Seducir al Diablo/ Libro 2|

Capítulo 3: Lo que se brindó en Lisboa

Brisa no preguntó nada esa noche.

Se quedó con la fotografía entre los dedos, sentada en el borde de la mesa de hierro, mientras a su alrededor el invernadero se llenaba de la confusión alegre y desordenada de una familia que acaba de reunirse. Julián reía con la cabeza echada hacia atrás, igual que el hombre de la imagen. Rosa le ajustaba el cuello del abrigo con un gesto de reproche y de ternura. Mateo servía té en tazas de barro. Tommy buscaba una forma de colocar a Notario sobre un saco de turba sin perder un dedo. Y ella, con el velo ladeado y los pies descalzos, miraba aquel rostro joven y delgado, de pelo negro peinado hacia atrás con demasiado esmero, que le sonreía desde treinta años atrás con una copa en alto y una mano apoyada en el hombro de su padre.

Víctor Salazar tenía treinta años en esa fotografía, y se le veía feliz.

Eso fue lo que más la inquietó. No el traje gris carbón, ni el anillo de plata en el dedo, ni la fecha escrita al dorso en una letra que ya conocía. Fue esa felicidad limpia, sin sombra, de un muchacho que brinda con un amigo en una terraza abierta sobre un río, sin imaginar que algún día mandaría secuestrar a la madre de la hija de ese amigo.

Se levantó. Caminó despacio hasta la fuente que goteaba en el centro del invernadero, donde la luz de los faroles dibujaba círculos de oro sobre el agua, y sacó del bolsillo del vestido la lupa de Calíope, que llevaba consigo desde el principio de todo aquello como otras mujeres llevan un rosario. Acercó la fotografía al cristal. Pasó la lente por el borde izquierdo, por la copa, por las manos, por el fondo borroso de la terraza. Quería ver el río. Quería ver cualquier cosa que no fuera aquella sonrisa.

—Estás muy seria.

Dante se había acercado por detrás sin hacer ruido. Había perdido la chaqueta del frac en algún momento de la tarde y llevaba la camisa blanca arremangada hasta los codos, el chaleco desabrochado y el pelo despeinado, con un mechón rebelde que le caía sobre la frente. Tenía una taza humeante en cada mano. Le tendió una.

—Es té —dijo—. Con miel. Me lo ha preparado tu madre, bajo amenaza.

—¿Qué amenaza?

—Dijo que si no me lo bebía, me quedaba sin cena.

—Es una amenaza muy seria.

—Estoy aterrado.

Brisa sonrió y aceptó la taza. El calor le subió por los dedos hasta los codos. Dante se colocó a su lado, hombro con hombro, y miró la fotografía por encima de la lupa sin decir nada. Pasaron unos segundos. Se oía el murmullo del agua, el ulular lejano de las lechuzas, el roce de las hojas y, desde el otro lado del invernadero, la voz de Rosa explicándole a Isabel con enorme minuciosidad por qué los hombres de la familia Carrillo no sabían atarse los cordones.

—Es Salazar —dijo él, por fin.

—Sí.

—Más joven. Más delgado. Casi guapo.

—No digas eso.

—Es un dato objetivo.

—Es una tontería.

—Es una observación estética. —Sonrió de lado—. Pero la de tu padre me parece mucho mejor.

Brisa soltó una risa breve. Bajó la fotografía y se quedó mirando el agua.

—Hay una cosa que no cuadra.

—Dime.

—Mi padre ha dicho que se infiltró en la Casa hace veinte años. Que Eliseo le dio un nombre falso, una historia de huérfano y una cuenta en Lisboa. Que el anillo se lo pusieron cuando entró.

—Sí.

—Pero esta foto es de mil novecientos noventa y seis. Hace treinta años. Y los dos llevan el anillo.

Dante se quedó muy quieto. Miró la imagen otra vez, despacio, y ella vio cómo se le tensaba la línea de la mandíbula.

—Tienes razón.

—Es un fallo en la cronología.

—O en la historia.

—O en la versión que nos han dado.

—No lo digas todavía.

—No lo digo. Solo lo anoto.

Lo anotó, en ese rincón de la memoria donde guardaba lo que no encajaba, entre un caballito azul, una huella de zapato con el tacón gastado y un cuadro pintado con óleo fresco. Era un rincón cada vez más lleno. A veces pensaba que, si se le acumulaban muchas más cosas, tendría que abrir otro.

Alzó la vista hacia el otro lado del invernadero. Julián la miraba. No con alarma, ni con culpa, sino con una atención serena, casi triste, la mirada de quien sabe que el momento ha llegado pero prefiere que lo elijan los demás. Levantó la taza hacia ella en un pequeño brindis silencioso. Después bajó los ojos hacia sus manos.

—Esta noche no —dijo Brisa, en voz muy baja.

—¿Qué?

—No le voy a preguntar esta noche.

—Brisa.

—Ha vuelto a la vida hace seis horas. Mi madre le ha roto un cucharón en la cabeza. Y yo le he dado una bofetada. Es un hombre que acaba de pasar catorce años sin hijos y sin mujer. Si lo acoso ahora con una fotografía, se cierra como una ostra.

—¿Y mañana?

—Mañana, a las seis y diecisiete, se abre una puerta. Y él tendrá que bajar con nosotros. —Guardó la foto en el escote del vestido con un gesto resuelto—. Entonces le pregunto.

—Eres una mujer prudente.

—Soy una mujer cansada.

—Es lo mismo en una azotea.

La cena la organizó Rosa.

Nadie le había pedido que lo hiciera, pero a las ocho y veinte se había quitado el único zapato que le quedaba, se había arremangado el vestido de flores amarillas y había tomado posesión del hornillo de gas de Isabel con la autoridad de un capitán de fragata. Mateo fue enviado a la calle con una lista de la compra escrita en el reverso de un sobre. Tommy, destinado a pelar patatas, recibió un cuchillo, un cubo y la advertencia solemne de que quien se cortara un dedo no cenaba. Julián, relegado a una banqueta junto a la fuente, tenía que remover un guiso de pollo con una cuchara de madera enorme, sin separarse de ella un instante, bajo amenaza de otro cucharón.

—¿Tienes más cucharones? —preguntó con voz mansa.

—Dos.

—¿Y todos de madera?

—Uno es de hierro.

—Entonces me quedo con este.

Isabel, sentada frente a un caballete vacío, pintaba con carboncillo en un cuaderno, dándole la espalda al caos, con la serenidad de quien lleva muchos años aprendiendo a vivir al margen de las batallas domésticas. De vez en cuando levantaba los ojos y le dedicaba una sonrisa a alguien. A su hijo, casi siempre. A Brisa, a veces. A Julián, nunca.




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