Sedúceme Despacio

CAPÍTULO 3: Cuando se generan las sospechas

Cuando la mañana se hizo presente, el destello atravesaba las cortinas cuando Hannah abrió lentamente los ojos.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, sintiendo el brazo de David rodeándole la cintura.

Y preguntándose si todo había sido un sueño.

No lo había sido.

Sonrió involuntariamente.

Hasta que recordó la reunión de la cual había estado huyendo meses atrás.

El mundo real la esperaba fuera de esas sabanas.

Hannah se incorporó con cuidado, tomó su teléfono y salió al pasillo.

—¿Paty?

—Dime que se incendió algo.

—No exactamente.

—Entonces es demasiado temprano para esta llamada.

Hannah soltó una pequeña risa.

—Necesito un favor.

—Ahora sí me preocupas.

—David necesita un traje limpio.

Hubo un silencio.

—Voy a asumir que existe una historia muy interesante detrás de esa frase.

—Patricia...

—Lo enviaré.

La sonrisa de Hannah se hizo inevitable.

El café caía sobre la cafetera mientras tomaba una ducha caliente, el recuerdo de las caricias de David estremecieron su piel y un suspiro ahogado salió de su boca.

Entre la intranquilidad y el recuerdo de la noche anterior, Hannah sintió desprecio por sí misma. Aquella mentira que la llevó lejos de su hogar estaba por explotarle en la cara, su padre fue firme cuando cuando le indicó a su cuñado, quien formaba parte de la representación de la compañía, que al terminarse el plazo su nombre sería mencionado como integración a la mesa de accionistas.

Y justo cuando un mar de pensamientos estaban por provocarle ansiedad, escuchó el timbre de la entrada sonar.

—¡Sorpresa, preciosa!

Hannah cerró los ojos un segundo.

Trágame tierra y escúpeme en San Francisco.

Joyce Lambert llevaba prácticamente toda la vida apareciendo sin avisar.

Era una de las pocas personas de su familia a las que Hannah jamás había aprendido a decir que no.

—¿Qué haces aquí?

—Yo también me alegro de verte.

Sin esperar invitación, entró al apartamento con la naturalidad de quien conocía aquel lugar de memoria.

—Pasé por recepción, vi el recado del traje y pensé: "¿Por qué no darle los buenos días a mi persona favorita?"

Entonces vio a David.

La frase murió en su garganta.

El silencio fue absoluto.

David estaba apoyado contra la barra de la cocina.

Descalzo.

Con una taza de café entre las manos.

Y una expresión que prometía problemas.

Joyce y David se observaron durante varios segundos.

Ninguno sonrió.

Ninguno retrocedió.

Hannah tuvo la sensación de estar presenciando una negociación diplomática al borde de una guerra internacional.

—Vaya... —murmuró Joyce recorriendo a David de arriba abajo—. Sabía que la cultura laboral de Lacroze era competitiva, pero no imaginaba que el CEO venía incluido en el desayuno.

David dio un lento sorbo a su café.

—Joyce Lambert, supongo.

—El mismo.

—Una lástima que no hayas traído informes esta vez. Aunque debo admitir que el papel de mensajero te queda sorprendentemente bien.

Hannah tuvo que toser para ocultar una sonrisa.

La escena era tan absurda como entretenida.

—Señores...

—No es lo que parece —dijo Joyce al mismo tiempo.

—En eso estamos de acuerdo —contestó David.

—¡Basta!

Ambos la miraron.

Hannah se colocó físicamente entre los dos.

—Joyce, al sofá.

Se giró.

—David, al dormitorio a vestirte.

Y añadió con la autoridad de una ejecutiva que llevaba dos años manteniendo a un piso entero bajo control:

—Ahora.

Por primera vez aquella mañana, los dos obedecieron.

~~º~~

El trayecto hacia Lacroze Publisher fue mucho menos tranquilo.

David observaba a Hannah.

Hannah observaba el tráfico.

Y Joyce disfrutaba silenciosamente de toda la situación.

—Así que Joyce Lambert.

David rompió el silencio.

—No sabía que mi secretaria tenía amigos tan cercanos en el medio.

—Somos amigos desde hace años.

—"Amigos" parece una definición bastante modesta para alguien que entra a tu apartamento sin tocar.

—Joyce entra en todas partes sin tocar.

—Eso es cierto —intervino Joyce.

—Nadie te pidió opinión.

Joyce sonrió.

Hannah decidió concentrarse en la carretera.

Cuando llegaron al piso ejecutivo, la mañana ya estaba completamente en marcha.

Media hora después, mientras organizaba los documentos de la próxima junta, una mano se apoyó sobre su hombro.

—¿Vas a seguir ignorándome?

Hannah se giró.

Y sonrió de inmediato.

—¡Thomas!

Frente a ella estaba Thomas Jones.

Además de convertirse en su extrovertido cuñado, Thomas era conocido como uno de los ejecutivos más respetados de la empresa familiar y en uno de los hombres de mayor confianza para Hans Horch.

Pero para Hannah siempre sería mucho más que eso.

Era mentor.

Protector.

Y prácticamente familia.

Thomas la envolvió en un abrazo cálido.

—Qué alegría verte.

—No sabes cuánto me alegra verte aquí.

—Tu padre me mataría si no comprobara personalmente que sigues respirando.

Hannah rio.

Por primera vez en días, la tensión disminuyó.

A varios metros de distancia, David observaba la escena.

Y algo dentro de él se tensó.

Porque cuanto más conocía a Hannah, más evidente resultaba que existía una parte enorme de su vida que nadie en Lacroze Publisher conocía.

Y cada nueva pieza hacía el misterio más grande.

No más pequeño.

~~º~~

Minutos después comenzó la junta.

David ocupó la cabecera de la mesa.

Theo dirigía la presentación.

Y Thomas permanecía sentado entre los representantes invitados.

—Para cerrar el orden del día —anunció Theodore—, debemos confirmar la organización de nuestra Gala Benéfica anual en el Museo de Arte de Los Ángeles.




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