Sobrevivir no es lo mismo que estar bien

 PARTE II – Amar lo que duele (Dónde la fe y el amor empiezan a confundirse con sacrificio)

CAPÍTULO 4: Dios no hablaba como ellos.

Hubo un momento en el que tuve que hacer una separación que me dio miedo:

la diferencia entre Dios y las voces que hablaban en su nombre.

Porque durante mucho tiempo pensé que si algo me dolía, era porque yo estaba fallando espiritualmente. Que si me sentía cansada, ansiosa o triste, era señal de que no estaba orando lo suficiente, creyendo lo suficiente, confiando lo suficiente.

Me dijeron —a veces con ternura, a veces con firmeza— que si me sentía así era porque me hacía falta acercarme más a Dios.

Y yo quise creerlo.

Quise creer que todo se arreglaba con más fe, más oración, más silencio. Quise creer que mi dolor tenía solución espiritual, no emocional. Que sentirme rota era falta de Dios, no consecuencia de todo lo que había aguantado.

Así empecé a desconfiar de mí misma incluso frente a Él.

Oraba cansada.

Oraba culpable.

Oraba pidiendo perdón por sentir.

Pero algo no cuadraba.

Porque cuando leía la Biblia a solas, sin explicaciones ajenas, encontraba a un Dios que no sonaba como ellos.

“Vengan a mí todos los que están cansados y cargados, y yo les daré descanso.”

— Mateo 11:28

Descanso.

No corrección.

No regaño.

No exigencia.

Entonces, ¿por qué yo salía más cansada de intentar hacerlo todo bien?

Empecé a notar que muchas de las frases que me lastimaban no venían del Evangelio, sino del miedo humano: miedo a sentir, miedo a cuestionar, miedo a no tener respuestas simples. Era más fácil decir “te falta Dios” que sentarse con alguien en su dolor.

Pero Jesús sí se sentaba.

No les decía a los quebrados que exageraban.

No les pedía que se callaran para no incomodar.

No les exigía fe perfecta antes de escucharlos.

“La caña cascada no quebrará,

y el pábilo que humea no apagará.”

— Isaías 42:3

Yo era esa caña cascada.

Y aun así, seguía tratando de enderezarme sola.

Confundí obediencia con anulación.

Espiritualidad con aguante.

Fe con desaparecer.

Hasta que entendí algo que me estremeció:

si una enseñanza me alejaba de mí misma, también me estaba alejando de Dios.

Porque Él no hablaba con culpa constante.

No usaba el miedo como método.

No me pedía que negara lo que sentía para demostrar amor.

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía,

sino de poder, de amor y de dominio propio.”

— 2 Timoteo 1:7

Y el dominio propio no era callarme.

Muchas personas, después de vivir experiencias como las mías, se alejan de Dios.

Y lo entiendo.

A veces es la forma más inmediata de protegerse: romper antes de seguir siendo herido.

Yo no lo hice.

No porque no dudara.

No porque la fe me resultara fácil.

Sino porque entendí algo que me sostuvo cuando todo lo demás se caía:

Dios no era lo que me estaba hiriendo.

Lo que dolía no venía de Él,

sino de personas que hablaban en su nombre.

Si me hubiera faltado fe, lo habría odiado.

Lo habría responsabilizado.

Me habría ido.

Pero incluso cansada, incluso lastimada, incluso confundida, algo en mí seguía distinguiendo su voz del ruido. No una fe firme, ni ejemplar. Una fe cansada. A ratos silenciosa. A ratos apenas sostenida.

Pero viva.

Seguí buscando a Dios no porque no haya sufrido,

sino porque, aun en medio de todo,

nunca sentí que Él estuviera en mi contra.

CAPÍTULO 5: La culpa como idioma materno

La culpa fue uno de los primeros lenguajes que aprendí.

No me la enseñaron como algo malo.

Me la enseñaron como corrección, como amor, como guía.

Como una forma de mantener el orden cuando algo se salía de lugar.

Aprendí a sentir culpa antes de entender qué era lo que había hecho mal.

A disculparme antes de preguntar.

A pensar que si algo dolía, seguramente era porque yo había fallado en algo.

Con el tiempo, la culpa se volvió una voz conocida.

No gritaba.

No necesitaba justificarse.

Simplemente estaba ahí.

Cuando crecí, ese idioma se infiltró en todo:

en mis relaciones,

en mi manera de amar,

en mi forma de creer.

Si algo no funcionaba, yo buscaba la falla en mí.

Si alguien se alejaba, asumía que no había sido suficiente.

Si me sentía cansada, pensaba que era porque no estaba haciendo lo correcto.

La culpa me ayudaba a explicarlo todo.

Incluso la fe.

Creer se convirtió en otro espacio donde la culpa sabía moverse bien.

Si estaba ansiosa, era falta de confianza.

Si estaba triste, era distancia de Dios.

Si dudaba, era debilidad espiritual.

No cuestioné ese lenguaje porque ya lo conocía.

Porque había crecido hablándolo.

Mi cuerpo empezó a cansarse antes que mi mente.

A resentir la exigencia constante.

A pedir descanso sin saber cómo decirlo.

No quería rendirme.

Solo quería dejar de sentir que todo era mi responsabilidad.

Pero la culpa no descansa.

La culpa exige.

Me decía que debía ser más fuerte, más madura, más agradecida.

Que no tenía derecho a sentirme así.

Que otras personas lo tenían peor.

Y yo obedecía.

Hasta que un día entendí algo incómodo:

La culpa no me estaba enseñando a amar mejor.

Solo me estaba enseñando a callarme.

En la mesa, las dos versiones de mí lo vieron al mismo tiempo.

Una hablaba el idioma de siempre.

La otra ya no lo entendía del todo.

Y aunque todavía no sabía cómo desaprenderlo,

por primera vez supe que no era el único idioma posible.

CAPÍTULO 6: Creer dolía más de lo que sanaba

Hubo un momento en que empecé a pensar que algo estaba mal conmigo.

No con Dios. Conmigo.




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