El gel frío sobre la piel de su abdomen hizo que Verónica se estremeciera, pero no se movió ni un milímetro. Se quedó petrificada en la camilla, conteniendo la respiración, con los ojos clavados en la pantalla oscura del ecógrafo como si su vida entera dependiera de ello. Y, en realidad, así era.
El doctor Clark movía el transductor en silencio, con el ceño ligeramente fruncido, y esos segundos de quietud le parecieron a Verónica una eternidad. Rezaba mentalmente, con un fervor y una desesperación que jamás había sentido. «Por favor, que todo haya salido bien. Que mi bebé esté ahí. Por favor...».
A sus treinta y cinco años, Verónica había alcanzado todo lo que una vez soñó aquella niña de pueblo. Se había mudado a la metrópoli, forjado una carrera brillante en marketing, comprado su propio piso acogedor y podía permitirse cualquier lujo. Excepto uno. Una familia feliz.
La institución del matrimonio la había decepcionado por completo. Sus pocos romances serios, que siempre empezaban con hermosas promesas, terminaban igual: infidelidades, egoísmo o el simple miedo de los hombres hacia una mujer fuerte y exitosa. Su última relación, que duró tres años y se desmoronó porque su prometido se acobardó ante la idea del compromiso, fue la gota que colmó el vaso. Verónica perdió la fe en los hombres. Se dio cuenta de que podía quedarse esperando al «príncipe azul» hasta la vejez, y su reloj biológico no daba tregua.
Quería un hijo. Un hijo al que amaría más que a nada en el mundo, al que podría mantener y criar ella sola, sin depender de nadie. Por eso se atrevió a dar el paso de la inseminación artificial. Un acto independiente, maduro y muy meditado. Una clínica con una reputación intachable, un donante anónimo con un historial médico perfecto... todo estaba calculado al milímetro. Excepto esta agónica espera del resultado.
—Bueno, Verónica... —la voz del doctor Clark hizo que el corazón se le subiera a la boca. De pronto, el médico sonrió y giró la pantalla hacia ella—. Mire aquí. ¿Ve ese puntito diminuto?
Verónica entornó los ojos. En la pantalla, entre ondas grises y negras, brillaba una mancha pequeña, casi imperceptible.
—Es su bebé —dijo el médico con suavidad—. El saco gestacional se ha implantado a la perfección. Felicidades, está embarazada.
Las palabras del médico sonaron como la melodía más hermosa del mundo. Verónica inspiró entrecortadamente y, en ese mismo instante, las lágrimas brotaron de sus ojos. Se tapó la boca con las manos temblorosas, incapaz de contener el llanto: un llanto de felicidad pura, absoluta e infinita. Toda la carga, todas las dudas que había llevado consigo los últimos meses se evaporaron al instante. Lo había logrado. Iba a ser mamá.
Un calor increíble se extendió por su interior, tanto que le pareció que toda la consulta se inundaba de luz solar. Verónica miraba la pantalla y sentía cómo cada célula de su cuerpo se llenaba de un nuevo propósito.
—Gracias... Gracias, doctor —susurró, secándose las mejillas con el pañuelo de papel que el médico le tendía.
Al salir de la clínica a la bulliciosa calle, Verónica sentía que flotaba sobre el asfalto. Le daban ganas de detener al primer transeúnte que pasara para gritarle su felicidad. Deseaba con locura entrar en la cafetería más cercana, pedirse un postre delicioso, llamar a su única amiga íntima y simplemente celebrar el día, saboreando cada instante de su nueva condición. Se había ganado a pulso ese descanso.
Pero al mirar la pantalla de su teléfono, Verónica soltó un pesado suspiro. Aparecían ya tres llamadas perdidas de su secretaria y un mensaje de texto escueto, pero categórico, de su jefe:
«Verónica, los inversores de Chicago ya están llegando a la oficina. Te recuerdo que la presentación de la nueva marca depende enteramente de ti. Te espero en la sala de juntas en treinta minutos. No tardes».
Andrian. Su insufrible e inflexible jefe. Un hombre de hierro que parecía alimentarse exclusivamente del miedo de sus subordinados y de café. Dirigía la empresa como si fuera un bando militar, y aunque Verónica lo respetaba como profesional, su control obsesivo a veces resultaba asfixiante.
Sabía que, si no iba ahora mismo, un contrato multimillonario podría irse al traste. Andrian era un estratega brillante, pero Verónica era quien sabía «vender» las ideas desde la emoción; su presentación visual y su discurso debían ser el factor decisivo para los inversores. Sin ella, Andrian se limitaría a acribillarlos con estadísticas frías. Era insustituible, y hoy eso jugaba en su contra.
—Bueno, mi amor —Verónica se llevó la mano con ternura a su vientre, todavía completamente plano, y sonrió mientras se dirigía al aparcamiento subterráneo—. Parece que nuestro primer día de trabajo juntos empieza ahora mismo. Tu mamá les va a demostrar a esos tiburones de los negocios de lo que es capaz.
Se sentó al volante de su coche, encendió el motor y se puso en marcha hacia el rascacielos de cristal de la oficina. Aquel día, nada podía arruinar su maravilloso estado de ánimo. O al menos, eso creía ella.