Tres papás para su bebé

18.

A la mañana siguiente, a Andrian le costó horrores abandonar la cama y bajar hasta el comedor. Ron y James ya estaban terminando de desayunar. Ron revisaba algo en la tableta con absoluto entusiasmo, dando sorbos de vez en cuando a una taza gigantesca de café con nata y una cantidad absurda de azúcar; James, en cambio, untaba mermelada en una tostada entre bostezo y bostezo. A juzgar por el pantalón de pijama que todavía llevaba puesto, su intención era volver a la cama en cuanto terminara.

Andrian se quedó un segundo en el umbral, observando la escena con una mirada rápida.

—¿Y Verónica? —preguntó intentando aparentar indiferencia mientras se acercaba a la cafetera.

—Ya se ha ido —respondió Ron sin apartar la vista de la pantalla—. Dijo que tenía que pasar por la clínica antes de empezar la jornada, así que pidió un taxi y salió disparada antes de las siete.

Andrian se volvió de golpe, dejando la taza a medio llenar. Una oleada de preocupación le recorrió el cuerpo y el pulso se le aceleró de inmediato.

—¿A la clínica? ¿Ha dicho algo? ¿Se encuentra mal? ¿Por qué no me ha despertado? ¡La habría llevado yo! —soltó sin poder ocultar el repentino ataque de nervios. En cuestión de segundos, su mente ya había imaginado todos los escenarios posibles: desde una complicación hasta cualquier malestar inesperado.

James soltó una risa contenida sobre su taza, mientras Ron dejó por fin la tableta a un lado y miró a su primo con una expresión de absoluta sorpresa.

—Vaya, vaya... respira, campeón del drama —sonrió James, levantando las manos en señal de calma—. Está perfectamente. Solo tenía que hacerse una analítica rutinaria. Algo relacionado con la glucosa, si no me equivoco.

Andrian soltó el aire despacio, sintiendo cómo la tensión abandonaba poco a poco sus hombros.

—Madre mía, Andrian —Ron sonrió de oreja a oreja—. No tenía ni idea de que escondieras semejante instinto de gallina clueca. La chica solo ha ido a sacarse sangre y tú ya estabas a punto de llamar al equipo de rescate.

—Simplemente me tomo su estado con responsabilidad —respondió Andrian con sequedad, ajustándose las gafas y volviendo la atención hacia su café para disimular la incomodidad—. Cuando tengas un hijo, lo entenderás.

—No, amigo, esto no es solo responsabilidad —intervino James, intercambiando una mirada divertida con Ron—. Ya te veo dentro de unos meses persiguiéndola con cojines para que no se siente en ningún sitio incómodo y vigilando hasta cómo respira. Vas a ser un padre hiperprotector de manual.

—Un padre gallina, para ser exactos —se rio Ron—. Le pondrá casco hasta para caminar por el jardín y le prohibirá hacer cualquier cosa sin supervisión.

Andrian dejó la taza sobre la mesa con un gesto molesto, sin llegar siquiera a probar el café.

—Últimamente estoy de los nervios, la verdad —admitió mientras se frotaba las sienes—. Entre el trabajo, el embarazo de Verónica y ahora el asunto legal de su piso... tengo demasiadas cosas en la cabeza.

Ron no pudo contener una carcajada y casi se atragantó con el café.

—¡Claro! Menudo desafío: llevar una demanda contra uno mismo. Lo importante es que tu propio abogado no consiga ganarte el caso.

—Cállate, Ron —lo cortó Andrian con una mirada severa.

—¿Qué? Si Verónica no está aquí. Podemos hablar tranquilamente de tus planes secretos sin miedo a que nos descubra. Sinceramente, no sabía que fueras tan manipulador.

—¡Si lo de la inundación fue idea tuya!

—¡Lo dije en broma! ¿Quién iba a pensar que realmente ibas a provocar todo aquello? Todavía me cuesta creer que lo hicieras.

Andrian bajó la mirada. La diversión desapareció de su rostro.

—No me hace ninguna gracia hablar de eso —murmuró con voz baja, dejando escapar un suspiro cargado de culpa—. Después de entrar en su piso y verla tan afectada por lo ocurrido... me arrepentí de verdad. Pero, por otro lado, jamás habría aceptado mudarse conmigo si no hubiera pasado aquello.

—Aunque tampoco parece que vaya a quedarse mucho tiempo —comentó James con suavidad, girando la taza entre las manos—. Ya está buscando otro sitio. Esta mañana, durante el desayuno, estaba mirando anuncios de alquiler.

Andrian levantó la cabeza de inmediato y frunció el ceño.

—No quiero que se vaya —admitió sin rodeos, mirando a sus amigos—. ¿Por qué no puede quedarse aquí hasta que nazca el bebé? En esta casa tiene todo lo que necesita: seguridad, comodidad, ayuda cuando haga falta...

—El problema de tu casa es que estás tú dentro —soltó Ron con una sonrisa burlona.

James no pudo evitar reírse también y negó con la cabeza.

Andrian ignoró sus comentarios y apretó la mandíbula con determinación.

—Reíros todo lo que queráis, pero voy a encontrar la manera de convencerla para que se quede aquí el mayor tiempo posible. Y os agradecería que pensarais en alguna idea.

—Lo siento, amigo, pero por las mañanas mi cerebro está apagado —dijo Ron levantando las manos—. Mis neuronas no empiezan a funcionar hasta después del almuerzo.

—Y el mío todavía está recuperándose de una pequeña avería reciente —añadió James con una sonrisa cansada—. Así que ahora mismo no está para elaborar planes maquiavélicos.

Aunque lo dijo en tono de broma, la palabra «avería» dejó un silencio incómodo en el aire. Ron perdió la sonrisa al instante y Andrian apretó la mandíbula, desviando la mirada hacia su amigo. Durante unos segundos, ninguno de los tres dijo nada.

Para romper la tensión, Ron dio una palmada sobre la mesa.

—Bueno, basta de ponerse dramáticos. Lo que necesitamos todos es desconectar. Salir este fin de semana y, por supuesto, llevarnos a Verónica.

Al principio, James negó con la cabeza, dispuesto a rechazar la idea, pero se quedó pensativo unos segundos. En realidad, no sonaba tan mal.

—¿Qué tal una salida en yate? —propuso finalmente, mirando a Andrian—. Aire libre, agua, tranquilidad.




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