Tarde de Octubre

C1: La librería de la calle Alameda

La lluvia de octubre tenía una manera particular de caer sobre la calle Alameda: no golpeaba, se deslizaba, como si la ciudad entera hubiera decidido llorar despacio. Elena Vargas caminaba con el cuello del abrigo levantado, esquivando charcos que ya conocía de memoria, hacia la única librería de usados que quedaba en el barrio desde que las cadenas grandes habían devorado todo lo demás.
Tenía una regla desde niña, heredada de su padre: nunca salir de una librería con las manos vacías, aunque fuera con un simple marcapáginas. Ese día, sin embargo, estuvo a punto de romperla, porque cuando finalmente llegó hasta el estante de poesía, empapada y con el paraguas goteando sobre el piso de madera, el único libro que le interesaba —un ejemplar viejo de Idea Vilariño, con el lomo partido y páginas ablandadas por el uso— ya estaba en otras manos.
La mujer que lo sostenía tendría más o menos su edad. Cabello oscuro recogido a medias, como si se hubiera peinado corriendo, y una gabardina que claramente no la había protegido demasiado de la lluvia. Estaba leyendo con el ceño ligeramente fruncido, como si el poema le estuviera exigiendo algo.
—Disculpa —dijo Elena, acercándose—. Creo que yo vine buscando ese mismo libro.
La mujer levantó la vista, y por un segundo pareció evaluar si valía la pena tomarse en serio la interrupción.
—¿En serio? —Sonrió, con una sonrisa que se torcía más de un lado que del otro—. Porque técnicamente, ahora mismo, está en mi mano. Lo cual me da cierta ventaja legal.
—No sabía que existía jurisprudencia sobre libros de segunda mano.
—Existe. La acabo de inventar.
Elena se rio, sorprendida de sí misma. No era su costumbre reírse con desconocidos en librerías.
—¿Puedo preguntarte qué edición es? —dijo, señalando el libro—. Busco esa exacta desde hace meses. Tiene una traducción de un poema que no encuentro en ninguna otra parte.
—"No te salves" —dijo la mujer, sin necesidad de mirar el índice—. Es el que estabas buscando, ¿verdad?
Elena sintió algo extraño en el pecho, como si la hubieran descubierto en medio de un secreto.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es el poema que todos buscan cuando entran aquí con esa cara de estar buscando algo más que un libro.
Se quedaron mirándose un momento, sin saber muy bien cómo continuar la conversación sin que sonara forzada. Fue la mujer quien rompió el silencio.
—Mira, propongo una solución diplomática. Hay una cafetería al lado. Pedimos algo caliente, mientras se nos seca la ropa, y leemos esto juntas. Yo leo un poema, tú lees el siguiente. Al final, decidimos quién se lo queda, o directamente lo compramos entre las dos y nos turnamos la custodia como si fuera un hijo de padres separados.
—Me parece un plan razonable —respondió Elena, todavía sonriendo—. Me llamo Elena, por cierto.
—Fernanda.
La cafetería olía a canela y a café recién molido. Se sentaron junto a la ventana, donde la lluvia seguía cayendo mansa sobre el vidrio, y pusieron el libro entre las dos, abierto en la primera página. Fernanda leyó primero, en voz baja pero clara, subrayando con la entonación las palabras que le gustaban más. Elena, cuando le tocó su turno, leyó más rápido, casi con vergüenza, como si temiera que las palabras significaran algo si se quedaba demasiado tiempo posada en ellas.
—Lees como si tuvieras miedo del poema —observó Fernanda.
—Tengo miedo de la mayoría de los poemas de amor. Dicen cosas que uno prefiere no escuchar en voz alta.
—¿Por qué?
Elena dudó. Era una pregunta simple, pero la respuesta no lo era.
—Porque a veces uno pasa años pensando que el amor tiene que sonar de una manera específica, y cuando escucha algo distinto, empieza a preguntarse si lo que ha sentido hasta ahora contaba de verdad.
Fernanda la miró con una atención que Elena no estaba acostumbrada a recibir de nadie, mucho menos de una desconocida.
—Nunca había conocido a alguien que hablara de los libros como si fueran personas —dijo Fernanda, cambiando ligeramente de tema, aunque su mirada seguía en el mismo lugar.
—Es que lo son. Cada uno tiene su manera de mirarte.
Hablaron durante dos horas, hasta que la lluvia amainó y el café se enfrió sin que ninguna se diera cuenta. Hablaron de libros, de trabajos, de ciudades donde habían vivido, evitando con cuidado —sin saberlo del todo— los temas que en otro contexto hubieran surgido primero: relaciones pasadas, planes futuros, todo lo que suele servir para medir a un desconocido.
Cuando finalmente se levantaron para irse, Fernanda tomó el libro, lo compró en el mostrador sin dudarlo, y se lo entregó a Elena.
—Quédatelo tú. Yo ya me lo sé casi de memoria.
—No puedo aceptarlo así.
—Puedes, si me das tu número a cambio. Me gustaría verte de nuevo. No por el libro. Por la conversación.
Elena, que llevaba meses evitando cualquier cosa que se pareciera a una posibilidad, escribió su número en una servilleta de la cafetería sin pensarlo demasiado. Fue, se daría cuenta después, la primera vez en mucho tiempo que hizo algo sin pensarlo demasiado.




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