MARGARITA
Cuando finalmente entramos a la casa, el silencio me pareció extraño después de tantos gritos. Cleotilde apareció al final del corredor y no necesitó preguntar qué había ocurrido; probablemente Raúl ya le había contado suficiente.
Antes de que pudiera decirle nada, señaló hacia las escaleras con una expresión cansada. —Hay un pequeño vaquero arriba que se niega a hablar hasta verte.
Sentí que algo dentro de mi pecho se apretaba. Subí sin siquiera detenerme a pensar en lo agotada que estaba y encontré a Tomás sentado en el último escalón, abrazando a Blitz contra su cuerpo.
Había sido un día largo y él ya debía dormir. Llevaba el pijama, el cabello revuelto y los ojos medio cerrados por el sueño, pero cuando me vio se puso de pie inmediatamente.
—Marga.
No dijo nada más, tampoco hizo falta, bajo ese escalón corriendo y se abrazó a mi cintura con tanta fuerza que tuve que cerrar los ojos. Bajé las manos hasta rodear sus hombros y sentí su pequeño cuerpo acomodarse contra mí.
Lo alce como si fuese un pequeño de dos años, después de un día lleno de mentiras, amenazas y despedidas, aquel abrazo fue probablemente lo primero que no me exigió una explicación.
—Deberías estar dormido, vaquerito.
—No podía, tampoco quería hablar.
—¿Por qué?
Tomás levantó la cara y me observó con seriedad, una que heredó del gruñón de su padre pues frunció el ceño igual que Rafael. —Escuché que se fueron Storm y tía Claudia. —Mi corazón dio un pequeño vuelco, pero antes de que pudiera responder añadió. —Pensé que tú también te ibas.
Bese su frente.
—No esta noche.
Sus dedos jugaron nerviosamente con la tela de mi camisa. —¿Mañana?
Aquella pregunta era más difícil.
—Mañana tengo que ir a ver a mi mamá —expliqué mientras acomodaba su cabello. —Llevo varios días sin verla y necesito abrazarla, comprobar que está bien y resolver algunas cosas en la ciudad. Eso ya lo habíamos hablado ¿Verdad?
Tomás bajó la mirada. —Entonces sí te vas.
Caminé con él y me senté en el borde de las escaleras, tomé su rostro entre mis manos hasta conseguir que volviera a mirarme.
—Irme mañana no significa irme para siempre.
Sus ojos se quedaron fijos en los míos. —¿No?
—No. Ya hablamos de esto en la cabaña, ¿recuerdas?
No sabía cuándo volvería, tampoco sabía qué ocurriría con mi trabajo, con la deuda de mamá o con la vida que había dejado esperando en la ciudad, pero había algo que sí sabía y no necesitaba ninguna solución perfecta para decírselo.
—No voy a desaparecer de tu vida, Tomás. Lo juro, mi vaquerito te quiero demasiado.
Su expresión cambió lentamente.
—¿Me quieres como un hijo?
Mi garganta se cerró, esa palabra me produjo una sensación extraña, tomé su pequeña mano y la apreté entre las mías.
—Sí, te quiero como a un hijo —admití, y decirlo en voz alta hizo que algo cálido y aterrador me llenara el pecho. —Pero escucha bien, vaquerito: no necesito vivir bajo el mismo techo que tú para quererte así. Aunque mañana tenga que irme, no voy a desaparecer de tu vida.
Le volví asegurar.
—¿Aunque papá y tú no sean novios?
Sonreí, su inteligencia era demasiada.
—Aunque tu papá y yo no seamos nada. Tú y yo tenemos nuestro propio trato.
Tomás pareció considerar mis palabras, después asintió despacio y volvió a rodear mi cuello con los brazos, apretándose contra mí.
—Entonces me gusta nuestro trato —murmuró, y aquella respuesta consiguió que sonriera mientras lo estrechaba un poco más.
—A mí también.
—¿Y puedo llamarte cuando estés con tu mamá? —Hubo emoción en su pregunta.
—Siempre que quieras.
—¿Incluso si es de noche?
Lo miré. —Negociador profesional.
Tomás sonrió con sueño. —Eso significa que sí.
Solté una pequeña risa y me puse de pie con él todavía en brazos. Ya pesaba demasiado para cargarlo como si fuera un niño pequeño, pero no tuve intención de bajarlo.
Tomás apoyó la cabeza sobre mi hombro y Blitz comenzó a caminar detrás de nosotros cuando avancé hacia su habitación.
—Marga.
—¿Qué pasa mi vaquerito?
—Cuando vuelvas podemos hacer chocolate. —Sonreí complacida.
—Eso suena como un excelente plan.
—Pero del bueno.
Arqueé una ceja.
—¿Estás insinuando que mi chocolate no es bueno sin haberlo probado?
Tomás levantó la cabeza y negó rápidamente. —El tuyo debo probarlo, pero papá sabe dónde hacen el mejor de todos. —Sus ojos se abrieron un poco más, como si acabara de recordar algo importante. —Pero es secreto. No puedo decirte.