El sudor frío le pegaba la camisa nocturna a la espalda. Las luces incandescentes de los faros cortaban la negrura de la carretera desértica, dibujando una línea recta y amenazante hacia la nada.
En el suelo del vehículo, el frío del metal se le clavaba en las costillas con cada bandazo. Hannah no podía moverse. La cuerda áspera le apretaba brutalmente las muñecas tras la espalda y le abrasaba la piel de los tobillos.
El motor rugía con un temblor constante que le hacía retumbar los oídos, pero lo más aterrador de aquel cautiverio no era la inmovilidad ni el penetrante olor a polvo seco que se colaba por las rendijas del automóvil.
Era la figura erguida en el asiento del conductor.
Una silueta femenina, delgada y elegante, envuelta en la penumbra.
Una melodía suave flotaba en el interior del vehículo. Era una canción de cuna que la mujer al volante tarareaba con una calma inquietante, completamente ajena al pánico que ahogaba a Hannah en el suelo del coche.
Hannah intentó articular una palabra. Rogar. Gritar.
Pero el nudo en su garganta se quebró en un débil hilo de aire justo cuando el automóvil frenó en seco.
La puerta del conductor se abrió de golpe.
La brisa helada del desierto se coló en el habitáculo. Una mano de dedos largos, adornada con uñas perfectamente pulidas, se extendió hacia el asiento trasero sosteniendo un objeto metálico que refulgió bajo la luz de la luna.
Un estruendo sordo rasgó la noche.
Un dolor abrasador explotó en su hombro izquierdo.
—Despierta, Hannah...
Hannah se incorporó de golpe en la cama, lanzando una bocanada de aire como si acabara de salir a la superficie después de ahogarse en el océano. Su pecho subía y bajaba desbocado bajo la seda de su pijama.
De forma instintiva, su mano derecha voló hacia el hombro izquierdo y presionó el punto exacto donde el proyectil del sueño la había herido.
Bajo sus dedos no había sangre ni metal. Solo la pequeña y tenue cicatriz de su infancia, latiendo con un cosquilleo nervioso.
Respiró hondo y cerró los ojos con fuerza, intentando expulsar el terror.
El silencio absoluto de su ático en Los Ángeles la envolvió lentamente, disipando la bruma del desierto, el hedor a polvo y el eco metálico de la detonación.
—Solo fue un sueño —murmuró en la penumbra, aunque el temblor de sus manos desmentía sus propias palabras—. Solo un maldito sueño...
Sin embargo, en el fondo de su alma sabía que no era así.
Aquella pesadilla no era un recuerdo amortiguado ni una simple jugada del subconsciente. Llevaba semanas repitiéndose con una nitidez enfermiza, casi táctil, como si su mente no estuviera recordando el pasado, sino presenciando un aviso.
Una premonición que se acercaba oculta entre las sombras.
Se deslizó fuera de la cama y caminó descalza hasta el ventanal panorámico, desde donde se extendía una vista impresionante del perfil urbano de la ciudad, todavía envuelto en la bruma previa al amanecer.
A sus veintisiete años, Hannah Horch vivía fragmentada entre dos realidades opuestas.
Para el despiadado mundo corporativo de San Francisco y la voraz prensa del corazón, era la «heredera fantasma», la hija menor del magnate Hans Horch que había decidido desaparecer por completo del ojo público.
Las duras críticas mediáticas de su adolescencia, y las constantes comparaciones durante sus primeros años como profesional, la habían marcado profundamente. Los medios cuestionaban si era tan brillante, influyente o capaz como sus hermanos mayores.
Pero fue la devastadora muerte de su madre, Miranda, víctima de un cáncer que los tabloides convirtieron en un espectáculo cruel y morboso, lo que terminó por romper algo dentro de ella.
Después de ver a su madre sufrir bajo los reflectores de las cámaras, Hannah juró que jamás expondría su rostro ni su vida al escrutinio público.
Fue entonces cuando su padre, decidido a que construyera su propia fortaleza y aprendiera a convertirse en una verdadera ejecutiva sin la sombra del favoritismo familiar, selló un acuerdo confidencial con Dereck Lacroze.
El trato era estricto.
Dos años.
Dos años completos durante los cuales Hannah trabajaría bajo el seudónimo de «Hannah Spencer», comenzando desde la base operativa para comprender cada engranaje de Lacroze Publisher antes de asumir su lugar como accionista y vicepresidenta.
Deslizó los dedos por el cristal frío.
La cuenta atrás se acercaba a su fin.
Dos años.
El plazo del acuerdo estaba consumiendo sus últimos meses y el destino que tanto había pospuesto comenzaba a reclamarla.
Pero había algo que ni su padre ni aquel trato habían previsto.
El único error humano que Hannah había cometido durante el proceso.
Enamorarse irrevocablemente de su jefe.
~~º~~
A las siete y media de la mañana, el vestíbulo de Lacroze Publisher ya bullía con el murmullo de empleados y ejecutivos, acompañado por el sonido constante de los ascensores.
Hannah cruzó las puertas de cristal luciendo la imagen perfecta de la pulcritud corporativa: un traje sastre gris perla, discreto pero inesperadamente sofisticado, el cabello castaño recogido en un moño impecable y una carpeta de cuero ajustada contra el pecho.
Al salir del ascensor en el piso de la alta dirección, se encontró con Patricia Hudson en su escritorio.
Paty, con sus gafas de pasta y una taza de café humeante entre las manos, la recibió con una sonrisa cálida que alivió de inmediato la tensión que Hannah arrastraba desde la madrugada.
—Buenos días a la secretaria más eficiente y puntual de toda la costa oeste —saludó Paty, observándola por encima de la taza—. Aunque, si me permites la observación médica, tienes una cara que grita que no has pegado ojo en toda la noche.
—Otra pesadilla. Nada que un buen espresso no pueda solucionar —respondió Hannah, devolviéndole una sonrisa serena mientras dejaba el bolso en su puesto—. ¿Qué tal está el ambiente ahí dentro?
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Editado: 26.09.2026