El murmullo de las conversaciones de la oficina parecía llegar desde muy lejos para Hannah mientras sus dedos volaban sobre el teclado con una precisión casi automática.
El roce de la mano de David sobre su hombro seguía grabado en su piel como una marca invisible, una huella imposible de borrar incluso bajo el aire acondicionado del piso ejecutivo.
Desde su escritorio, Patricia la observaba por encima de un expediente.
No necesitaba conocerla desde hacía dos años para darse cuenta de que algo no iba bien. La rigidez de su espalda, su concentración forzada y la frecuencia con la que sus ojos terminaban posándose sobre la puerta cerrada de Presidencia hablaban por sí solos.
—Sabes que la madera no va a romperse por mucho que la mires, ¿verdad? —comentó Paty con tono despreocupado, acercando ligeramente su silla.
Hannah parpadeó y volvió bruscamente a la realidad.
—Estaba revisando mentalmente el itinerario de la tarde —respondió, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja—. La junta de Producción se pospuso y necesito confirmar la reserva de David para la cena con los inversores de Chicago.
Paty soltó un bufido divertido.
—Hannah, por favor. Puedes engañar al consejo ejecutivo entero con esa fachada de asistente impecable, pero a mí no. Cada vez que David Lacroze está a menos de tres metros de ti, el aire en este pasillo se vuelve tan denso que podría cortarse con un bisturí.
—Paty, por favor, no empieces —pidió Hannah en voz baja, lanzando una rápida mirada hacia los ascensores.
—No empiezo nada. Solo observo.
—Es atractivo, brillante, exasperante y está absurdamente pendiente de ti. La forma en que te mira no es la de un presidente observando a su asistente, sino la de un hombre intentando descifrar a la única mujer que se le escapa. Y sé que sostener ciertas máscaras aquí dentro se vuelve más difícil cada día, sobre todo ahora que el tiempo se agota.
Hannah sostuvo la mirada de su amiga,
No hacía falta pronunciar el apellido Horch.
Patricia conocía la verdad.
Conocía el acuerdo.
Y conocía el riesgo que se acercaba.
—David tiene demasiados problemas como para fijarse en mí —respondió finalmente Hannah—. Su padre lleva toda la mañana presionándolo con las cifras y Theo tuvo que intervenir hace un rato.
Paty suspiró.
—En eso sí tienes razón. Dereck Lacroze tiene el talento de convertir cualquier éxito en una insuficiencia. A veces me pregunto cómo Theo consigue seguir sonriendo después de tantos años.
Hannah detectó un brillo particular en los ojos de su amiga al mencionar a Theodore.
Uno pequeño.
Sutil.
Pero imposible de ignorar.
Antes de que pudiera hacer algún comentario, la puerta de Presidencia se abrió.
Theodore Lacroze apareció con paso relajado, ajustándose el botón de la chaqueta y luciendo esa sonrisa despreocupada que parecía desafiar cualquier problema.
Theo poseía la misma presencia imponente de su hermano, aunque suavizada por una calidez natural que hacía que la gente confiara en él casi de inmediato.
Se dirigió directamente hacia sus escritorios.
—Buenas tardes, damas.
—Buenas tardes, señor Lacroze —saludó Paty.
—Hannah, el león dentro de la cueva parece haberse calmado un poco gracias a tu café, pero te aconsejo que le entregues el informe financiero con guantes de seda. Hoy está especialmente exigente.
—Gracias por el aviso, señor Lacroze.
Theo sonrió.
—En privado sabes perfectamente que no necesitas tanto formalismo conmigo.
Luego giró la cabeza hacia Paty.
—¿Tienes los borradores del evento benéfico? Necesito revisarlos.
—Estarán en su escritorio en dos minutos —respondió ella.
Hannah no pasó por alto cómo Patricia apretó ligeramente la carpeta que sostenía.
Ni la forma en que Theo le dedicó una mirada llena de complicidad antes de dirigirse al ascensor.
Fue apenas un segundo.
Pero fue suficiente.
Hannah sonrió para sí.
Todos en aquel piso guardaban secretos.
~~º~~
La tarde transcurrió entre llamadas, contratos, correcciones y reuniones.
Cuando el reloj marcó las ocho de la noche, la mayoría de las luces del piso ejecutivo estaban apagadas. Solo permanecían encendidas las de Presidencia.
Hannah terminó de archivar los últimos documentos y caminó hacia la oficina de David con el expediente final bajo el brazo.
Golpeó dos veces la puerta.
No obtuvo respuesta.
Entró con cautela.
David no estaba en el escritorio.
La oficina se encontraba en penumbra, iluminada únicamente por las luces de la ciudad filtrándose a través del enorme ventanal.
Lo encontró de pie frente al cristal.
La chaqueta descansaba sobre un sillón. Los primeros botones de la camisa estaban desabrochados y las mangas remangadas hasta los antebrazos.
En la mano sostenía un vaso de whisky.
Imponente.
Y, al mismo tiempo, profundamente solo.
—Dejé la revisión del contrato de distribución sobre la mesa, señor Lacroze —anunció ella suavemente.
David no respondió enseguida.
Tomó un trago lento antes de observar su reflejo en el cristal.
Luego se giró.
—Te dije que podías marcharte a las siete.
—Quería dejar todo listo para mañana.
—Siempre tan dedicada.
David dejó el vaso sobre la mesa y caminó lentamente hacia ella.
Cada paso parecía reducir no solo la distancia física, sino también la barrera profesional que ambos habían sostenido durante dos años.
—Tan impecable —murmuró—. A veces me pregunto si existe algo capaz de hacerte perder la compostura. Si hay algo real detrás de esa prudencia tan perfecta.
Hannah sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.
Si él supiera todo lo que escondía...
—Tengo un compromiso con mi trabajo. Y con usted.
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Editado: 26.09.2026