RAFAEL
Habían pasado cuatro días desde que Margarita abandonó el rancho y empecé a sospechar que mi hijo tenía una vida social más interesante que la mía. Todas las noches, exactamente después de cenar, Tomás desaparecía con mi teléfono o con el de Cleotilde para hablar con ella.
Nunca sabía qué discutían porque ambos aseguraban que tenían un trato privado, aunque más de una vez escuché su risa atravesando el corredor.
Aquella mañana no fue diferente. Encontré a Tomás sentado en uno de los escalones de la galería con Blitz acostado sobre sus pies y mi teléfono entre las manos.
—Mamá Marga dice que su mamá ya puede irse pronto del hospital —anunció apenas me vio, como si llevara horas esperando para entregarme un informe. —También dijo que encontró sus pantuflas debajo de una silla y que su hermano Paul se comió un postre que no era suyo.
—Información crucial para la administración del Rancho Montoya —respondí mientras recuperaba mi teléfono. Tomás frunció el ceño cuando bloqueé la pantalla. —¿Y no dijo nada más? —Mi hijo me observó con una expresión demasiado inocente para ser verdadera.
—Sí, pero eso también es de nuestro trato —respondió, acercando las manos hacia su pecho como si estuviera protegiendo un secreto de Estado. Lo miré con los ojos entrecerrados, cada vez más convencido de que Margarita había creado una pequeña sociedad clandestina dentro de mi propia casa.
—Voy a empezar a cobrarte por utilizar mi teléfono —advertí, pero Tomás ni siquiera pareció preocupado por la amenaza.
—Entonces llamo con el de Cleo —contestó inmediatamente, y la sonrisa que apareció en su rostro me confirmó que ya había considerado aquella posibilidad mucho antes que yo.
Me quedé mirándolo y terminé negando con la cabeza. —Eres un pequeño traidor. —Tomás se encogió de hombros y extendió los brazos hacia mí para que lo cargara.
Lo levanté sin protestar y Tomás rodeó mi cuello con los brazos, apoyando la cabeza sobre mi hombro como hacía cuando era más pequeño. Había temido que la partida de Margarita lo hiciera retroceder, pero ocurrió exactamente lo contrario; ella llamaba, él hablaba y ninguno trataba cada conversación como una despedida.
—¿Hoy también vas a trabajar todo el día? —preguntó mientras caminaba conmigo hacia el interior de la casa. Su voz sonó resignada y tuve que reconocer que durante los últimos días había pasado demasiadas horas encerrado en contratos, registros y llamadas.
—Tengo que terminar algunas cosas importantes —respondí mientras lo acomodaba mejor entre mis brazos. Tomás suspiró de una manera demasiado dramática para un niño de siete años y aquello consiguió que me detuviera antes de llegar a la puerta. —Pero eso puede esperar un rato.
Levantó inmediatamente la cabeza.
Tomás levantó inmediatamente la cabeza. —¿Cuánto rato?
—Mucho rato —respondí, y su sonrisa apareció despacio.
Su sonrisa apareció despacio. Cambié de dirección y en lugar de entrar a la casa caminé hacia los establos, Tomás comprendió adónde íbamos antes de que dijera una sola palabra y comenzó a moverse entre mis brazos con suficiente entusiasmo como para obligarme a sujetarlo mejor.
—¿Vamos con Moro? —preguntó Tomás apenas comprendió hacia dónde nos dirigíamos, moviéndose entre mis brazos con entusiasmo.
—Si prometes no contarle a Raúl que abandoné mis obligaciones administrativas —respondí mientras seguía caminando hacia los establos.
—No le digo nada —aseguró de inmediato, con una seriedad que me resultó poco convincente.
Lo miré con desconfianza. —Tus secretos últimamente tienen muy poca credibilidad.
Tomás sonrió y apoyó nuevamente la cabeza sobre mi hombro. —Los de Marga sí los guardo.
—Eso no mejora tu defensa —murmuré, aunque la carcajada de mi hijo consiguió que terminara sonriendo también.
Tomás soltó una carcajada y el sonido me acompañó hasta los establos. Moro levantó la cabeza apenas nos vio acercarnos y golpeó una vez el suelo con una pata. Había estado inquieto después de varios días de lluvia y necesitaba salir casi tanto como yo.
Bajé a Tomás y él caminó inmediatamente hacia el caballo, pero se detuvo a una distancia prudente. Moro era enorme junto a su pequeño cuerpo.
—Despacio —le indiqué mientras me colocaba detrás de él. Tomás extendió una mano y Moro acercó el hocico hasta su palma. —Saluda antes de subirte.
Tomás giró la cabeza hacia mí con una expresión demasiado seria para lo que estaba a punto de decir. —Tú no saludaste a Storm antes de pegarle.
Me quedé completamente quieto y bajé la mirada hacia mi hijo. Él sonreía como si acabara de descubrir el mejor secreto del rancho. —¿Quién te contó eso? —pregunté, aunque una parte de mí ya sospechaba la respuesta.
El pequeño se encogió de hombros con absoluta tranquilidad. —El tío Raúl.
Por supuesto.
Ese chismoso iba a descubrir muy pronto que las ganancias también podían reducirse por divulgar información confidencial.
—Eso fue diferente —respondí mientras volvía a acariciar el cuello de Moro.