El silencio que se apoderó de la sala de juntas tras las palabras del doctor era tan denso y pesado que parecía que se podía cortar con un cuchillo. Verónica solo escuchaba el latido frenético de su propio corazón y el monótono repiqueteo de la lluvia tras el ventanal. El mundo entero se había reducido a las dimensiones de aquella sala estéril.
No se atrevía a levantar la vista hacia Andrian. Sentía que, si miraba en este momento aquellos ojos grises y gélidos, rompería a llorar de pura impotencia y pánico.
Andrian habló primero. Su voz, aunque apagada, sonó extrañamente tranquila, casi suave; un tono que no se parecía en nada al que usaba en las reuniones de trabajo diarias.
—Verónica —se acercó despacio, pero se detuvo a dos pasos de ella, respetando su espacio—. Por favor, respira. No debes ponerte nerviosa. Respira hondo.
Ella inspiró obedientemente, aunque el aire le pareció caliente y seco, como el de un desierto.
—Mi abogado ya está aquí, en el pasillo —continuó Andrian, desviando su mirada pesada y cargada de una fría furia hacia el director médico y el asesor jurídico de la clínica—. La demanda por negligencia criminal, violación de los protocolos médicos y daños morales ya se está preparando. Vamos a destruir esta institución.
El médico, que parecía haberse encogido aún más bajo aquella mirada, sacudió la cabeza con frenesí. En su rostro se reflejaba un auténtico terror animal ante un juicio que, inevitablemente, arruinaría su carrera y lo privaría de su licencia.
—Señor Andrian, Verónica... se lo ruego, escúchenme —balbuceó el hombre, secándose la frente sudorosa con mano temblorosa—. Entendemos la gravedad extrema de la situación. La clínica Genesis está dispuesta a hacer cualquier concesión para reparar el daño. Les proponemos un acuerdo. Les pagaremos a cada uno una indemnización sin precedentes. Una cifra con siete ceros. Y... solucionaremos esto de inmediato. Todo quedará como si este lamentable incidente jamás hubiera ocurrido.
Verónica frunció el ceño, sintiendo que una ardiente indignación comenzaba a hervir en su pecho.
—¿A qué se refiere con «solucionarlo»? —preguntó con brusquedad.
—Llevaremos a cabo la interrupción del embarazo —explicó el médico con voz melosa, como si estuviera ofreciendo una taza de té—. De manera totalmente indolora, con los fármacos más seguros y bajo el control absoluto de nuestros mejores especialistas. Su salud no correrá ningún peligro. Y en unos meses, cuando su cuerpo se haya recuperado, realizaremos un nuevo tratamiento de forma gratuita con el embrión del donante anónimo que usted elija. Todo correrá por nuestra cuenta.
Aquellas palabras cayeron sobre Verónica como una descarga eléctrica. Se levantó del sillón de un salto, olvidando al instante el temor que le inspiraba la presencia de Andrian. Todo su ser, ese instinto maternal que acababa de despertar en ella apenas el día anterior, se rebeló contra aquella propuesta tan cínica.
—¡¿Qué?! —su voz resonó con fuerza en la sala y sus ojos centellearon—. ¡¿Interrumpir el embarazo?! ¡¿Cómo se atreve a proponerme que mate a mi hijo?!
Se apretó las manos contra el vientre, protegiendo al bebé del mundo entero y de aquellos hombres de bata blanca que solo veían en su embarazo un error legal.
—¡Me importan un bledo sus protocolos! ¡Me da igual de quién sea el embrión o quién sea el donante! —Verónica respiraba de forma agitada, mirando fijamente al aterrorizado médico. Sintió una repentina oleada de náuseas—. Soy madre. Mi cuerpo ha aceptado a este bebé. Está vivo dentro de mí y no voy a permitir que ninguno de ustedes le toque un solo pelo a mi hijo. ¡Va a nacer y será mío!
Andrian, que hasta ese momento había observado su estallido en silencio, dio un paso al frente de repente y se colocó hombro con hombro al lado de ella.
—Ella tiene razón —sentenció Andrian con firmeza—. No habrá ninguna interrupción.
Miró a Verónica y, por una milésima de segundo, una extraña y casi dolorosa ternura asomó a sus ojos.
—Es mi hijo —pronunció en voz baja pero con un peso indiscutible, volviéndose de nuevo hacia el médico—. Es de mi propia sangre. Y jamás, ¿me oyen?, jamás permitiré que le hagan daño solo porque lo lleva una mujer distinta a la que estaba prevista inicialmente. Verónica dará a luz a este bebé.
El doctor Harris se limitó a abrir y cerrar la boca con total impotencia, sin saber qué responder ante aquella alianza inquebrantable de los futuros padres.
—Estas son nuestras condiciones —Andrian apoyó las manos en la mesa, inclinándose sobre el médico como un juez implacable—. La clínica garantizará un seguimiento médico impecable y de primer nivel para el embarazo de Verónica. Los mejores medicamentos, los mejores especialistas, una habitación privada y atención las veinticuatro horas. La llevarán entre algodones. Cada consulta debe realizarse como si la salud de esta mujer y el nacimiento de este bebé fueran lo más importante del universo.
Hizo una pausa y su voz se volvió más baja, adquiriendo un matiz letal.
—Si Verónica se queja de una sola mirada incómoda, del más mínimo malestar o de cualquier retraso en su atención, mi demanda irá directa a los tribunales. Me encargaré personalmente de que borren su clínica del mapa, de que subasten todos sus bienes y de que usted, doctor Harris, pase el resto de sus días en una prisión federal por negligencia. ¿Ha quedado claro?
El médico asintió con un espasmo, con el rostro blanco como el papel.
—Sí... sí, señor Andrian. Todo se hará al más alto nivel. Se lo prometo...
—Y ahora, lárguense —ordenó Andrian con frialdad—. Los dos.
El médico y el abogado casi salieron corriendo de la sala de juntas, cerrando la puerta tras de sí con suavidad.
El silencio volvió a reinar en la estancia, pero ahora era diferente. La tensión entre Verónica y Andrian dio paso a la plena consciencia de que sus vidas jamás volverían a ser las de antes.