MARGARITA
El hospital apareció al final de la avenida y sentí que todo lo ocurrido en el rancho quedaba suspendido por unos minutos.
No importaban Storm, Claudia, la receta secreta ni la vieja llave que llevaba guardada dentro del bolso como si fuera algo demasiado valioso para dejarla simplemente en un bolsillo.
Lo único que podía pensar era que detrás de aquellas paredes estaba mamá y llevaba demasiados días sin verla.
Atravesé la recepción casi corriendo después de identificarme y subí al piso indicado. El ascensor parecía moverse demasiado despacio y terminé apretando el botón varias veces como si aquello pudiera hacerlo subir con mayor rapidez.
Cuando finalmente llegué al corredor, reconocí a Camelia antes de que ella me viera; estaba sentada junto a una ventana con un vaso de café entre las manos y el cansancio marcado en el rostro.
—¡Marga! —Camelia se levantó tan rápido que estuvo a punto de derramar el café y me abrazó antes de que pudiera preguntar nada. —Pensé que ibas a llegar más tarde. Paul salió a buscar unas cosas y mamá lleva toda la mañana preguntando por ti.
—¿Cómo está? —Me separé apenas para mirarla y debió notar el miedo en mi expresión porque su rostro se suavizó inmediatamente. Había esperado aquella respuesta durante todos los días que estuve incomunicada y, de repente, necesitaba escucharla antes incluso de atreverme a entrar en la habitación.
—Mucho mejor —aseguró Camelia, apretando mis brazos. —El doctor dice que está evolucionando como esperaba y, si continúa así, probablemente no tendrá que quedarse hospitalizada demasiado tiempo. Sigue débil y tiene que cuidarse muchísimo, pero la operación salió bien, Marga.
Había imaginado demasiadas veces la posibilidad contraria durante las últimas semanas y escuchar finalmente que mamá estaba fuera de peligro consiguió que el aire regresará a mis pulmones.
—¿Puedo verla? —pregunté, aunque ya estaba mirando hacia la habitación como si nada pudiera impedirme llegar hasta ella.
—Claro. Pero intenta no aplastarla porque sé perfectamente cómo abrazas cuando estás nerviosa —advirtió Camelia con una sonrisa. No esperé a escuchar el resto y caminé hacia la puerta con el corazón golpeándome tan fuerte que apenas podía respirar.
La empujé con cuidado y me quedé detenida en la entrada, mamá estaba despierta, con la espalda ligeramente elevada y una manta cubriéndole las piernas.
Se veía más delgada y todavía demasiado pálida, pero estaba sentada junto a la ventana con un libro cerrado sobre el regazo, completamente ajena a que yo necesitaba verla para terminar de creer que seguía allí.
—Mamá... —La palabra se rompió antes de salir completamente de mi garganta y ella levantó la cabeza. Su rostro cambió inmediatamente, el libro quedó olvidado sobre la cama y extendió los brazos hacia mí con una sonrisa que consiguió derrumbar todo el control que había mantenido durante el camino.
—Mi niña, ven aquí. —Su voz todavía sonaba cansada, pero era su voz. Crucé la habitación y la abracé con cuidado, procurando no presionar donde pudiera lastimarla.
Mamá acarició mi cabello mientras yo escondía el rostro junto a su hombro y dejaba salir unas lágrimas que ya no tenía motivos para contener.
—Pensé que iba a perderte —confesé después de varios minutos y mi madre me apartó lo suficiente para tomar mi cara entre sus manos. —No vuelvas a hacerme pasar tantos días sin noticias después de una operación. Sé que hubo una tormenta, pero una madre recién operada no está obligada a ser razonable.
—Lo tendré presente para la próxima emergencia meteorológica —respondí intentando sonreír y conseguí que ella hiciera lo mismo. Volví a abrazarla, respirando despacio mientras comprobaba algo tan sencillo y tan importante como que su pecho se movía bajo mis brazos.
Durante un rato no hablamos de nada complicado. Le pregunté por los médicos, los medicamentos y la comida terrible del hospital, mientras mamá se dedicaba a quejarse de cada restricción como si recuperarse fuera una ofensa personal. Camelia entró poco después y Paul apareció con dos bolsas de comida, haciendo suficiente ruido como para que una enfermera lo mirara mal desde el corredor.
—La fugitiva regresó —anunció Paul apenas me vio y dejó las bolsas sobre una silla antes de abrazarme con tanta fuerza que tuve que empujarlo. —Ya estaba planeando ir personalmente al rancho a buscarte. No sé qué clase de lugar necesita una tormenta para impedir que una mujer mande un mensaje durante tantos días.
—Uno con árboles, barro y muy poca señal —respondí, tratando de sonar normal. Paul preguntó si al menos había aprendido a montar a caballo y terminé riéndome mientras mamá nos observaba desde la cama, aparentemente satisfecha de tenernos a los tres haciendo ruido otra vez.
El problema apareció cuando mi madre preguntó por Storm.
—¿Y dónde está tu novio? —preguntó mirando hacia la puerta como si esperara verlo entrar en cualquier momento. —Me escribió varias veces después de la operación y estuvo pendiente de nosotros mientras tú estabas incomunicada. Pensé que vendría contigo.
Mi sonrisa desapareció apenas un segundo.
—Tenía que resolver unas cosas de trabajo —respondí mientras acomodaba el bolso junto a la silla. No era exactamente mentira; Storm probablemente tenía cientos de cosas que resolver después de ser expulsado del rancho, pero ninguna necesitaba ser explicada a una mujer que acababa de salir de una cirugía.