Receta de Amor

Capítulo 34: La llave del corazón del rancho

MARGARITA

Rafael entrelazó nuestros dedos y comenzó a caminar sin explicarme nada más, obligándome a seguirlo por el corredor hasta una escalera lateral que apenas había utilizado durante mi estancia.

La casa estaba completamente en silencio después del caos de aquella noche. —¿Piensas decirme adónde vamos? —pregunté mientras descendíamos.

Rafael abrió una pequeña puerta al final de las escaleras y el aire fresco de la noche golpeó mi rostro.

—No. —Lo miré con desconfianza.

—Señor Montoya, golpeó a mi exnovio, echó a su cuñada y descubrió una conspiración dentro de su rancho. Si ahora pretende enseñarme dónde entierran los cadáveres, prefiero no saberlo.

Rafael soltó una risa baja y tiró suavemente de mi mano para hacerme salir. —Hablas demasiado cuando estás nerviosa.

—También cuando estoy tranquila.

—Eso ya lo noté.

La lluvia finalmente había cesado y el cielo comenzaba a despejarse, dejando escapar pequeños fragmentos de luna entre las nubes. El suelo todavía estaba húmedo y el aroma de tierra mojada se mezclaba con el cacao que parecía impregnar cada rincón de aquella propiedad.

Tomamos un sendero diferente a los que conocía.

No conducía hacia la fábrica principal, tampoco hacia los establos ni hacia la cabaña donde habíamos quedado atrapados durante la tormenta. Era estrecho, bordeado por árboles con demasiados años de vida cuyas ramas casi se encontraban sobre nuestras cabezas, formando una especie de techo natural que filtraba la luz de la luna.

Giré los ojos y él sonrió, todavía sosteniendo mi mano.

Había algo extraño en caminar así después de todo lo ocurrido, unas horas antes sentía que mi vida se desarmaba frente a mí y ahora avanzaba por un sendero desconocido sujetando la mano de un hombre que días atrás apenas podía mantener una conversación conmigo sin gruñir.

Llegamos finalmente a una parte del rancho que nunca había visitado, entre los árboles apareció una construcción pequeña, bastante más antigua que la fábrica y parcialmente escondida por la vegetación.

Sus paredes eran de piedra oscuras y envejecidas, algunas cubiertas por pequeñas enredaderas, mientras gruesas vigas de madera oscura sostenían un tejado inclinado que todavía goteaba por la lluvia.

Me detuve.

No había ningún letrero indicando qué funcionaba allí, tampoco caminos anchos para vehículos, trabajadores alrededor o luces industriales. Solo una puerta grande de madera y dos ventanas estrechas protegidas por contraventanas que hacían parecer aquel sitio más una casa antigua que parte de una producción comercial.

—Nunca había visto esto.

—Esa es la idea.

Lo miré.

Rafael soltó mi mano para buscar algo dentro del bolsillo de su pantalón, sacó un pequeño manojo de llaves y, entre todas, eligió una antigua, más larga y pesada que las demás.

La observé entrar en la cerradura y sentí que una sospecha comenzaba a crecer lentamente dentro de mí.

—Rafael...

No contestó, giró la llave y la puerta se abrió lentamente, el aroma me alcanzó antes de que pudiera entrar.

Cacao.

Cerré los ojos por puro instinto, no era el olor uniforme de la fábrica principal ni el de los granos almacenados antes del procesamiento, había algo más cálido, profundo y complejo.

Cacao tostado, madera, azúcar ligeramente caramelizada y una nota floral mezclada con otra especiada que mi nariz intentó identificar inmediatamente.

Abrí los ojos; Rafael había encendido la primera lámpara, después una segunda, la habitación comenzó a aparecer ante mí poco a poco bajo una luz amarillenta y cálida que hacía brillar el cobre de algunos equipos.

Las paredes interiores conservaban la piedra original y enormes vigas atravesaban el techo. Había mesas de madera marcadas por décadas de trabajo, recipientes de vidrio cuidadosamente etiquetados y pequeñas bandejas donde descansaban granos provenientes de distintas parcelas.

Entré despacio.

Cada paso revelaba algo nuevo, una tostadora antigua había sido restaurada e integrada con controles más modernos. Cerca de ella había un molino pequeño, una refinadora y varias máquinas de acero que contrastaban con utensilios de madera y cobre evidentemente mucho más antiguos.

En una pared colgaban moldes de diferentes tamaños y en otra se alineaban fotografías, me acerqué a ellas, había generaciones completas de Montoya.

Hombres y mujeres sosteniendo mazorcas de cacao, niños sentados sobre sacos, parejas cubiertas de tierra frente a árboles recién sembrados. Algunas fotografías eran tan antiguas que apenas conseguía distinguir los rostros, mientras otras mostraban aquel mismo lugar con máquinas diferentes y paredes todavía sin restaurar.

Entonces la vi, Silvia: era más joven que en las fotografías de la casa y llevaba el cabello recogido descuidadamente, las mejillas manchadas de algo oscuro y una sonrisa enorme mientras sostenía una bandeja junto a Rafael.



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En el texto hay: amor familiar, padresoltero, vaquero

Editado: 28.08.2026

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