MARGARITA
—¿Tú sabías que yo vendría al rancho?
Claudia no respondió y aquel silencio me dolió mucho más que cualquier explicación. Permaneció frente a Storm con el labial ligeramente corrido y una expresión que por primera vez no consiguió disfrazar con arrogancia.
No necesitaba que nadie confirmara lo evidente, tampoco que Storm cerrará el botón de su camisa con esa tranquilidad absurda, aun creía poder controlar esta situación que acababa de explotar frente a todos.
—Margarita, escucha —dijo Storm acercándose.
Retrocedí antes de que pudiera tocarme y el movimiento consiguió detenerlo, hacía apenas unas horas había permitido que me abrazara, que besara mis labios y tomara mi mano frente a Rafael porque una parte de mí seguía creyendo que debía respeto a una relación que no había terminado.
Ahora miraba la marca del labial de otra mujer sobre su piel y sentía el estómago revolverse.
—Le hice una pregunta a ella —murmuré sin apartar los ojos de Claudia. —¿Sabías que yo vendría aquí? —Sus labios se apretaron y miró a Storm como si necesitara permiso para responder, terminó de quebrar algo dentro de mí. —No lo mires, no estoy preguntándole a tu amante, Claudia. Te estoy preguntando a ti.
Raúl soltó el aire con fuerza, pero nadie intervino, Rafael permanecía algunos pasos detrás de mí y agradecí que no intentara acercarse, porque si me tocaba en ese momento probablemente terminaría llorando y todavía no quería hacerlo.
Necesitaba entender cuánto de los últimos meses había sido real antes de permitir que mi cuerpo se derrumbara bajo el peso de las respuestas.
—Sabía que enviarían a alguien —respondió Claudia finalmente. —No sabía todos los detalles.
Le pregunté si sabía que sería yo y volvió a guardar silencio, pronuncié su nombre con impaciencia hasta que finalmente respondió que sí. Recordé entonces cada mirada hostil desde mi llegada y comprendí que jamás me había observado como una simple auditora desconocida.
—Entonces desde el primer día sabías que Storm me había enviado por la receta. Sabías quién era yo, sabías que era su novia y aun así te sentaste frente a mí cada mañana como si nada. —Claudia bajó los ojos y otra pieza cayó en su lugar. —También sabías por qué me habían enviado, por eso siempre parecías estar cerca cuando preguntaba demasiado.
Storm avanzó nuevamente. —Cariño, esto se está interpretando de la peor manera posible. Claudia y yo... —Giré hacia él y levanté una mano antes de que consiguiera acercarse.
—No me llames cariño. —Durante dos años aquella palabra me había hecho sonreír incluso en mis peores días. Ahora me pareció una expresión vacía que probablemente había utilizado demasiadas veces mientras me mentía.
—Nuestra relación no tiene nada que ver con los negocios —insistió. Miré primero a Claudia y después a él, incapaz de comprender cómo podía decir semejante estupidez cuando acabábamos de descubrir que ella era su informante.
—Estás acostándote con la administradora del rancho que me enviaste a auditar para conseguir una receta. Explícame exactamente qué parte de esto no tiene que ver con los negocios.
Su mandíbula se tensó. —No empezó así. —Una risa incrédula escapó de mí porque Claudia acababa de utilizar exactamente la misma explicación. Quise saber desde cuándo se acostaban y Storm intentó convencerme de que aquello no cambiaba nada entre nosotros.
Entonces fue Claudia quien respondió con una voz tan baja que durante un segundo creí haberla escuchado mal.
—Siete meses.
La miré sin respirar, siete meses significaban Navidad, cumpleaños, cenas con mi familia, noches en las que Storm había dormido junto a mí y mañanas en las que me hablaba del futuro como si realmente existiera uno para nosotros.
Recordé la Navidad anterior, cuando estuvo con mamá, ayudó a servir la cena y terminó la noche prometiéndome que pronto dejaría de esconder nuestra relación frente a su padre.
—¿Estuviste con mi familia mientras te acostabas con ella? —pregunté. Storm pasó una mano por su rostro antes de admitir que sí y algo dentro de mí se volvió completamente frío.
Ya no necesitaba saber dónde había ocurrido, cuántas veces o quién había buscado primero a quién. Siete meses no podían reducirse a una equivocación; eran cientos de decisiones tomadas mientras me miraba a los ojos.
—Terminamos.
Storm levantó inmediatamente la cabeza. —No digas estupideces estando enojada. —Rafael avanzó un paso, pero levanté una mano sin mirarlo. No necesitaba que nadie terminara aquella relación por mí. —No estoy preguntándote si podemos terminar, Storm. Te estoy informando que terminamos, no somos pareja desde este momento.
Soltó una risa breve, como si todavía esperará que recuperara la razón. —¿Y qué vas a hacer cuando regreses a la ciudad? ¿Renunciar? ¿Devolverme el dinero de la cirugía en un mes? Porque te recuerdo que firmaste un acuerdo.
El golpe llegó exactamente donde sabía que podía herirme y sentí miedo, por supuesto, pero aquella noche comprendí que tener miedo no significaba que debía obedecer.
—Te pagaré.