Tres papás para su bebé

3.

Verónica pasó el resto de la jornada laboral como en una nube. Revisaba informes, respondía correos electrónicos y aprobaba los diseños de la nueva campaña publicitaria, pero sus pensamientos volvían una y otra vez a la ecografía de la mañana. Sentía que le había ocurrido un milagro y todavía no terminaba de creerse su propia felicidad. Andrian no apareció por la oficina, y su asistenta se limitaba a encogerse de hombros, repitiendo que el jefe había cancelado todas sus reuniones hasta el final de la semana. Aquello era de lo más extraño, pero Verónica tenía sus propios asuntos, mucho más agradables, como para perder el tiempo adivinando los motivos de la desaparición de su superior.

Cuando a las seis de la tarde por fin salió del aparcamiento subterráneo del rascacielos, ni ella misma se dio cuenta de cómo se desvió de su ruta habitual. Tras cruzar la Quinta Avenida, Verónica entró en un gran centro comercial y, conteniendo a duras penas la sonrisa, se dirigió a la planta de artículos infantiles.

Sabía perfectamente que aquello era irracional. Estaba de muy pocas semanas y, en lo más profundo de su alma, acechaba ese miedo viscoso y primigenio que conocen tantas futuras mamás. El miedo al aborto espontáneo. El temor a que esa frágil felicidad que acababa de encontrar pudiera romperse con el más mínimo soplo de aire. Su mente racional le gritaba: «¡Detente! Es demasiado pronto, ¡las supersticiones existen por algo!». Pero no podía evitarlo. Deseaba con locura, con un nudo en el pecho, comprar aunque fuera un detalle para su bebé.

Caminaba entre las estanterías blancas de la sección infantil. Alrededor reinaba una atmósfera especialmente acogedora: se oían risas de niños, olía a dulces y a ropa recién planchada. Se detuvo ante los percheros con prendas diminutas. El corazón se le encogió de ternura al contemplar aquellos calcetines en miniatura, ranitas y camisitas que parecían de juguete.

Pasó los dedos por el suave algodón y, por un instante, se quedó pensativa. ¿A quién llevaba bajo el corazón? ¿A un niño o a una niña? Verónica sonrió ante sus propios pensamientos. Le daba igual. Ya amaba a ese bebé más que a nadie en el universo.

De pronto, el silencio de la sección se vio interrumpido por un sonido estridente: en su bolso, el móvil vibraba con insistencia. Verónica se sobresaltó, sacó el teléfono y vio en la pantalla el nombre de la clínica de medicina reproductiva.

Se le heló la sangre al instante. Deslizó rápidamente el dedo por la pantalla y se llevó el auricular al oído.

—¿Dígame? ¿Verónica? Buenas tardes —la voz de la recepcionista sonaba extrañamente tensa y demasiado formal—. La llamamos de la clínica. ¿Puede hablar?

—Sí, la escucho. ¿Ha pasado algo? —Verónica notó que las palmas de las manos se le humedecían en un segundo.

—Sí... Verá, la situación es la siguiente: es necesario que venga mañana urgentemente a las nueve de la mañana. Ha surgido un malentendido grave que nos resulta absolutamente imposible resolver sin su presencia física.

Lo primero que sintió Verónica fue un terror salvaje y paralizante por su bebé. Sintió literalmente que el suelo desaparecía bajo sus pies y la vista se le nubló. Se aferró con fuerza al borde de una estantería con la mano libre para no caerse.

—¿A qué se refiere con un «malentendido»? —su voz se quebró en un hilo de voz ronco—. ¿Mis análisis de sangre? ¿Hay algún problema con la beta? ¿Le pasa algo malo al bebé? ¡Por favor, diga algo!

—No, no, ¡tranquilícese, por favor! Con su embarazo todo va bien, el embrión se está desarrollando con total normalidad y los valores médicos son perfectos —aseguró apresuradamente la secretaria, intentando suavizar la situación, aunque su voz seguía temblando—. El motivo de su citación urgente es otro. Lamentablemente, no tengo autorización para dar detalles por teléfono. Mañana por la mañana el director médico en persona se lo explicará todo. Es de suma importancia, Verónica. La esperamos.

Al otro lado de la línea sonaron los tonos de llamada terminada. Verónica bajó lentamente la mano con el teléfono, respirando de forma agitada y profunda. El corazón le latía en el pecho como loco. Con el bebé todo estaba bien... Pero ¿qué podía haber pasado entonces? ¿Qué clase de error hacía que una clínica de élite entrara en pánico y citara a una paciente, y encima con el director médico?

Miraba la ropa infantil y la ansiedad la cubría por completo como una nube negra. Le daban ganas de acurrucarse en un rincón y llorar de impotencia ante aquella incertidumbre. Pero Verónica no sería ella misma si dejara que el pánico la quebrantara. Apretó los dientes e inspiró hondo, recuperando el control de sus emociones. Era fuerte. Saldría adelante.

Su mirada se posó en un expositor justo enfrente de ella. Allí colgaba un pelele diminuto y suave, de un color crema neutro, con capucha y unas divertidas orejitas de oso de peluche. Era tan bonito y acogedor que Verónica sintió un impulso de repentina y rebelde determinación.

Alargó la mano y descolgó el pelele de la percha con firmeza. Aquello era su desafío. Un desafío a todos los miedos, a las supersticiones y a cualquier problema que pudiera esperarla mañana.

—Podremos con todo, ¿me oyes? —susurró Verónica con voz baja pero firme, estrechando la prenda contra su pecho mientras se dirigía a las cajas—. Pase lo que pase. Somos fuertes, mi amor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.