Receta de Amor

Capítulo 35: Despedida

RAFAEL

Dormí poco y mal. Cada vez que cerraba los ojos recordaba una llave antigua desapareciendo dentro del bolsillo de Margarita y aquellas tres palabras que había pronunciado sin que yo se las pidiera: voy a regresar.

No sabía cuándo, tampoco bajo qué circunstancias, y me negaba a convertirlas en una promesa que pudiera utilizar para retenerla. Aun así, desperté antes del amanecer con la absurda certeza de que la casa iba a sentirse diferente cuando ella cruzara la puerta.

Cuando bajé, Cleotilde ya estaba en la cocina y Tomás ocupaba una silla frente a una taza de chocolate, mi hijo parecía sorprendentemente tranquilo para alguien que la noche anterior se había negado a hablar hasta ver a Margarita.

Blitz descansaba junto a sus pies y apenas levantó una oreja cuando entré, demostrando una vez más que dentro de mi propia casa hasta el perro había decidido cambiar de bando.

—Buenos días —saludé mientras servía café. Tomás respondió con un movimiento de cabeza y siguió comiendo, así que me senté frente a él y lo observé unos segundos. —¿Eso es todo? Anoche casi organizas una protesta porque Margarita se iba y ahora pareces dispuesto a enviarla a la ciudad sin negociar condiciones.

Tomás levantó la mirada y frunció el ceño de una manera desagradablemente parecida a la mía.

—Mamá Marga dijo que vuelve, entonces no se está yendo —respondió con absoluta seguridad antes de beber su chocolate.

Cleotilde sonrió desde la cocina y yo tuve que admitir que la lógica de un niño de siete años estaba resultando mucho más sencilla que todo lo que llevaba horas pensando.

—¿Y si tarda? —pregunté más por curiosidad que porque quisiera preocuparlo. Tomás se encogió de hombros y aseguró que simplemente la llamaría porque ellos tenían un trato. Aquello despertó inmediatamente mi interés. —¿Qué clase de trato? —Mi hijo me observó con sospecha y acercó su taza. —Es de Marga y mío.

Cleotilde soltó una carcajada mientras dejaba un plato delante de mí. —Parece que te quedaste fuera hijo. —Cleotilde dijo sin filtro.

La miré indignado. —Y en mi propia casa. —Tomás sonrió satisfecho.

—La vida es dura papá. —Cleotilde se carcajeó al escuchar las palabras de Tomás.

Iba a reclamar cuando escuché pasos en las escaleras, no necesité girarme para saber quién era. Tomás abandonó la silla apenas Margarita apareció en la entrada y corrió hacia ella, aunque aquella mañana no hubo miedo ni lágrimas.

Me obligué a concentrarme en el café, Margarita llevaba pantalones oscuros, una blusa sencilla y el cabello recogido, había señales de cansancio alrededor de sus ojos, pero también algo diferente en su expresión.

Seguía teniendo problemas suficientes para ocuparle varios meses y probablemente una cuenta bancaria incapaz de soportarlos, pero ya no parecía una mujer esperando que alguien le indicará qué debía hacer.

—Buenos días, ogro —saludó cuando finalmente llegó hasta la mesa. Levanté la mirada con toda la seriedad que pude reunir.

—Buenos días, señorita entrometida. —Margarita abrió la boca, escandalizada, tomé tranquilamente otro sorbo de café.

Sus ojos se estrecharon mientras Cleotilde negaba con la cabeza, probablemente preguntándose cómo habíamos conseguido sobrevivir tantos días sin asesinarnos.

Fue una tontería, un intercambio absurdo mientras Tomás terminaba de desayunar y Cleotilde seguía trabajando. Sin embargo, durante unos minutos aquella mañana pareció común, como si Margarita llevará años entrando a esa cocina para discutir conmigo antes de comenzar el día.

Quizá por eso sentí una presión incómoda en el pecho cuando vi su maleta preparada junto a la entrada. Raúl apareció poco después con el cabello desordenado y anunció que la carretera principal ya estaba completamente transitable.

Margarita había conseguido transporte hacia la ciudad y no permitió que ofreciera otra alternativa; necesitaba pasar primero por el hospital, después por su apartamento y finalmente comenzar a resolver su situación con la empresa.

—Puedo llevarte —ofrecí mientras terminábamos de caminar hacia la entrada, pero negó inmediatamente.

—Tienes un rancho que revisar y una administradora que acaba de traicionarte. —Me recordaba que Claudia ya no era administradora y su tono dejó claro que la discusión estaba terminada antes de comenzar.

No insistí.

Una parte de mí quería acompañarla hasta el hospital, asegurarme de que su madre Olga estaba realmente bien y permanecer cerca mientras enfrentaba las consecuencias de Storm, pero si realmente quería empezar algo distinto con Margarita, tendría que aprender que protegerla no siempre significaba resolverle la vida.

Tomás tomó su mano cuando llegamos a la entrada. No preguntó cuándo regresaría ni exigió una nueva promesa; solo le pidió que lo llamara cuando estuviera con su mamá.

Margarita se agachó frente a él, acercó la frente a la suya y le aseguró que sería la primera llamada que haría en cuanto pudiera. Después susurraron algo que no intenté escuchar porque había descubierto que ellos tenían asuntos privados que aparentemente no me correspondían.

Cuando Margarita se incorporó, encontró mi mirada y durante un instante volví a sentir el peso de la noche anterior: el aroma del cacao, su cabeza contra mi pecho y aquella llave entre nuestras manos. No quería añadir ninguna palabra capaz de convertir voy a regresar en una obligación, así que me limité a cruzar los brazos.



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En el texto hay: amor familiar, padresoltero, vaquero

Editado: 28.08.2026

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