Tres papás para su bebé

15.

Verónica se despertó de golpe de un sueño extraño y angustioso; el corazón le latía con fuerza en el pecho y el aire de la habitación se le antojaba irrespirable. Al comprender que no iba a volver a dormirse, se echó sobre los hombros una bata ligera de seda y abrió sin hacer ruido la puerta acristalada que daba al balcón.

El aire nocturno, fresco y con un leve aroma a pino, le acarició el rostro al instante. Verónica respiró hondo, apoyó los codos en la barandilla de hierro forjado y se quedó contemplando el jardín bañado por la luz de la luna.

De pronto, un sonido sordo y rítmico le llegó desde el fondo. Bum… bum… bum… Y, un segundo después, el roce inconfundible de la red.

Dirigió la mirada hacia la pista deportiva, tenuemente iluminada por las farolas. Allí estaba James, vestido con un pantalón de chándal oscuro y una camiseta ligera. Botaba el balón con calma, levantaba el brazo con precisión y encestaba sin esfuerzo. En sus movimientos no había prisa ni pasión competitiva: solo una monotonía casi meditativa.

James recogió el balón tras el rebote y se detuvo. Alzó la vista despacio y sus ojos se encontraron con los de Verónica.

En su rostro pálido apareció una sonrisa tranquila.

—¿No puedes dormir? —preguntó, alzando un poco la voz para que lo oyera desde arriba.

—Algo así… he tenido una pesadilla —respondió Verónica, abrazándose los hombros—. ¿Y tú? Son casi las tres.

James hizo girar el balón entre las manos, bajó la mirada hacia la hierba y dijo en voz baja:

—El insomnio es mi compañero desde hace medio año. Ya ni recuerdo lo que es dormirse antes del amanecer.

Había en su voz un cansancio tan sereno y resignado que a Verónica se le encogió el corazón. Sintió una oleada de compasión por aquel hombre educado y apacible que, sin duda, cargaba con algo demasiado pesado.

Dudó un instante, pero al final sonrió.

—Si no te importa… puedo hacerte compañía.

—Encantado —respondió James con sinceridad—. Baja. Ya estaba deseando que alguien no me retara a tirar triples, como hace Ron.

Verónica bajó al jardín, bien envuelta en su bata. El frescor de la noche le rozaba la piel y la hierba bajo los pies parecía suave como la seda.

—Toma —James le lanzó el balón con suavidad.

Verónica lo atrapó al vuelo, botó un par de veces, apuntó y lanzó. El balón describió una parábola limpia y entró en la canasta sin tocar el tablero.

James arqueó las cejas, sorprendido.

—Vaya… eso ha sido impresionante. ¿De dónde te sale ese tiro?

—En el instituto jugaba en el equipo femenino de baloncesto —confesó, pasándose el balón de una mano a otra.

—¿Ah, sí? —se interesó James, sentándose en un banco bajo junto a la pista—. ¿Y ya no juegas?

—No. La verdad es que entonces el deporte era solo una excusa para llegar a casa lo más tarde posible —Verónica se sentó a su lado, recogiendo las piernas—. Tenía una relación complicada con mis padres, así que me apuntaba a todo.

—Lo siento…

—Hasta elegí una universidad en la otra punta del país con tal de no volver demasiado —continuó—. Estudié Administración de Empresas, aunque lo que de verdad me gustaba era la Psicología.

—Bueno, gracias a eso ahora ocupas un puesto importante en una de las empresas más potentes del sector —comentó James.

—Sí… —asintió Verónica—. Pero también por eso estoy completamente sola. Para ganarme mi lugar y demostrarles a mis padres que valía algo, dejé muchas cosas por el camino.

James soltó una risa suave y negó con la cabeza.

—Con todo respeto, Verónica, creo que exageras con eso de la «juventud perdida».

—Puede parecerlo —replicó ella, abrazándose las rodillas—. Pero si empiezo ahora a buscar pareja… tendría que convivir con él un par de años para ver si funcionamos. Luego la boda… y cuando pensáramos en hijos, mi reloj biológico ya estaría en cuenta atrás. ¿Y si después de años no sale bien? ¿Empiezo de cero? Ya no tengo ese margen. Tendría que haberlo pensado a los veinticinco.

James la observó con una sonrisa tranquila.

—Te gusta tenerlo todo bajo control, ¿verdad?

—No lo voy a negar —respondió ella con un suspiro—. El problema es que a la vida no le importan mis planes. Y lo de Andrian es la mejor prueba.

—En eso tienes razón —asintió James, inclinándose ligeramente hacia delante—. Lo vuestro es… poco convencional, desde luego. Pero ¿y si todo esto resulta ser para bien? Yo, por ejemplo, estoy convencido de que Andrian será un gran padre.

Verónica frunció ligeramente el ceño y se volvió hacia él.

—¿Y eso por qué?

—Porque prácticamente crió a Ron —respondió James en voz más baja—. Aunque no se llevan tantos años, asumió la responsabilidad de un adolescente destrozado, lo sacó adelante y lo convirtió en el hombre que es hoy. Andrian puede parecer frío, pero cuando protege a los suyos… lo hace para siempre.




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