Acto II · Vínculo y Caída
Él la protege · Pero nunca lo dice
Hay una pregunta que este capítulo no va a responder.
La va a dejar donde debe estar: en el aire, sin resolver, con ese peso específico de las cosas que importan demasiado para apresurarse a nombrarlas.
La pregunta es esta: ¿quién estaba cazando a quién?
Alessia creía saberlo. Adrián creía saberlo. Y los dos, cada uno desde su lado, estaban completamente equivocados.
O completamente en lo correcto. Que a veces es lo mismo.
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Adrián Kovač
Domingo · 21:15 h · Su apartamento
Cuatrocientos metros cuadrados de silencio elegante. Ventanales del suelo al techo. La ciudad abajo como un mapa de luz que nadie había pedido pero que estaba ahí de todas formas, constante e indiferente.
Una copa de Barolo en la mano — el primer vaso de vino de la semana, el único que se permitía con algo parecido a la calma — y el sillón de cuero frente al ventanal que era, en toda su vida ordenada y controlada, el único lugar donde Adrián Kovač no tenía que ser ninguna versión de sí mismo en particular.
La semana había cerrado bien. Renko seguía sin encontrar la costura en el historial de Alessia. Las filiales de Bratislava y Riga había entregado sus registros. El jueves era la junta con el consejo.
Debía estar pensando en el jueves.
Estaba pensando en el martes.
En los cuarenta minutos que se convirtieron en cuarenta porque ninguno de los dos miró el reloj. En que cuando le pregunté si había comido lo hice sin pensarlo — un impulso del cerebro a la boca sin pasar por ningún filtro — y que eso no me había ocurrido con nadie en mucho tiempo. En que habló de Valencia como quien menciona algo que echa de menos sin querer admitir que lo echa de menos. En que cuando caminamos de vuelta al edificio había exactamente el espacio justo entre los dos. No demasiado. No demasiado poco.
Bebió un sorbo. Miró la ciudad.
Se permitió, durante exactamente diez segundos, una pregunta que no hacía el tipo de preguntas que no tienen respuesta operativa.
¿Cuándo fue la última vez que compartí una comida con alguien sin estar pensando en qué quería de mí? ¿En qué estaba evaluando? ¿Cuándo fue la última vez que una hora con otra persona no fue una transacción de algún tipo? No me acuerdo. Y eso me dice algo que preferiría no saber todavía.
Dejó la copa sobre la mesa.
Fue al escritorio. Abrió el expediente de Alessia por última vez esa noche — no para encontrar algo nuevo, sino para recordarse por qué importaba que siguiera buscando.
Leyó la página de la anomalía. Los seis meses en blanco. La palabra en portugués en el margen.
Cerró el expediente.
Hay dos versiones de Alessia Varela. La que trabaja en ese edificio y hace su trabajo mejor que nadie. Y la que tiene seis meses borrados de su vida hace tres años. El problema — el problema real — es que ambas versiones son la misma persona. Y esa persona, completa y sin resolver, es la que me preocupa más de lo que debería.
No porque la amenaza fuera más grande que otras que había enfrentado.
Sino porque esta era la primera en la que una parte de él esperaba, sin decirlo, que la explicación resultara ser inocente.
Y eso — ese deseo específico — era exactamente lo que lo tenía despierto a las once de la noche de un domingo con una copa de Barolo a medias.
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Alessia Varela
Domingo · 21:15 h · Apartamento franco
Cuarenta metros cuadrados de funcionalidad mínima.
Lo que la agencia llamaba un apartamento de cobertura — suficiente para existir, insuficiente para quedarse. Una cama, una mesa de trabajo, una ventana con vista a un patio interior que en veinte días nunca había visto recibir sol directo. La libreta abierta en la última página escrita.
Alessia estaba sentada con las piernas cruzadas en el sofá, envuelta en un jersey demasiado grande — el único objeto completamente personal que había traído, una de las pocas concesiones que se permitía en misión — con un caramelo en la boca que no había terminado de saborear porque su mente estaba en otro sitio.
En el martes.
En ese medio paso.
Cuando cruzamos la calle y un coche pasó más rápido de lo normal, él se movió un medio paso hacia mí sin decir nada. Sin pensarlo. Sin hacer de ello ningún gesto. No lo hizo para que yo lo viera. Lo hizo por reflejo. Eso es lo que me quedó de toda la tarde. No la conversación sobre Riga. No el análisis financiero. Ese medio paso que nadie habría notado excepto yo.
Un hombre que protege por reflejo. Sin audiencia. Sin esperar que se lo reconozcan.
Miró la libreta. La última entrada terminaba con una pregunta sin respuesta.
Como todas las últimas entradas de las últimas semanas.
#1418 en Novela contemporánea
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Editado: 17.04.2026