El mensaje llegó tres días después, un miércoles a las nueve de la noche: ¿Café el martes? Prometo no monopolizar toda la conversación esta vez.
Elena sonrió al leerlo, sentada en el sillón de su departamento con las piernas cruzadas y un documental sin sonido de fondo. Respondió casi de inmediato, algo que también era inusual en ella: Solo si prometes lo contrario. Me gustó que monopolizaras.
Así, sin planearlo del todo, los martes se convirtieron en un ritual no declarado. Café en la misma cafetería de la calle Alameda, después una caminata por el parque Los Aromos, lloviera o hiciera sol. Hablaban de todo: de la infancia de Fernanda en un pueblo costero donde su abuela le había enseñado a leer el clima por el color del mar; de los años en que Elena vivió sola en otra ciudad, aprendiendo a barnizar madera para no pensar demasiado en la persona que la había dejado sin muchas explicaciones.
—¿A qué te dedicas exactamente? —preguntó Fernanda, un martes de finales de octubre, mientras caminaban entre árboles que empezaban a perder las últimas hojas.
—Restauro muebles. Heredé el taller de mi tío hace cinco años, cuando él ya no podía sostener el negocio solo. Al principio pensé que sería temporal, hasta encontrar "algo mejor". Ahora no me imagino haciendo otra cosa.
—¿Qué tiene de especial restaurar muebles?
Elena se quedó pensando la respuesta, como hacía siempre que alguien le preguntaba eso con genuino interés y no solo por cortesía.
—Que nadie tira un mueble porque ya no sirva. Lo tiran porque se cansaron de mirarlo roto. Mi trabajo es recordarles por qué lo quisieron en primer lugar.
Fernanda se detuvo un segundo en medio del camino, mirándola con una expresión que Elena no supo interpretar del todo.
—Eso es lo más bonito que me han dicho sobre un trabajo en mucho tiempo.
—¿Y tú? Todavía no sé qué haces.
—Enseño literatura en un colegio secundario. Adolescentes de dieciséis años que preferirían estar en cualquier otro lugar del mundo antes que leyendo poesía conmigo.
—¿Y lo consigues igual? ¿Que les guste?
—A veces. Cuando encuentro la manera correcta de leerles algo, casi siempre pasa algo. Se quedan callados de una forma distinta a cuando están aburridos. Es un silencio diferente, más difícil de explicar.
Un martes de noviembre, sentadas en una banca cerca del estanque del parque, con el frío empezando a instalarse en serio, Fernanda le contó sobre Marcos.
—Estuvimos cuatro años juntos. Todo el mundo pensaba que nos íbamos a casar. Yo también lo pensaba, durante mucho tiempo. —Hizo una pausa, mirando las hojas caer sobre el agua quieta del estanque—. Hasta que entendí que estaba esperando sentir algo que nunca iba a sentir. Y que no era culpa de él. Era simplemente que yo esperaba algo distinto de una relación de lo que la mayoría de la gente espera.
Elena no preguntó de inmediato qué era exactamente eso "distinto". Reconocía esa manera de hablar, ese cuidado en elegir las palabras para no decir del todo lo que se quería decir, porque era la misma manera en que ella misma había hablado, durante años, de sus propias relaciones fallidas.
—Yo también tengo una historia parecida —dijo en cambio, mirando el mismo estanque—. Con un nombre distinto y, probablemente, un final parecido.
Fernanda giró la cabeza para mirarla.
—¿Quieres contármela?
—Algún día. Todavía no.
Esa noche, caminando sola de regreso a su casa bajo un cielo que amenazaba con volver a llover, Elena se dio cuenta de que llevaba semanas sin sentir ese peso familiar en el pecho: la ansiedad constante de no encajar, de tener que explicar por qué el amor, para ella, nunca había necesitado ciertas cosas que para los demás parecían obvias e innegociables. Con Fernanda no sentía esa presión. Todavía no sabía exactamente por qué, pero empezaba a sospecharlo.