Tres sombras y un solo latido.

capitulo 1

El cristal de la copa de champán resbalaba entre los dedos de Elena Varela como si estuviera a punto de escapársele. No por los nervios —ella había dejado de sentir nerviosismo genuino hacía tres años, desde que aprendió que en el mundo de las finanzas internacionales la apariencia de control valía más que el control mismo—, sino por el calor sofocante de esa terraza en el ático del Hotel Meridian. La brisa de Madrid de septiembre no llegaba hasta allí, entre los rascacielos de Azca, y el aire acondicionado parecía haberse rendido ante la concentración de ego y testosterona que pululaba por la sala.

—Elena, cariño, te presento a alguien que ha estado insistiendo en conocerte. —La voz de Marta, su jefa de departamento, tenía ese tono cantarín que usaba cuando estaba a punto de cerrar un trato que beneficiaría a la firma y, de paso, a su propio bolsillo.

Elena giró sobre los talones de sus Louboutin —negros, clásicos, imposiblemente incómodos— y se encontró con una pared de hombre. No metafóricamente. Literalmente. El tipo que tenía delante debía medir metro noventa y pico, con hombros que tensaban la costura de una chaqueta de Armani que probablemente costaba más que el alquiler anual de su apartamento en Chamberí. Pero no era su físico lo que hizo que Elena apretara instintivamente la mandíbula. Fueron los ojos. Un azul glacial, de esos que no miran, que *escrutan*, como si estuvieran evaluando cada microexpresión para decidir cuánto valías en el mercado de valores de las relaciones humanas.

—Alejandro Sarmiento. —Extendió una mano grande, con nudillos ligeramente raspados, como si hubiera estado haciendo algo violento poco antes de llegar. —He oído hablar mucho de ti, Elena. O mejor dicho, de tus números. En Sarmiento Capital no solemos impresionarnos fácilmente, pero tu análisis del mercado asiático del trimestre pasado... —Hizo una pausa deliberada, dejando que el silencio cargara de significado sus palabras. —Fue... provocador.

Elena le estrechó la mano. Su agarre fue firme, quizás más de lo que esperaba, porque vio cómo una ceja perfectamente delineada se alzaba un milímetro.

—Provocador. —Repitió Elena, dejando que una sonrisa perezosa, calculada, se instalara en sus labios. —Interesante adjetivo para un informe financiero. ¿Acaso sus inversiones suelen tener reacciones emocionales, señor Sarmiento?

Marta tosió discretamente a su lado, un sonido que decía *cuidado, este hombre puede comprar y venderte tres veces antes del desayuno*, pero Elena no apartó la mirada. Había algo en la forma en que Sarmiento inclinaba ligeramente la cabeza, como un depredador ajustando el ángulo de ataque, que le resultó... familiar. No él, sino el juego. El baile. Ella conocía ese ritmo.

—Llámame Alejandro. —Su voz bajó un tono, adquiriendo una textura casi íntima que contrastaba con la distancia glacial de sus ojos. —Y no, mis inversiones no tienen emociones. Pero yo sí. Y me emociona encontrar a alguien que ve patrones donde otros solo ven caos. Alguien que no tiene miedo de... arriesgarse.

—El miedo —dijo Elena, liberando su mano con un movimiento lento, casi teatral— es una herramienta de evaluación, no una debilidad. Solo los tontos confunden prudencia con cobardía.

Sarmiento rio. No una carcajada, sino un sonido breve, sorprendido, que pareció escapársele contra su voluntad. Elena notó que algo cambió en su postura, una ligera relajación de los hombros que delató que, quizás por primera vez en la noche, no estaba actuando.

—Marta me dijo que eras directa. No me advirtió que eras peligrosa.

—Nadie lo hace —murmuró Elena, y tomó un sorbo de champán para ocultar el brillo de satisfacción que sintió ante la victoria momentánea.

Fue entonces cuando la terraza se iluminó con un destello de cámaras. No las de los periodistas de economía que cubrían el evento, sino algo más intrusivo, más caótico. Un murmullo de voces se elevó desde el otro extremo de la sala, y Elena vio cómo los invitados se apartaban como el Mar Rojo ante un improbable Moisés vestido de cuero negro y desorden.

—Mierda —susurró Marta, y su mano se cerró convulsivamente en el brazo de Elena. —Es él. ¿Qué demonios hace aquí?

El recién llegado no encajaba en aquel universo de corbatas y trajes a medida. Llevaba una chaqueta de motociclista desgastada sobre una camiseta negra, vaqueros rotos en las rodillas, y botas que parecían haber pisado más asfalto que todas las suelas de la sala juntas. Su cabello era una maraña de rizos oscuros que caían sobre una frente ancha, y bajo una nariz ligeramente torcida —¿rota alguna vez?—, una boca curvada en una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Ojos de un marrón tan oscuro que parecían negros en la penumbra, y que recorrieron la terraza con el desdén de quien ha visto demasiado y espera poco.

—¿Quién es? —preguntó Elena, sin poder evitar que su mirada siguiera la trayectoria de ese desastre andante.

—Diego Ferreira. —La voz de Sarmiento se había transformado. La intimidad forjada segundos antes se evaporó, reemplazada por una frialdad metálica. —Artista. Exconvicto. Y, según ciertos rumores, el hijo bastardo de nuestro anfitrión de esta noche. Aunque nadie tiene las pelotas de confirmarlo en voz alta.

Elena observó cómo Diego Ferreira avanzaba entre la multitud, no pidiendo permiso, simplemente tomándolo. No había agresión en su andar, pero tampoco sumisión. Era el movimiento de alguien que había aprendido que el mundo no le daría nada, así que simplemente lo tomaba. Cuando sus ojos —esos ojos oscuros y cansados— encontraron los de Elena a través de la distancia, algo extraño sucedió. No fue una conexión. Fue un reconocimiento, como dos extraños que descubren que hablan el mismo idioma en país extranjero.

Él se detuvo. Ella no apartó la mirada.

—Interesante —murmuró Sarmiento a su lado, y Elena no supo si se refería a Diego o a su propia reacción.

—¿Qué quiere? —preguntó Elena, todavía atrapada en ese intercambio visual que duraba demasiado para ser cortesía, demasiado poco para ser significado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.