Tres papás para su bebé

6.

Verónica se dejó caer obedientemente en el sillón, haciendo acopio de todas sus fuerzas para recuperar su habitual máscara corporativa. La tensión en la sala era insoportable, pero ella era una profesional. Tras años trabajando bajo las órdenes de Andrian, había aprendido una regla fundamental: la mejor defensa ante este hombre era una lógica implacable, un tono frío y profesional, y unos límites bien claros. Nada de emociones. Solo hechos y estrategia empresarial.

Enderezó la espalda, entrelazó los dedos sobre la mesa de cristal y miró fijamente a los ojos grises y cansados de su jefe.

—Andrian —su voz sonó extrañamente firme, casi analítica, como si estuviera exponiendo un balance trimestral—. No habrá ningún plan de acción conjunto. La situación es compleja, pero se puede resolver de manera totalmente racional. Legal y fácticamente, soy la única madre de este bebé, ya que no he firmado ningún contrato de gestación subrogada. Para mí, usted es simplemente un donante anónimo cuya identidad ha salido a la luz por una negligencia de la clínica.

Andrian entornó ligeramente los ojos y su cuerpo volvió a tensarse, pero Verónica no le dejó articular palabra.

—Le propongo lo siguiente —continuó con seguridad—. Fingimos que este incidente jamás ha ocurrido. Usted, si tanto desea un heredero, acudirá a otra clínica para crear un nuevo embrión y que una madre subrogada geste a su hijo, tal como lo tenía planeado desde el principio. Por mi parte, daré a luz y criaré a mi bebé yo sola. Por supuesto, esto generará cierta incomodidad en el trabajo. Así que, tras mi baja por maternidad, estoy dispuesta a solicitar el traslado a nuestra filial de Los Ángeles o a ponerme al frente de otro departamento para que no tengamos que cruzarnos en el entorno laboral. Todas las partes quedarán satisfechas.

Verónica guardó silencio, convencida de que su plan era perfecto. Sin embargo, la reacción de Andrian distó mucho de lo que ella esperaba.

Su rostro pareció transformarse en piedra y en sus ojos se encendió un fuego oscuro y peligroso. Se levantó de nuevo, hundió las manos en los bolsillos del pantalón y comenzó a recorrer la sala de juntas con pasos pesados. Aquel escenario no le gustaba en absoluto. La sola idea de que su hijo creciera lejos de él y llamara padre a otro —o a nadie— le parecía absurda e intolerable.

Andrian se detuvo justo enfrente de ella. Su imponente figura se inclinaba sobre la mesa, irradiando poder y exigencia.

—¿Me estás proponiendo que finja que mi hijo no existe, Verónica? —su profundo barítono descendió a un tono bajo que vibraba con peligro—. Me conoces muy poco si piensas que voy a renunciar a mi propia sangre. Yo tengo otra propuesta. Más racional.

Apoyó las palmas de las manos en la mesa, acercando su rostro al de ella.

—Dado que, de todos modos, ya estás embarazada de este embrión, simplemente asumirás el papel de la madre subrogada. Tras el nacimiento, me entregarás al bebé. A cambio, me aseguraré de que no tengas que preocuparte por el dinero el resto de tu vida. La clínica te pagará una indemnización, pero yo, personalmente, triplicaré esa suma. Recibirás tanto dinero que podrás permitirte no volver a trabajar jamás. Y si tu carrera es importante para ti, obtendrás el puesto de vicepresidenta senior y una participación en las acciones de Apex Media inmediatamente después del parto. Te estoy ofreciendo un contrato de oro, Verónica. Ponle precio.

Aquellas palabras golpearon a Verónica en el estómago con más fuerza que la noticia del error del laboratorio. Por un segundo, pensó que había oído mal. Toda su templanza comercial, todo aquel profesionalismo impostado se evaporaron en un suspiro, dando paso a una furia ardiente y salvaje.

Se levantó del sillón de golpe, casi volcándolo. Su rostro ardía de indignación y sus dedos se apretaron en puños con fuerza.

—¡¿Que le ponga precio?! —exclamó, y la voz le tembló por el profundo agravio. Olvidó por completo mantener la distancia profesional con su jefe—. ¡¿Me está proponiendo... que le venda a mi hijo?! ¿Es que carece por completo de escrúpulos y de sentimientos humanos, Andrian? Está acostumbrado a comprar empresas, inversores y a firmar contratos, ¡pero yo no soy otro de sus proyectos de negocios!

Respiraba de manera agitada, mirándolo con una mezcla de ira y desprecio. Cada célula de su cuerpo gritaba ante tal injusticia. Él solo veía en ella una incubadora de alquiler que podía costear con un buen fajo de billetes y un ascenso laboral.

—Ni muerta —sentenció Verónica, calcando cada palabra—. No necesito sus millones sucios ni sus puestos. Este bebé está creciendo en mi cuerpo, es una parte de mí y se quedará conmigo. No voy a vender a mi hijo.

Andrian se quedó completamente inmóvil, atónito ante sus palabras. En su rostro se reflejó un desconcierto genuino; era evidente que hacía muchísimo tiempo que nadie le decía que «no», especialmente ante una oferta capaz de asegurar el futuro de una persona durante varias generaciones. Por un instante, sus ojos se entrecerraron y tensó la mandíbula. Verónica se preparó para el estallido.

Pero el estallido no llegó. Andrian cerró los ojos, inspiró y expiró de forma lenta y profunda, obligándose a recuperar la calma. Cuando volvió a mirarla, su expresión era otra. La furia había desaparecido, cediendo el paso a la desesperación.

—De acuerdo —dijo, y pronunciar aquello pareció costarle un esfuerzo sobrehumano, como si estuviera tragándose su propio orgullo y doblegándose a la fuerza—. Hagámoslo de otra manera. Si te niegas en redondo... hay otra opción. Podemos criar a este hijo juntos. Como socios. Como padres con los mismos derechos.

Verónica parpadeó, desconcertada, sin dar crédito a sus oídos.

—Entiéndeme, Verónica —Andrian dio medio paso al frente y, por primera vez, su voz adquirió un matiz humano y sincero, despojado del tono gélido del hombre de negocios—. Llevo mucho tiempo deseando a este hijo. Años. Y sencillamente no podré vivir en paz, ni dormir, ni trabajar sabiendo que en algún lugar de esta ciudad, o en la otra punta del país, crece mi hijo o mi hija y que yo ni siquiera puedo darle un abrazo. No me prives de eso.




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