Receta de Amor

Capítulo 29: Nueva jugada

MARGARITA

Cerrar la puerta de mi habitación con Storm dentro debería haberme dado privacidad, pero lo único que sentí fue que acababa de encerrarme con todos los problemas que la tormenta había mantenido lejos durante varios días.

Permanecí de espaldas a la puerta unos segundos, intentando organizar mis pensamientos, pero Storm no me dio demasiado tiempo. Me rodeó con sus brazos, apoyó el rostro junto a mi cabello y respiró profundamente como si de verdad hubiera temido no volver a verme.

—Me preocupaste, cariño —murmuró mientras me apartaba lo suficiente para mirarme. Buscó mis labios y permití aquel contacto breve porque negárselo habría sido demasiado evidente, no podía regresar de varios días incomunicada y comportarme de repente como si su cercanía me resultara extraña.

El problema era que ahora sí me resultaba extraña.

No sentí rechazo, tampoco podía borrar en unos días todo lo que Storm había significado para mí. Lo que sentí fue algo peor: comparación.

Recordé la frente de Rafael contra la mía bajo las mantas, la forma cuidadosa en que había sostenido mi rostro y aquella promesa sencilla de empezar de nuevo sin mentiras.

Me sentí miserable por pensar en otro hombre mientras mi novio me acariciaba la mejilla.

—¿Mamá está realmente bien? —pregunté, aferrándome al único asunto que no requería fingimiento. Storm asintió y sacó su teléfono para mostrarme algunos mensajes que mi familia le había enviado durante los días de tormenta.

—Olga sigue débil, pero está recuperándose; debe continuar con medicamentos, controles y reposo.

Ver su nombre en la pantalla hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas. —Necesito volver con ella cuanto antes, fueron demasiados días sin poder comunicarme.

—Volveremos mañana —prometió, besando mi frente. —Tu madre está bien cuidada y yo me aseguré de que no le falte nada. Ahora necesito resolver lo que vine a hacer, después podrás olvidarte de este lugar.

No respondí de inmediato.

Días atrás probablemente habría agradecido esas palabras; ahora la idea de olvidarme del rancho me produjo un vacío desagradable. Pensé en Tomás corriendo hacia mí, en Cleotilde preparándome café, en Raúl llamándome citadina y hasta en el rostro permanentemente malhumorado de Rafael, apreté los labios antes de que Storm pudiera notar algo.

—La auditoría ya terminó —le recordé. —Entregué todo lo que podía revisar y no hay ninguna irregularidad que les permita intervenir más. Rafael ha mejorado las finanzas, aumentó la producción y ha estado pagando las deudas que heredó de su padre. No puedes utilizar mi informe para quitarle el rancho porque no encontré nada que justifiqué eso.

Storm arqueó una ceja, sorprendido quizá por mi insistencia. —Nunca dije que quisiera quitarle el rancho, Margarita. Mi padre quiere algo mucho más rentable que una propiedad llena de barro y problemas, quiere el producto que los Montoya se empeñan en mantener pequeño por sentimentalismo.

Ahí apareció nuevamente la receta.

Me alejé con cuidado y caminé hasta la ventana, fingiendo observar los daños provocados por la lluvia mientras intentaba controlar la tensión de mis hombros. —Ya te expliqué que no existe un documento escondido esperando que alguien lo encuentre. La producción especial se hizo antes de que yo llegara y Rafael no me permitió acercarme a nada relacionado con ella.

Storm soltó una risa baja. —Mi informante dice que tampoco te esforzaste demasiado después de conseguir la confianza del niño.

Giré hacia él.

—¿Qué significa eso?

—Nada malo, cariño. —Se acercó, apoyando ambas manos sobre mis hombros. —Solo digo que Tomás está prácticamente colgado de ti y su padre tampoco parece indiferente, podías haber aprovechado mejor la situación.

Sentí el calor subir hasta mi rostro y tuve que obligarme a parecer ofendida, no culpable.

—Rafael Montoya es un grosero, arrogante y desconfiado. Me hizo caminar por medio monte, casi termino dentro de un río y jamás me permitió entrar donde realmente podía encontrar algo útil. Si me cargó hoy fue porque el camino estaba lleno de barro y mis zapatos no servían para atravesarlo.

Storm sonrió, pero me estudió demasiado.

—¿Y el niño?

—Perdió a su madre —respondí, esta vez sin necesidad de mentir. —Está necesitado de afecto y se encariñó conmigo. No voy a utilizar a un niño para robarle algo a su padre, Storm. Ya te lo dije.

Su expresión cambió. —No necesito que robes nada si consigo que Montoya lo venda.

Aquello consiguió mi atención, Storm caminó hasta una silla y se sentó con tranquilidad, como si llevara horas preparando la conversación que tendría con Rafael.

Me explicó que su padre estaba dispuesto a ofrecer dinero, distribución y reducción de algunas obligaciones heredadas a cambio de derechos sobre la producción especial.

No mencionó cifras, tampoco habló de comprar el rancho. Quería algo más inteligente: entrar mediante una negociación y convertir el chocolate Montoya en producto de la compañía.

—Ese señor nunca aceptará —dije.



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En el texto hay: amor familiar, padresoltero, vaquero

Editado: 28.08.2026

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