Tres papás para su bebé

11.

Al quedarse sola, Verónica intentó descansar, pero la idea de su piso inundado no le daba tregua. ¡Cuánto dinero, cuánto tiempo y cuántos esfuerzos había invertido en crear el hogar perfecto para ella y para su futuro hijo! Y todo arruinado por la negligencia de alguien. La indignación le hervía por dentro.

Sacó el portátil del bolso con la intención de localizar los datos de la agencia inmobiliaria responsable del piso de arriba y redactar una reclamación formal. Sin embargo, enseguida se topó con un obstáculo absurdo: necesitaba la contraseña del wifi. Para no molestar a Andrian por algo tan trivial, salió de la habitación en busca de Ron.

La casa estaba en silencio. Al bajar a la primera planta, atravesó el amplio salón y vio al primo de Andrian. Ron estaba sentado en un sillón de cuero, con un libro abierto entre las manos. Al oír sus pasos, levantó la cabeza de inmediato.

—¡Vaya, si es nuestra huésped! —sonrió, dejando el libro sobre la mesa—. ¿Qué tal la habitación? ¿Todo bien?

—Gracias, Ron, es preciosa —respondió Verónica, acercándose—. Quería ponerme con unos asuntos personales, pero necesito conexión. ¿Me das la contraseña del wifi?

—Claro, faltaría más —Ron sacó el teléfono y le dictó a toda prisa una combinación interminable de caracteres, haciéndole un gesto para que se sentara a su lado en el sofá—. ¿Necesitas ayuda? ¿De qué se trata?

—Voy a demandar a los responsables de que mi piso haya quedado inhabitable.

—Siento mucho lo que ha pasado.

—Y yo. Espero resolverlo rápido y empezar la reforma antes de que nazca el bebé —dijo Verónica, acomodándose en el sofá y abriendo el navegador—. Pero hay que moverse. Si lo dejo pasar ni un día, encontrarán mil recovecos legales para no pagar la indemnización.

—En eso os parecéis mucho Andrian y tú —comentó Ron con una sonrisa pícara—. Él tampoco sabe dejar nada para después. Yo, en cambio, soy justo lo contrario. Llevo tres semanas queriendo buscar un jardinero nuevo… y aquí sigo.

—¿De verdad te encargas tú solo de toda la casa? —preguntó Verónica, apartando la vista de la pantalla—. ¡Esto es como un hotel!

—Eso es porque aún no has visto la piscina —rió Ron—. En su día, la idea era que aquí viviera una gran familia… pero no pudo ser.

—¿Y llevas mucho tiempo aquí?

—Desde que era un crío —Ron apartó la mirada, algo incómodo—. Perdí a mis padres muy joven y, en la adolescencia, hice bastantes tonterías. Me metí en un lío tan serio que me enfrentaba a una buena pena de cárcel. Por entonces Andrian estaba empezando a levantar la empresa, abriéndose camino… y aun así lo dejó todo, contrató a un equipo de abogados, me sacó del agujero y me dio una segunda oportunidad. Desde entonces estamos juntos. Yo me ocupo de la casa y él sabe que aquí lo tiene todo bajo control.

Verónica lo miró con asombro. No esperaba una confesión así, y ese gesto de Andrian le mostró a su jefe desde una perspectiva completamente distinta: la de un hombre capaz de una lealtad absoluta hacia los suyos.

—Gracias por contármelo —dijo con suavidad.

Siguieron charlando con tranquilidad. Ron le contó anécdotas divertidas sobre lo difícil que era seleccionar personal para alguien tan exigente como Andrian, y Verónica, por primera vez en todo el día, logró relajarse y esbozar una sonrisa.

—Ya me imaginaba que este no se te iba a despegar —resonó desde la puerta una voz pausada y seca—. Verónica, voy a darte un silbato: si Ron se pone pesado, me avisas y acudo al rescate.

En el umbral del salón estaba Andrian. Llevaba las mangas de la camisa ligeramente remangadas y sostenía un fajo de documentos con el logotipo de la empresa.

—En realidad estaba ocupada con algo serio —Verónica giró la pantalla del portátil hacia él—. Buscaba un buen abogado que me asesore con lo del piso. Y Ron me estaba ayudando.

—¿Yo? ¿Ayudándote? —se sorprendió Ron.

—Sí… moralmente.

—No hay ninguna prisa con eso —intervino Andrian con calma, avanzando un paso—. Mi departamento jurídico ya se está ocupando del asunto. Ellos mismos conseguirán los datos de los propietarios y presentarán la demanda. No tiene sentido que gastes energías ni nervios en esto.

Luego lanzó una mirada breve hacia su primo:

—Ron, seguridad ha enviado los nuevos protocolos de control del perímetro. Revísalos, por favor.

—Entendido, voy ahora mismo —Ron se levantó, le guiñó un ojo a Verónica y salió del salón con toda tranquilidad.

Andrian se sentó a su lado y bajó la mirada hacia el portátil.

Verónica cerró despacio la tapa y lo miró, sorprendida. Pero, en lugar del agradecimiento que él parecía esperar, una punzada de irritación prendió en su interior.

—Un momento… ¿tu departamento jurídico? —se incorporó en el sofá—. Andrian, ¿me has pedido permiso? ¿Quién te ha dado derecho a meterte en mis asuntos y a decidir por mí?

—Solo he optimizado el proceso —respondió él sin alterarse, metiendo las manos en los bolsillos—. Mis abogados tienen más peso frente a esas agencias. Resolverán el asunto más rápido y con mayor eficacia que tú sola.

—¡Me da igual el peso que tengan! —Verónica se puso en pie de golpe—. Es mi piso y son mis problemas. Llevo desde los quince años sacándome las castañas del fuego y no necesito que nadie lo haga por mí. ¡No tienes derecho a controlar mis decisiones ni a actuar a mis espaldas!

Andrian no pestañeó. Dio un paso hacia ella; la dureza de sus facciones se suavizó ligeramente y su voz adquirió un matiz inesperadamente sereno, aunque firme:

—No pretendo quitarte mérito, Verónica. Pero ahora las circunstancias han cambiado. Estás embarazada y vienes de una situación muy dura. No quiero que te desgastes con procesos legales. Tú necesitas tranquilidad; de eso me encargo yo.

Verónica abrió la boca para replicar, pero las palabras se le quedaron atascadas. Aquel argumento la dejaba sin margen. Seguía molesta por su actitud autoritaria, pero en sus ojos no había intención de imponerse, sino una preocupación fría, práctica, por su estado y por el futuro del bebé.




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