Seducir al Diablo/ Libro 2|

Capítulo 1: El primer día de la señora Ferguson

Temporada 2: La casa de las puertas cerradas

El rugido de las máquinas de derribo atravesó las paredes del Plaza como un trueno que viene de muy lejos y se queda a vivir en el pecho.

Durante unos segundos nadie en el salón de baile supo si debía seguir aplaudiendo. Los niños del coro habían dejado de cantar a media frase, con la boca abierta y un puñado de pétalos todavía en la mano. El cuarteto de cuerda sostenía una nota larga que ya no tenía a dónde ir. Las copas de cristal de las mesas vibraban con un tintineo fino, casi musical, y en el centro de ese silencio extraño, bajo el arco de ramas de manzano, una mujer vestida de marfil sostenía una tarjeta de color crema entre los dedos y miraba por el ventanal una cúpula de cristal que brillaba a doscientos metros, en la azotea de un edificio de piedra.

—Dante —dijo Brisa.

—Lo he oído.

—Están derribando el edificio.

—Lo sé.

—Hoy es sábado. La medida cautelar valía hasta el lunes.

—Lo sé también.

—Entonces ¿quién...?

No terminó la pregunta. Había demasiadas respuestas posibles y ninguna le gustaba. Dante, a su lado, con el frac negro todavía impecable y una flor blanca en la solapa que se había torcido durante el beso, tenía la mandíbula tensa y los ojos fijos en la misma ventana. Después, muy despacio, bajó la vista hacia ella. Brisa esperaba encontrar en su cara el pánico, o la furia, o la mirada helada del Diablo de Wall Street. Encontró otra cosa. Una especie de resignación divertida, la expresión de un hombre al que le acaban de arruinar la mejor tarde de su vida y que, aun así, no consigue dejar de sonreír.

—Señora Ferguson —dijo.

—¿Cómo?

—Es la primera vez que lo digo en voz alta. Quería comprobar cómo suena.

—¿Y qué tal?

—Estupendo. Con las máquinas de fondo, un poco apocalíptico. Pero estupendo.

Brisa soltó una carcajada breve, nerviosa, que se le escapó como un hipo. Fue la señal que el salón esperaba. Doscientas personas empezaron a hablar a la vez.

Lo que ocurrió después, Adaeze Okafor lo describiría durante años en cenas de empresa y bautizos como la evacuación más elegante de la historia de la hostelería neoyorquina. Se subió a una silla dorada con su vestido color champán, levantó la carpeta como quien levanta un estandarte, y con una voz que nadie le había oído jamás, grave, serena, capaz de hacer callar a una orquesta, anunció que la ceremonia había concluido con éxito, que el banquete se serviría según lo previsto, que los novios sufrían un asunto urgente de carácter familiar y que se rogaba a los invitados que brindaran por ellos con un mínimo de ruido. Después bajó de la silla, se alisó la falda y le dijo a Dante, sin mover los labios:

—Tienen quince minutos. El coche está en la puerta de servicio. La prensa está en la principal.

—¿Y el banquete?

—Lo tendrán dentro de tres horas, sin ustedes. Dicen que es lo mejor de las bodas.

—Adaeze.

—Váyanse.

—Gracias.

—No me las dé. Después me las cobro.

—Con un almuerzo en casa de mi suegra.

—Con dos.

Fue un desfile caótico. Rosa Carrillo salió la primera, con el bolso de cuero apretado contra el pecho y el mango del cucharón asomando como el pomo de una espada, abriéndose paso entre los invitados con una autoridad de general romano. Tras ella, Isabel, con su chal bordado y una expresión tan serena que parecía recién salida de un cuadro, llevaba en la palma de la mano, cerrada con fuerza, una pequeña llave de bronce con un ojal en forma de trébol. Tommy aparecía y desaparecía entre los grupos con Notario en brazos, murmurando algo sobre el lazo rojo del gato, que se había quedado enganchado en una peonía. Mateo y su esposa Lourdes discutían a medio pasillo sobre quién se quedaba a vigilar la tarta. Calíope, con el ramo de peonías en una mano, le explicaba en griego a Carmela Ruiz algo que no entendía ninguna de las dos. Pereira, el guardia del vestíbulo, con su esmoquin de alquiler, se había plantado en el centro del salón con los brazos cruzados y declaró, a nadie en particular, que él se quedaba allí custodiando el pastel nupcial, que alguien tenía que hacerlo, y que ya podía caerse el mundo.

—Pereira, es un pastel.

—Es un pastel de tres pisos, jefe.

—Hay trescientos empleados del hotel.

—Y ninguno con mi experiencia.

—No tienes ninguna experiencia en pasteles.

—Tengo diecinueve años de experiencia en puertas. Es lo mismo.

—Pereira.

—Vaya usted tranquilo, señor Ferguson. Si alguien se acerca con malas intenciones, se encuentra conmigo. —Se palpó el bolsillo con orgullo—. Y con mi crucigrama.

Brisa lo besó en la mejilla. Pereira se puso rojo hasta las orejas.

Nadie vio, entre la confusión, a un joven de uniforme gris de portero, con los ojos hinchados y la gorra estrujada entre las manos, que se había quedado inmóvil junto a una columna de mármol, mirando a Dante y a Brisa con una expresión de terror absoluto. Nadie, excepto Brisa. Fue apenas un segundo. Un movimiento de cabeza, una sombra que se retiraba detrás del pilar. Reconoció los zapatos, negros, lustrados, con el tacón gastado por la parte de fuera. Cuando miró de nuevo, ya no había nadie.

La furgoneta de la Lavandería Santa Rita esperaba en el callejón de servicio, entre dos contenedores de basura y un camión de reparto de langostas. Mateo había dejado el motor en marcha. Dividendo, instalado sobre una pila de sábanas limpias con su lazo blanco ligeramente torcido, saludó a los recién casados con tres ladridos de alegría. Notario, depositado con tacto en el suelo, se acomodó sobre un cesto de toallas con la dignidad de un decano que ha sido citado fuera de horario.

Subieron los seis, con un manejo de faldas y de tules que Tommy describió como una operación de rescate. Brisa tuvo que recogerse la cola del vestido en los brazos como quien lleva una vela recién arriada. Dante, de rodillas sobre una pila de ropa, la ayudó a sentarse en una banqueta de tablones con una delicadeza ceremoniosa, y se acomodó a su lado con la rodilla pegada a la suya. Rosa se plantó frente a ellos, rígida, con el bolso sobre el regazo. Isabel, a su derecha, miraba por la ventanilla con los labios apretados. La furgoneta arrancó con un traqueteo que levantó una nube de talco de sábanas.




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