Tres papás para su bebé

14.

El día en Apex Media se convirtió en una auténtica función de teatro. Las tareas rutinarias pasaron a ser parte de una representación cuidadosamente medida.

Ya en la reunión de la mañana, Andrian ofreció a los compañeros el primer motivo para el murmullo. Cuando uno de los jefes de departamento criticó con excesiva dureza el informe de Verónica, el director general —conocido por su exigencia implacable— lo interrumpió con una calma sorprendente:

—Reescriba usted mismo esas correcciones, Mark. El proyecto de Verónica cumple perfectamente con los estándares. No hace falta complicar las cosas.

El silencio cayó como una losa sobre la sala. Verónica alzó la vista apenas un instante y captó un brillo irónico en los ojos de él.

—Gracias, Andrian.

—No hay de qué, Verónica —respondió, con un leve matiz cálido en la voz—. Continúe.

Fue suficiente. Esa breve intervención y una sola mirada bastaron. En menos de media hora, los rumores empezaron a circular discretamente por toda la oficina. A lo largo del día, Andrian pasó varias veces “por casualidad” junto a su escritorio, deteniéndose unos segundos más de lo habitual o entregándole en mano documentos que antes siempre enviaba a través de la secretaria.

Pero lo más agotador para Verónica no era fingir.

Lo realmente difícil era soportar las náuseas constantes que la asaltaban en oleadas cada vez que alguien se preparaba un café o llevaba perfume. Incluso el olor de la tinta de la impresora le resultaba insoportable, hasta el punto de tener que sostener los papeles a cierta distancia.

A mediodía, Andrian la llamó a su despacho y cerró la puerta. Sacó de unas fiambreras comida de un restaurante local, pero Verónica apenas podía tolerar unas galletas saladas y un plátano. Cualquier otra cosa le revolvía el estómago.

Estaban sentados frente a la mesa de centro, revisando informes, cuando Verónica alzó la vista por casualidad hacia el cristal translúcido de la puerta. Bajo él se dibujaban claramente dos sombras. Dos empleados, inclinados, intentando escuchar o ver algo por la rendija.

Andrian siguió su mirada y negó lentamente con la cabeza.

Verónica no pudo evitar soltar una risa suave.

—¿Sabes? —susurró, divertida—. Esto empieza a tener su gracia. Imagínate la cantidad de historias que van a sacar de aquí.

—Con tal de que no se dejen el cuello en el intento… —Andrian carraspeó con fuerza.

Las sombras desaparecieron de inmediato. Una de ellas incluso tropezó al huir.

Por la tarde regresaron juntos a la mansión. El coche se detuvo frente a la entrada. Al bajar, Verónica cerró los ojos y respiró hondo el aire fresco de las afueras.

Giró la cabeza hacia el jardín… y se quedó inmóvil.

A pocos metros, junto a unos arbustos de hortensias, estaba Ron trabajando. El sol de la tarde caía sobre él, envolviéndolo en una luz dorada. Llevaba solo unos vaqueros gastados, manchados de tierra, que le caían bajos en la cadera, y unos guantes de cuero. La camisa yacía abandonada sobre la hierba.

Cada movimiento —al inclinarse, remover la tierra o levantar una maceta— marcaba los músculos de su espalda y sus hombros. El sudor brillaba sobre su piel bronceada. El cabello oscuro, algo revuelto, le caía sobre la frente. Todo en él transmitía una naturalidad despreocupada.

Verónica sintió cómo se le secaba la boca. El corazón le dio un vuelco inesperado. No podía apartar la mirada.

—Verónica, creo que se te ha caído algo.

La voz de Andrian la sacó de golpe de su ensimismamiento.

Se sobresaltó, mirando al suelo.

—¿El qué?

Andrian cerró el maletero con calma, se echó la bolsa al hombro y, con expresión imperturbable, dijo:

—La mandíbula.

El rubor le subió al instante a las mejillas.

—Yo… solo estaba mirando las flores. Las hortensias están preciosas.

Andrian la observó en silencio un segundo. En la comisura de sus labios apareció una leve sonrisa escéptica.

—Claro. Las hortensias —respondió—. Sobre todo las que no llevan camiseta.

Más tarde, cuando Ron —por fin— se puso una camisa, los tres se reunieron en el salón para tomar té. La tranquilidad se rompió con un golpe firme en la puerta.

—Debe de ser James —dijo Andrian, levantándose.

Verónica se tensó ligeramente. Observó con atención cuando regresó acompañado del invitado.

James era un hombre atractivo, de rasgos elegantes, pero había algo en él que inquietaba. Tenía ojeras marcadas, la piel pálida y el rostro visiblemente más delgado, como si hubiera perdido mucho peso en poco tiempo. Parecía agotado, como alguien que llevaba días sin dormir.

Aun así, sus movimientos eran firmes.

Entró en el salón con un ramo de peonías en la mano. Al cruzar la mirada con Verónica, sonrió con calidez.

—Buenas noches —dijo—. Verónica, me alegro mucho de conocerte por fin.

Le entregó las flores y, acto seguido, sacó una caja elegante de bombones.

—Esto es para ti. Espero haber acertado.

—Son preciosas. Muchas gracias —respondió ella, sinceramente conmovida.

—¿Y para mí no hay nada? —intervino Ron al instante, cruzándose de brazos con gesto exagerado—. Que conste que yo preparé tu habitación.

James arqueó las cejas, fingiendo sorpresa.

—¿En serio? ¿No te basta con mi presencia?

—Ese regalo ya me lo hiciste el verano pasado —replicó Ron, poniendo los ojos en blanco.

—No le hagas caso —sonrió Verónica—. Compartiré los bombones contigo.

—Eso sí es generosidad —dijo Ron, satisfecho.

Verónica observó cómo los tres se saludaban con cercanía. James abrazó primero a Ron y luego a Andrian con un gesto sincero, casi fraternal. Entre ellos había una confianza evidente, forjada con los años.

Sin embargo, al fijarse en el rostro pálido de James, Verónica no pudo evitar sentir un leve desasosiego.

No dejaba de preguntarse qué había querido decir exactamente Andrian cuando habló de ese “momento difícil” por el que estaba pasando su mejor amigo.




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