había dicho que había terminado con él, en la cabaña me confesó por qué había llegado al rancho, cómo Storm la había enviado por la receta y que ya no pensaba robarla, pero eso no elimina una relación que existía antes de que yo apareciera.
Yo podía detestar al hombre, podía saber que estaba usando una deuda y una enfermedad para mantenerla atada, pero no podía decidir por ella cuándo dejar de quererlo.
—La tormenta nos dejó incomunicados —explicó Margarita con calma, aunque sus dedos se cerraron un poco más alrededor de la mano de Tomás. —Ya pensaba regresar a la ciudad en cuanto el camino me permitiera salir.
Storm descendió los escalones y se acercó a ella. Tomás no soltó su mano, por el contrario, se pegó a su costado con una expresión que conocía demasiado bien: mi hijo había decidido que aquel hombre no le gustaba incluso antes de darle oportunidad de presentarse.
—Tú eres Storm —dijo Tomás, mirando al extraño de arriba abajo. —El que hizo llorar a Marga.
Raúl tosió para esconder una risa, yo no tuve ganas de hacerlo.
Storm perdió la sonrisa apenas un segundo, pero volvió a recuperarla con demasiada rapidez. —Supongo que tenemos un pequeño defensor por aquí —comentó, inclinándose un poco hacia él. —Sí, soy Storm, el novio de Margarita.
Tomás frunció el ceño. —Ella no necesita novio.
—Tomás —advertí antes de que pudiera añadir que Margarita iba a vivir con nosotros para siempre, porque conocía perfectamente a mi hijo.
Margarita se agachó y acarició su cabello. —Vaquerito, ve con Cleotilde. Debes cambiarte esa ropa antes de convertirte en parte del barro.
—Pero…
—Yo estaré bien.
Mi hijo no pareció convencido, aunque terminó obedeciendo cuando Raúl volvió a levantarlo. Antes de entrar en la casa, Tomás miró a Storm como si quisiera dejarle claro que aquella conversación no había terminado.
Blitz lo siguió unos pasos, pero se detuvo frente al visitante y soltó un gruñido bajo que hizo sonreír a mi hermano.
—Hasta el perro tiene criterio —murmuró Raúl.
Storm lo ignoró y se acercó a Margarita. La abrazó con naturalidad, como un hombre que había hecho aquello cientos de veces, y ella le correspondió después de una vacilación tan pequeña que probablemente nadie más la habría notado.
Yo sí.
También vi cuando él buscó sus labios y Margarita permitió un contacto breve antes de apartarse con una mano sobre su pecho. No fue rechazo, tampoco fue la entrega de una mujer feliz de reencontrarse con el hombre que ama.
Fue algo intermedio, confuso y me obligué a recordar lo que me había dicho horas antes.
Sin mentiras, eso incluía aceptar una verdad que no me gustaba: Storm todavía era su novio.
—Me preocupé —dijo él, sujetando su rostro con ambas manos. —Tu madre también. No había forma de comunicarnos contigo.
El rostro de Margarita cambió cuando mencionó a su madre. —¿Mamá está bien?
—Recuperándose. Cansada, pero bien.
Ella cerró los ojos con alivio y lo abrazó de nuevo, esta vez me dolió de otra manera.
No podía odiarla por abrazar al hombre que acababa de decirle que su madre estaba bien. Storm había pagado aquella cirugía y era precisamente eso lo que hacía más complicada la situación.
No estaba parado frente a nosotros como un desconocido que pudiera expulsar de mi propiedad. Era parte de su vida, de su familia y del miedo que Margarita cargaba desde antes de llegar.
Respiré despacio, necesitaba la cabeza fría. Storm no había atravesado una tormenta solamente para abrazarla.
—¿Cómo entró? —pregunté.
Sus ojos llegaron a mí.
—Pagué bastante para que me guiaran.
—El portón estaba cerrado.