Sobrevivir no es lo mismo que estar bien

PARTE I – Aprender a aguantar (Dónde se aprende a sobrevivir antes de aprender a vivir)

CAPÍTULO 1: Mi primer recuerdo no fue inocente

Mi primer recuerdo no fue feliz.

No fue simple.

No fue el recuerdo de una niña descubriendo el mundo.

Fue un recuerdo traumático.

Yo tenía apenas tres años.

Recuerdo a mi padre gritando.

Recuerdo una ventana rota.

Recuerdo la habitación de mis padres hecha un desastre, la ropa tirada por todos lados, el caos.

Recuerdo a mi madre tirada en el piso, llorando.

Recuerdo la sangre en la mano de mi papá, después de haber roto el vidrio con su puño. En ese momento no relacioné la sangre con la ventana rota; pensé que la sangre era de mi madre.

Recuerdo a mi tía Luly, hermana de mi mamá, pidiéndole que se calmara.

Y recuerdo una maleta.

Mi padre se iba.

Yo lo veía alejarse entre los lotes vacíos que rodeaban la casa, en una zona donde apenas comenzaban a construirse viviendas, a las afueras de la ciudad. No había mucho crecimiento entonces. Todo era tierra, espacios vacíos, promesas incompletas.

Así se sentía también mi infancia.

Después volvía.

Y por momentos parecía que todo estaría bien.

Pero nunca lo estaba.

Durante mis primeros ocho años de vida, ese fue el ciclo: violencia, huida, regreso, esperanza… y otra vez el miedo. Mi padre se enojaba con facilidad, gritaba, golpeaba cosas, empujaba a mi mamá. Muchas veces estaba borracho.

Yo le tenía terror.

Cuando lloraba y no podía parar, no me escondía.

Él me encerraba.

Me metía en el clóset o en mi cuarto y no me sacaba hasta que dejara de llorar. Aprendí muy pronto que expresar lo que sentía tenía consecuencias. Aprendí a callarme. Aprendí a aguantar. Aprendí que mis emociones eran un problema.

Aprendí ahí, en la oscuridad, que llorar era algo que debía resolverse sola.

También estaba mi abuela paterna.

Ella siempre criticaba. Todo.

Sobre todo mi cuerpo. Yo era una niña gordita, y eso parecía ser imperdonable. Su voz se quedó conmigo muchos años, recordándome que existir tal como era nunca sería suficiente.

Así se fue formando mi infancia:

entre gritos, silencios forzados y la sensación constante de que estorbaba.

A los doce años, mi cuerpo aprendió algo que nadie debería aprender tan pronto: fui violada por un primo. No supe cómo nombrarlo entonces. Solo supe que algo dentro de mí se rompió, y que el mundo dejó de sentirse seguro.

No lo grité.

No lo nombré.

Lo guardé donde ya sabía guardar las cosas que dolían.

A los catorce años tuve mi primer corazón roto.

Y casi al mismo tiempo, una pelea brutal con mi papá. Lo enfrenté. Le grité lo que llevaba años guardando. Él respondió con golpes, hasta que se cansó.

Ese día algo cambió.

Empecé a querer morir.

Me autolesionaba.

Y por decisión propia comencé a ir a terapia, porque ya no podía sostener tanto dolor sola.

Después vinieron los novios. Muchos.

Buscaba en ellos lo que nunca tuve: amor, validación, permanencia. Confundí atención con cariño y deseo con amor. No sabía cómo se veía una relación sana; solo sabía cómo se sentía la soledad.

A los diecisiete conocí a Dios y comencé mi camino en la iglesia cristiana. Encontré consuelo, esperanza y un lenguaje nuevo para el dolor. Pero también conocí la decepción. Entendí que la gente siempre falla, incluso dentro de la fe. Aprendí que no podía ir a la iglesia buscando personas perfectas, sino buscando a Dios.

A los veintiún años perdí a mi primer bebé.

El padre, un novio con el que estuve cuatro años, quería que abortara. Yo no. Cuando supimos que el bebé ya no tenía vida, él se alegró. Ahí entendí que había cosas que no se perdonan.

Me alejé para siempre. No solo de esa relación, sino de una parte de mí que ya no podía seguir justificando el dolor.

Después conocí a quien sería mi esposo. Nuestra relación estuvo marcada por sus celos e inseguridades.

Revisiones de celular.

Comparaciones.

Control disfrazado de preocupación.

Pero yo me sentía feliz.

Tal vez porque, por primera vez, alguien se quedaba.

Después, se fue.

No poco a poco.

No con dudas.

Se fue por completo.

Me dejó por una mujer que apenas conocía.

Y que también estaba casada.

Ese abandono no solo rompió una relación; activó algo antiguo.

Una herida que ya sabía cómo doler.

La sensación de no ser suficiente.

De que, al final, siempre soy yo a quien dejan.

Pero la herida más profunda no fue su partida.

Fue lo que me dijo antes de irse.

Me dijo que era mi culpa.

Que se iba por mis fallas.

Por mis errores.

Por lo que yo no supe hacer bien.

Sus palabras encontraron un terreno fértil.

Yo ya sabía culparme.

Así que no dudé.

No cuestioné.

No pensé en sus silencios, en sus celos, en su control, en sus propias fallas.

Me convertí, sin resistencia, en la explicación de su abandono.

Mi mente hizo lo que había aprendido a hacer desde niña:

cargar con toda la culpa, incluso cuando no era mía.

No viví esa separación como una ruptura adulta.

La viví como una confirmación.

Como si todas las pérdidas anteriores se acomodaran de golpe para decirme: ves, esto también era verdad.

Nadie me había enseñado a distinguir el amor del miedo.

La corrección del desprecio.

El silencio sano del castigo emocional.

Todo eso ya lo conocía.

Todo eso ya lo había normalizado.

Este capítulo no es una lista de tragedias.

Es el mapa de cómo mi mente aprendió a funcionar.

Aprendí temprano que sentir demasiado era peligroso.

Que hablar podía empeorar las cosas.

Que adaptarme era sobrevivir.

Por eso, más adelante, cuando alguien me ignoraba para “pensar”, yo esperaba.

Cuando me llamaban inmadura por expresar lo que sentía, yo dudaba de mí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.