RAFAEL
Tomás sostenía uno de sus regalos entre las manos, pero no jugaba con él; observaba los cultivos con una tranquilidad que contrastaba con el niño que había corrido de un lado a otro durante todo el día.
Me senté a su lado y apoyé los brazos sobre las rodillas. —¿Cansado? —pregunté, aunque la respuesta parecía bastante evidente.
Tomás negó mientras balanceaba las piernas y aseguró que había sido el mejor cumpleaños, así que le advertí que seguramente cambiaría de opinión cuando descubriera cuánto tendría que ayudar a recoger.
—Entonces estoy cansadísimo —rectificó inmediatamente, consiguiendo que soltara una carcajada antes de revolverle el cabello.
Intentó apartar mi mano, pero terminó sonriendo y apoyó unos segundos la cabeza contra mi brazo mientras contemplábamos juntos la tarde caer sobre el rancho.
No necesitábamos llenar cada silencio.
Durante demasiado tiempo había aprendido a interpretar los de Tomás porque no tenía otra opción; un movimiento de sus manos, una mirada o la manera en que se encerraba dentro de sí mismo habían sido nuestra forma de comunicarnos.
Ahora podía simplemente compartir un momento tranquilo con mi hijo sabiendo que, cuando quisiera decir algo, su voz estaría ahí.
—Papá, ¿ahora sí podemos probar el chocolate de mamá? —preguntó levantando la mirada hacia mí. Sentí una presión suave en el pecho porque había sabido durante todo el día que aquella pregunta llegaría y, aun así, no estaba completamente preparado para escucharla.
—Ahora sí, vaquero —respondí después de unos segundos mientras me ponía de pie y extendía una mano hacia él.
Tomás la aceptó inmediatamente y miró hacia la casa, probablemente dispuesto a llamar a Cleotilde y Raúl, pero Cleo apareció en la puerta antes de que pudiera hacerlo.
Había escuchado.
—Esta vez ve con tu papá, mi niño —dijo con suavidad mientras se acercaba para acomodarle el cabello detrás de una oreja.
Tomás preguntó si ella no quería probarlo y Cleotilde sonrió antes de asegurarle que lo haría después; aquella primera vez, explicó, debía compartirla conmigo.
Raúl apareció detrás de ella y, por una vez, no hizo ninguna broma. Su mirada pasó de Tomás hacia mí y bastó un pequeño asentimiento para saber que también había entendido.
Mi hermano había querido a Silvia y Cleotilde había formado parte de nuestra vida durante años, pero aquel momento tenía un significado diferente para el hombre que había sido su esposo y el niño que todavía la llamaba mamá.
Tomás no insistió.
Ajustó su pequeña mano alrededor de la mía y comenzamos a caminar hacia el corazón del rancho. La luz anaranjada atravesaba los árboles y el sendero conservaba todavía el aroma húmedo de la tierra mezclado con cacao y vegetación.
—¿Mamá hacía chocolate contigo? —preguntó después de varios minutos. Le respondí que muchas veces y quiso saber si también trabajábamos juntos en aquel lugar. Asentí, aunque no estaba preparado para la sonrisa curiosa que apareció antes de su siguiente pregunta. —¿Era mejor que tú?
—Muchísimo mejor —admití, y sus ojos se abrieron con tal sorpresa que me vi obligado a recordarle que su padre tenía numerosas virtudes. Tomás respondió que Cleotilde decía que yo no sabía perder, así que decidí defender lo poco que quedaba de mi reputación. —Cleotilde habla demasiado.
Su risa se perdió entre los árboles.
Seguimos avanzando hasta que volvió a quedarse callado. Esta vez no parecía estar buscando una broma ni preparando alguna pregunta incómoda; mantenía la mirada sobre el camino y movía lentamente los dedos dentro de mi mano.
—Yo recuerdo una cosa de mamá —dijo después de un momento mientras se señalaba la punta de la nariz. —Una vez me puso chocolate aquí.
Me detuve.
La escena regresó con una claridad que consiguió doler y hacerme sonreír al mismo tiempo. Silvia estaba trabajando en una mezcla y él llevaba varios minutos molestándola porque quería probarla antes de tiempo.
Ella terminó colocando chocolate sobre la punta de su nariz y después corrió detrás de él alrededor de la mesa mientras nuestro hijo chillaba de risa.
—Sí pasó —confirmé cuando levantó los ojos hacia mí buscando seguridad. —Después corriste por toda la cocina porque tu mamá amenazaba con llenarte la cara de chocolate.
Tomás sonrió, pero la expresión duró poco. Bajó nuevamente la mirada mientras continuábamos caminando y su voz salió mucho más baja. —A veces no sé cuáles cosas recuerdo yo y cuáles me contaron ustedes.
Aquello me atravesó de una forma que no esperaba.
Para mí, Silvia seguía existiendo dentro de cientos de recuerdos perfectamente definidos. Podía recordar su voz, la manera en que se sujetaba el cabello cuando trabajaba, el gesto que hacía cuando estaba concentrada y hasta las discusiones más absurdas que habíamos tenido.
Tomás, en cambio, había sido demasiado pequeño cuando la perdió. Nunca había pensado que algún día tendría que preguntarse cuáles recuerdos eran realmente suyos.