Hay una versión de mí que llega al gimnasio con todo claro: con su botella de agua llena, con su playlist lista, con su rutina memorizada de antemano. Esa versión de mí existe en algún universo paralelo donde también sé doblar sábanas en menos de cuatro intentos y nunca pierdo las llaves dentro de mi propio bolso.
Yo, en cambio, llegué al gimnasio un martes por la mañana con los audífonos en la mano pero sin el teléfono —lo había dejado cargando—, con un café a medias que no había terminado de tomar, y con la vaga idea de que "hacer ejercicio por las mañanas" era algo que me transformaría en una persona funcional.
No me transformó. Todavía.
El lugar se llamaba Iron House y estaba a ocho minutos caminando desde mi departamento, lo cual era el único argumento real que me había convencido de pagar la mensualidad. No era enorme ni elegante: tenía esa estética de gimnasio que lleva años funcionando sin necesitar impresionar a nadie. Las paredes eran oscuras, los espejos eran muchos, y el olor —ese olor a esfuerzo ajeno y caucho— te golpeaba en cuanto empujabas la puerta.
Me quedé un segundo parada en la entrada.
Había gente que sabía exactamente lo que hacía. Podía verlo en cómo se movían, en cómo ajustaban los pesos sin consultar a nadie, en cómo sus cuerpos recordaban la secuencia sin que sus cabezas tuvieran que pensarla. Yo no era esa gente. Yo era la que miraba una máquina como si fuera una trampa diseñada específicamente para hacerme quedar en ridículo.
Me dirigí a la que parecía más sencilla. Una caminadora. Eso sí podía manejarlo.
La encendí. Elegí una velocidad moderada. Empecé a caminar.
Diez minutos después ya me estaba aburriendo.
El problema de no tener el teléfono era que no tenía música, no tenía podcast, no tenía nada que le dijera a mi cerebro oye, estamos haciendo algo útil, aguanta. Solo tenía el sonido de la cinta, el sonido de las máquinas alrededor, y el sonido de mis propios pensamientos volteando en círculos.
Miré el espejo frente a mí.
Y fue entonces —en ese momento de desolación cardiovascular perfectamente mediocre— cuando lo vi llegar.
No es que fuera imposible no verlo. Era que entraba de una manera que ocupaba espacio sin pedirlo: con el casco bajo el brazo izquierdo, con una chaqueta de cuero oscuro que debería haberse visto incómoda para hacer ejercicio pero que en él parecía completamente natural, con el cabello ligeramente aplastado en el centro por donde el casco había estado. Era alto. No de manera exagerada, pero sí lo suficiente para que mis ojos lo encontraran sin esfuerzo.
Se detuvo en la entrada, intercambió algo con el chico de recepción —una especie de gesto entre saludo y bienvenida que sugería que venía con frecuencia— y luego se movió hacia los casilleros sin mirar a nadie en particular.
Yo aparté la vista.
Bien, me dije. Muy bien. Sigues caminando.
Caminé cinco minutos más y luego decidí que era hora de intentar algo diferente. Había una máquina de poleas cerca que parecía relativamente inofensiva. Me acerqué, la estudié con la expresión de alguien que entiende perfectamente lo que está mirando, y empecé a ajustar el agarre.
El problema era que no entendía perfectamente lo que estaba mirando.
Giré una perilla en la dirección equivocada. El peso subió demasiado. Intenté corregirlo y el mecanismo hizo un ruido que no debería haber hecho.
—Vas al revés.
La voz llegó desde atrás, tranquila, sin urgencia. No era un comentario condescendiente. Era simplemente un dato.
Me giré.
Era él. Más cerca de lo que esperaba, con ropa de entrenamiento ahora —una camiseta gris, pantalón oscuro— y sin la chaqueta. Tenía los brazos cruzados de manera relajada, no de manera defensiva, y me miraba con una expresión que no decía mucho pero tampoco decía nada malo.
—¿Perdón? —dije, porque necesitaba un segundo.
—La perilla —repitió, señalando con un gesto breve— Para bajar el peso hay que girarla hacia allá.
Miré la máquina. Miré la perilla. Giré en la dirección que indicaba y el peso bajó suavemente a donde debería haber estado desde el principio.
—Ah —dije.
—Sí —dijo él.
Hubo un silencio de aproximadamente tres segundos que, por alguna razón, no fue incómodo.
—Gracias —añadí.
Asintió una vez y se alejó hacia la zona de pesas libres sin decir nada más. Sin presentarse. Sin preguntar si necesitaba más ayuda. Sin hacer el gesto de quedarse rondando que algunos hombres confunden con ser amables.
Solo eso. Un dato. Y se fue.
Me quedé mirando la máquina de poleas durante un momento más, con una expresión que probablemente era más interesante de lo que debería haber sido para alguien que supuestamente solo estaba pensando en su rutina.
Bien, volví a decirme. Funciona la máquina. Muy bien. Sigues.
Lo vi tres veces más esa mañana sin buscarlo —lo cual, por supuesto, significaba que sí lo estaba buscando un poco.
Una vez en los espejos de la zona de peso libre, haciendo algo con mancuernas que hacía que los músculos de su espalda se contrajeran de una manera que no era justa para nadie que estuviera intentando concentrarse en otra cosa. Otra vez cruzando hacia la zona de cardio con una toalla al hombro y el gesto de alguien que ya terminó y está satisfecho con eso. Y la última vez, en la puerta de salida, cuando ya se ponía la chaqueta de nuevo y recogía el casco del banco.
Antes de salir, sus ojos me encontraron en el espejo.
No sonrió. Yo tampoco. Fue solo un segundo de reconocimiento —ah, sigues aquí, yo me voy— y luego se fue, y la puerta se cerró detrás de él con ese ruido sordo que tienen las puertas pesadas.
Me quedé mirando el espejo.
El chico de recepción, que había visto todo y evidentemente no tenía nada más interesante en qué pensar, dijo desde su mostrador sin levantar la vista de su teléfono: