RAFAEL
Esperé casi media hora después de que Margarita abandonó mi despacho. Era tiempo suficiente para que regresara con Storm, le entregará la ubicación falsa de la bodega del río y actuará como si realmente hubiese conseguido la información que él le pidió.
No me gustaba utilizarla dentro de aquella trampa, mucho menos sabiendo que el miserable podía volver a mencionar la deuda de la cirugia, pero Margarita había elegido participar y debía aprender a respetar sus decisiones aunque mi primer impulso fuera protegerla de todo.
Raúl permaneció conmigo revisando desde la ventana el movimiento alrededor de la casa, la tormenta había dejado suficiente trabajo como para justificar que empleados entraran y salieran incluso a aquella hora, por eso necesitábamos ser cuidadosos.
Si Claudia realmente era la informante, bastaba una sola sospecha para que dejara de cometer errores y, después de tantos años administrando el rancho, conocía demasiado bien sus rincones como para seguirla fácilmente si sabía que la observábamos.
—Margarita ya regresó con Storm —informó Raúl después de recibir un mensaje de uno de los trabajadores que vigilaba discretamente el corredor. —No sé qué le dijo, pero entró a su habitación hace unos minutos y todavía sigue allí.
Apreté la mandíbula sin necesidad. Mi hermano me observó de reojo y una sonrisa peligrosa quiso aparecer en su rostro.
—No voy a hacer ningún comentario porque ya me lanzaste un bolígrafo hoy y valoro mi integridad física.
—Sorprendentemente inteligente de tu parte —respondí levantándome, ya habíamos esperado suficiente.
Guardé el teléfono en el bolsillo y salí del despacho antes de que Raúl pudiera seguir molestándome, Claudia ocupaba una oficina en el ala administrativa de la casa, bastante lejos de los establos y suficientemente cómoda para alguien que llevaba años afirmando trabajar en un lugar que evidentemente detestaba.
La encontré frente a su computadora revisando inventarios, con una taza de café a un lado y unos zapatos demasiado costosos para caminar veinte metros sobre tierra húmeda.
Claudia podía pasar semanas enteras hablando de las necesidades del rancho, pero jamás había conseguido amar aquella vida como Silvia. Mi esposa podía regresar cubierta de barro después de revisar los árboles y continuar sonriendo; su hermana trataba cada visita al cacaotal como una condena personal.
—Necesito que mañana revises los daños del sector norte —dije entrando sin cerrar completamente la puerta. Claudia levantó la mirada y apartó una carpeta.
—Esteban ya me envió un informe preliminar, puedo empezar esta misma noche si quieres adelantar trabajo. —Negué mientras caminaba hasta el escritorio.
—No. Hay demasiada gente moviéndose y prefiero mantener cerrada una de las construcciones hasta mañana.
Su expresión no cambió inmediatamente, acomodó el bolígrafo entre los dedos y esperó que continuara, pero la curiosidad estaba allí. Claudia había manejado nuestras cuentas durante demasiado tiempo y estaba acostumbrada a recibir explicaciones, incluso cuando no le correspondían.
—¿Qué construcción? —preguntó finalmente.
—La casa de secado vieja. La tormenta dañó parte del techo y no quiero que nadie entre hasta que podamos revisar lo que guardamos allí, el Corazón del Rancho quedó intacto, pero esta vez no me interesa resgardarlo como siempre.
—¿Guardamos algo importante?
Demasiado rápida, me apoyé contra el borde de su escritorio y fingí considerar cuánto debía contarle.
—Trasladé la muestra antes de la tormenta. Está detrás de las cajas viejas de fermentación y todavía no sé si la humedad alcanzó esa zona, nadie debe acercarse hasta mañana. —Claudia se quedó quieta apenas un segundo antes de asentir y abrir nuevamente la carpeta que tenía delante.
—Cerraré el acceso y avisaré a los trabajadores —respondió con la misma eficiencia de siempre. La observé esperando alguna pregunta adicional, pero no llegó.
—Hazlo, Sebastian y Esteban están en otros asuntos. —ordené antes de girarme. Llegué a la puerta y escuché el sonido de su bolígrafo sobre el papel, como si inmediatamente hubiera regresado a trabajar.
Si no hubiese estado buscándola, probablemente habría creído que la conversación no significó nada para ella.
Raúl estaba esperando dos corredores más adelante. No preguntó hasta que estuvimos suficientemente lejos de la oficina.
—¿Casa de secado? —Asentí. —Entonces ahora tenemos dos sitios: Margarita le dio a Storm la bodega del río y Claudia tiene la casa de secado. —Mi hermano miró hacia el corredor por donde acabábamos de llegar. —Si el imbécil aparece en el secadero, tendremos nuestra respuesta.
No regresamos al despacho porque hacerlo podía resultar demasiado evidente. Raúl bajó hacia la cocina mientras yo me dirigí al exterior fingiendo revisar los daños de la galería, desde allí podía observar una de las ventanas de la oficina administrativa sin llamar la atención.
Pasaron quince minutos antes de que la luz se apagará y Claudia apareciera en el corredor con el teléfono entre los dedos, no caminó hacia la casa de secado, tampoco hacia su habitación.