Verónica se descubrió pensando en lo extrañamente fácil y fluido que le resultaba hablar con James. Solo llevaban unas pocas horas de conocerse y ya le había desvelado detalles tan íntimos de su vida que ni muchos de sus conocidos de toda la vida sospechaban. La sensación de confort que transmitía aquel hombre difuminaba cualquier barrera.
Decidida a cambiar de tema para indagar un poco más sobre su interlocutor, Verónica preguntó con delicadeza:
—¿Y cuánto tiempo tienes pensado quedarte en casa de Andrian?
James se encogió de hombros lentamente, fijando la mirada a lo lejos, hacia la penumbra del lago.
—Tenía pensado venir un mes, pero... iré viendo sobre la marcha.
En su voz resonó una nota casi imperceptible de tristeza. Verónica intuyó que no le apetecía hablar de esas «circunstancias» o que, simplemente, aún no estaba preparado. Por mucho que le picara la curiosidad, prefirió respetar sus límites y no presionar. Ya habría ocasión si salía de él contarlo.
James cazó su mirada reflexiva y comprensiva y dejó escapar una risita entre dientes, buscando aligerar el ambiente:
—Visto desde fuera, todo esto debe de sonar un poco raro y misterioso, ¿no?
—Un poco, sí.
—Puedes estar tranquila, Verónica. No tengo cuentas pendientes con la justicia ni me ando escondiendo de la policía.
—¡Ay, no, ni se me ha pasado por la cabeza sospechar algo así! —le aseguró ella entre risas—. Solo tengo curiosidad por conocerte mejor. ¿De dónde vienes?
—De un pueblo perdido en mitad de la nada —respondió James, algo más relajado—. Vivo en un rancho grande con mi familia. Es un negocio familiar: mis tres hermanos, mi hermana, su marido y yo nos dedicamos al cultivo de hortalizas ecológicas y a la cría de ovejas.
—¿Ovejas? ¡No me digas! —se sorprendió Verónica—. ¡Qué curioso!
—Y además tenemos nuestra propia quesería artesanal. Por cierto, he traído una muestra de la última tanda de Dirt Lover y Pepato; los van a servir en el desayuno. Espero que te gusten.
—Y yo espero que no me den náuseas. Si pasa, te aviso de antemano que no será por el queso, sino por las náuseas del embarazo.
—Anotado —se rió James—. De momento hago las veces de director comercial: busco vías de expansión y nuevas vías de colaboración. Quiero aprovechar mi estancia en casa de Andrian para hacer contactos entre los empresarios locales y, con suerte, abrirme paso en nuevos mercados. A los míos no les va mucho el papeleo ni estos asuntos tan aburridos.
—Madre mía, suena increíble... —admitió Verónica con genuina admiración, dejándose envolver por la calidez de su relato—. Siempre he soñado con tener una familia grande y unida. Lo que cuentas de tu negocio parece sacado de un cuento, es casi perfecto.
—Tengo una familia estupenda, la verdad —asintió James con una sonrisa entrañable. Por un segundo, los ojos le brillaron con luz propia—. Ojalá vieras el lío que se monta cuando se juntan todos los sobrinos en la misma casa. ¡Es el caos absoluto! A veces parece que no saben estar quietos. Y encima siempre me están liando para jugar al escondite o montar a caballo. Con ellos no te aburres jamás.
—¿Y tú no tienes hijos? —inquirió Verónica con cautela.
James negó con la cabeza, esbozando una sonrisa a medias:
—Por ahora no. Pero yo, a diferencia de ti, no me considero ningún carrozón —soltó con un guiño guasón—. Y me gusta pensar que aún me queda mucho por delante. Y tú, ¿qué prefieres, niño o niña?
Verónica le dio un par de vueltas pensativas al balón de baloncesto entre las manos y sacudió la cabeza:
—La verdad, no tengo ni idea. Seré infinitamente feliz venga lo que venga. Lo único que me importa es que nazca sano.
Se quedó en silencio un instante y luego admitió con un poco de apuro:
—La verdad es que estos últimos días me he hartado a leer literatura sobre el embarazo, el primer trimestre y todas las patologías fetales habidas y por haber... Y me he comido la cabeza yo sola. Justo por esos pensamientos en bucle no logro pegar ojo.
James le brindó una sonrisa cálida y posó su mano junto a la de ella en el banco, transmitiéndole calma con el mero timbre de su voz:
—Ni te obsesiones con eso, Verónica. Para empezar, Andrian tiene una genética de hierro. Lo conozco desde que éramos enanos y jamás ha estado enfermo de nada. Si acaso, a veces fingía con maestría para saltarse las clases en el colegio.
Verónica soltó una risita suave al imaginarse a un Andrian pequeñito y estirado haciéndose el enfermo.
—Y, en segundo lugar —prosiguió James con tono más serio—, lo primordial ahora mismo es tu estado de ánimo. Concéntrate en lo positivo. Si no dejas entrar malos pensamientos en tu cabeza, todo saldrá bien. Los pensamientos se materializan de una forma alucinante... Créeme, lo he comprobado en carne propia.
—En eso tienes razón... —asintió Verónica. En ese momento no pudo contener un bostezo dulce y se cubrió la boca con la mano.
James se puso en pie al instante y recogió el balón:
—Venga, ¡arriba! Tendrías que estar en la cama desde hace rato. El bebé y tú necesitáis descansar como es debido.
Le tendió la mano en gesto amistoso para ayudarla a levantarse:
—Vamos, te acompaño a tu habitación y luego intentaré yo también dormir un poco.
Verónica accedió a regañadientes.
—Sabes, si no tuviera que ir mañana a la oficina a seguir con la pantomima del «romance secreto», me quedaría encantada aquí sentada en el jardín hablando contigo hasta el amanecer —volvió a bostezar—. Eres una compañía estupenda, James.
—Gracias —sonrió él.