Recuerdos Compartidos

Capítulo 1: La Promesa que el Mundo No Podría Romper

La lluvia caía con furia salvaje sobre las cumbres, como si el cielo mismo se estuviera desgarrando. Nubes negras, densas y pesadas como plomo, cubrían todo rastro de luna y estrellas. Los relámpagos rasgaban la oscuridad en intervalos irregulares, iluminando por un instante la carretera que serpenteaba entre pinos oscuros y empinados acantilados. El agua corría sobre el asfalto formando riachuelos rápidos, lamiendo los bordes de la calzada. La visión era casi nula.

Un automóvil avanzaba despacio, luchando contra la tormenta.

En una curva cerrada, el neumático patinó. El vehículo derrapó, atravesó la barrera de protección y cayó en espiral por la ladera, entre árboles que arañaban la chapa, hasta quedar volcado y en silencio entre la maleza. Solo quedaban las luces de emergencia, parpadeando una y otra vez en la penumbra: intermitente… intermitente… intermitente… como un latido que se apaga.

En el asiento trasero, un niño pequeño estaba atrapado. Temblaba de pies a cabeza, con el pecho agitado por sollozos que apenas lograba contener.

—Mamá… —su voz fue un susurro que se perdió entre el ruido de la lluvia.

Una mano, manchada de rojo, se movió lentamente hacia él. La mujer, herida y débil, abrió los ojos con esfuerzo.

—Haruki… estoy aquí.

—¡Tengo miedo! —gritó él, aferrándose a sus dedos.

—Lo sé… —ella acarició su mejilla con la última fuerza que le quedaba—. Pero mamá no se irá. Escúchame bien: pase lo que pase, mamá jamás te dejará solo. ¿Me lo prometes?

—¿Me lo prometes? — sollozó el niño.

—Te lo prometo.

Un relámpago iluminó el interior destrozado del coche. Fue la última imagen clara que guardó de ella.

Años después. La lluvia se había marchado, dejando el aire limpio y fresco. El sol caía en rayos suaves por las ventanas altas de la Academia Seiran, bañando de luz dorada y tenue los pasillos que ya estaban casi vacíos. La mayoría de los estudiantes regresaban a casa; el silencio comenzaba a instalarse en cada rincón.

Pero en un salón del tercer piso, la puerta se había cerrado con cerrojo. Allí quedaban cinco personas.

En el centro, solo frente a cuatro, estaba Haruki Aoyama. Tenía dieciséis años, medía ciento sesenta y ocho centímetros, y su presencia parecía diseñada para no llamar la atención: cabello oscuro y desordenado que le caía sobre la frente, unos ojos grandes y oscuros que siempre miraban hacia el suelo, ocultos tras unos lentes de montura fina que se ajustaba con frecuencia, nervioso. Llevaba el uniforme impecable pero arrugado, la mochila abrazada contra el pecho como un escudo. Bajo la camisa, se adivinaban las marcas recientes de golpes que intentaba ocultar. Delgado, de movimientos contenidos, como si temiera ocupar demasiado espacio. No era fuerte, no era destacado, no era popular. Y precisamente por eso, era el blanco más fácil.

Delante de él, con las piernas abiertas y los puños cerrados, estaba Daigo Kurogane. Diecisiete años, ciento ochenta y cinco centímetros de pura masa muscular imponente, hombros anchos, brazos gruesos y marcados que se veían incluso bajo la camisa desabotonada. Su cabello era de un rojo oscuro, revuelto y salvaje; sus ojos, de color ámbar rojizo, miraban con desafío y fuego. Una tirita cruzaba su mejilla derecha; en la oreja izquierda llevaba un aro de plata, y al cuello un collar metálico que no se quitaba jamás. Anillos de acero brillaban en sus dedos. Su chaqueta, abierta, mostraba un emblema personal: un dragón negro. Caminaba con pasos pesados, ocupando todo el espacio, sonriendo con esa media sonrisa desafiante que prometía problemas.

A su lado, un poco más atrás, con la mirada baja y inquieta, estaba Kenta Shibasaki. También diecisiete años, ciento setenta y seis centímetros, con cabello rubio cenizo despeinado y ojos de tono avellana claro que se movían de un lado a otro sin atreverse a fijarse en nadie. Tenía rasgos finos, pero la postura encogida lo hacía parecer más pequeño de lo que era. Se ajustaba sin cesar la corbata o la manga del uniforme; bajo ella, en el cuello, se veían a veces pequeñas heridas que él mismo se cubría con la mano. Siempre llevaba la mochila pegada al cuerpo, siempre estaba sudando un poco, siempre parecía a punto de pedir perdón aunque no hubiera hecho nada. Seguía a los demás por miedo a ser el siguiente.

Y frente a todos, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que nunca llegaba a los ojos, estaba Riku Hayase. Diecisiete años, ciento ochenta centímetros, una figura esbelta y elegante que parecía haber salido de un retrato perfecto: cabello negro azulado peinado con esmero, ojos de un violeta profundo y cautivador que miraban todo con una calma que parecía superior. Llevaba el uniforme impecable, la corbata bien puesta, el reloj de lujo en la muñeca y un anillo en el dedo índice. Un piercing pequeño brillaba en su oreja izquierda. Todos en la academia lo admiraban: inteligente, amable, siempre dispuesto a ayudar. Solo Haruki sabía que esa sonrisa se apagaba cuando no había testigos, dejando ver algo frío y calculador detrás.

La puerta se abrió de golpe.

—¿Se puede saber qué están haciendo?

La voz era firme, serena, pero cortó el aire como un cuchillo. En el umbral estaba Rei Takamori, la profesora de Historia y Ética. Veintisiete años, ciento setenta centímetros de estatura, con una postura recta e imponente que imponía respeto sin necesidad de gritar. Su cabello negro azabache estaba recogido con elegancia, con algunos mechones sueltos que le enmarcaban el rostro de rasgos finos y ojos de un rojo grisáceo que lo veían todo. Llevaba el uniforme de profesora: blusa blanca, chaqueta entallada, falda oscura, y en la muñeca un reloj de pulsera sencillo pero distinguido. En las orejas, aretes pequeños y discretos. Sostenía unos cuadernos bajo el brazo, y su mirada recorrió la escena: Haruki encogido, la mochila en el suelo, los puños cerrados de Daigo, la sonrisa falsa de Riku, el miedo en los ojos de Kenta.



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En el texto hay: fantasia, isekai, fantasa magia y accion

Editado: 08.10.2026

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