Andrian cerró el portátil y apoyó la frente sobre los dedos entrelazados. El reloj de sobremesa marcaba las cuatro de la madrugada. Tenía los ojos irritados por las horas de trabajo ininterrumpido con los informes financieros, y el cansancio le pesaba sobre los hombros como una losa. Sin embargo, en lugar de dirigirse a su dormitorio, avanzó en silencio por el pasillo a oscuras, en dirección a las habitaciones de invitados.
Se detuvo frente a la puerta de James. Desde que su amigo había cruzado el umbral de la casa, una inquietud persistente no le daba tregua. A petición expresa de James, había hecho un esfuerzo por no mencionar su enfermedad, por actuar como si todo estuviera en orden. Pero fingir normalidad cuando la persona que más te importa parece una sombra de sí misma resultaba casi insoportable.
Se quedó inmóvil unos segundos. Luego se inclinó y apoyó el oído contra la madera, tratando de captar cualquier sonido: una respiración, un leve movimiento, el roce de las sábanas.
En ese mismo instante, una mano se posó con firmeza sobre su hombro.
Andrian dio un respingo y se giró bruscamente.
James estaba a su lado. En la penumbra del pasillo, su sonrisa tenía un matiz inquietante.
—Y bien… ¿qué intentabas escuchar ahí? —preguntó, entrecerrando los ojos con una mezcla de curiosidad y burla.
Andrian sintió cómo el calor le subía al rostro. Dio un paso atrás, ajustándose las gafas, y, sin encontrar una respuesta mejor, soltó:
—Comprobar… si seguías vivo.
James dejó escapar una risa baja y sincera, negando con la cabeza. Pero enseguida su expresión se volvió seria. Lo miró con una gratitud callada, profunda.
—Gracias —dijo en voz baja—. Por no insistir con mi estado delante de los demás. Por no tratarme como si fuera de cristal. De verdad, estoy bien.
Andrian recorrió con la mirada su rostro pálido, demacrado, y cruzó los brazos.
—¿Bien? Estás más pálido que Drácula después de una semana sin sangre. Te lo digo en serio: deja de deambular por la casa a estas horas. No hace falta que le des un susto a Verónica. Bastante tiene ya.
—No se ha asustado en absoluto —replicó James con naturalidad—. De hecho, acabo de despedirme de ella. Estábamos en el jardín, junto a la pista. Me ha caído muy bien. Es una mujer encantadora. Se la nota cansada, algo perdida… pero hablar con ella es increíblemente fácil.
Andrian guardó silencio un instante antes de soltar un leve suspiro.
—A mí también me gusta desde hace tiempo. Es inteligente, fiable, muy responsable. Me tranquiliza conocer bien a la madre de mi hijo. Evita muchas incógnitas.
James lo observó con atención, ladeando la cabeza.
—¿Y nunca te has planteado… algo más? Quiero decir, una relación de verdad. Tenéis un hijo en común. Podríais ser una familia.
Andrian esbozó una sonrisa amarga.
—No lo sé, James. Sinceramente, no lo sé. Después del divorcio, me quedó un regusto demasiado amargo. Sé perfectamente lo que es confiar y acabar hecho pedazos. No quiero pasar por eso otra vez. Y además… ¿para qué arriesgarse, si así funciona?
—No todas las mujeres son como tu ex —dijo James con suavidad—. Y lo sabes.
—Ya está, James. No sigas —cortó Andrian con tono seco—. Vete a dormir.
—Buenas noches —respondió su amigo con una leve sonrisa—. Y no te preocupes por mí. De verdad.
—¿Cuándo te dan los resultados?
—En tres semanas.
Andrian dudó un segundo.
—Le pediré a Dios que todo salga bien.
James alzó una ceja, divertido.
—Pero si tú no crees en Dios.
—Por ti, haré una excepción —murmuró Andrian con cansancio—. Buenas noches.
Se alejó por el pasillo, sumido en sus pensamientos. Y, como si fuera inevitable, su mente regresó a Verónica. Había en ella una mezcla extraña y cautivadora de fragilidad y fortaleza. A pesar de las náuseas, del caos, del cambio repentino en su vida, mantenía la compostura, la elegancia, y en el trabajo seguía siendo impecable. Incluso empezaba a disfrutar de aquel juego que habían montado: el “romance secreto”.
Había algo en ello… vivo. Intenso.
«¿Y si la invito a salir de verdad?», pensó de pronto. No como parte del teatro. No para los demás. Sino para conocerla. Pero enseguida negó con la cabeza. Había esperado demasiado tiempo a ese hijo como para arriesgarlo todo por una idea impulsiva. No iba a permitir que un error emocional lo echara todo a perder.