Capítulo 3.2. No indiferente
Zoe estaba sentada en el asiento trasero del coche, convertida en una piedrita fría. En sus ojos se había congelado el espanto. Había experimentado emociones similares cuando uno de los conocidos de su madre decidió prestarle atención. Ella tenía dieciséis años. En aquel entonces, de la misma manera, golpeó al hombre en la entrepierna y huyó. Mamá... A mamá no le importaba...
Cuando Zoe regresó a casa, vio que el pretendiente de su madre se había ido. Entonces su madre le armó un escándalo por haber dejado a sus hermanos sin supervisión. La mujer le dio una bofetada a Zoe cuando ella le contó que aquel hombre la había acosado. La madre no le creyó. Ni la primera vez, ni la segunda, ni la tercera... Zoe huía de casa cada vez que venían visitas a ver a su madre. No huía sola, sino con sus hermanos, porque una noche presenció una escena que la impactó hasta lo más profundo de su alma. De dónde sacó fuerzas para empujar lejos de Michael al hombre ebrio y llevarse a su hermano con ella. Y mamá... A mamá, de nuevo, no le importaba.
Zoe no lloraba; comprendió que con lágrimas no se solucionaba nada. Huía y se escondía con sus hermanos en el parque para que las patrullas no los notaran. Estrechaba contra sí a Derek, que era todavía muy pequeño. Fue a ella a quien él llamó "mamá" por primera vez. Zoe le enseñó a Michael cómo alimentar a su hermano, cómo cambiar los pañales y cómo consolar a Derek. Y mamá... A mamá no le importaba...
Lo principal para mamá pasaron a ser los hombres y el alcohol.
Zoe estudiaba bien. Sus habilidades físicas fueron notadas por un profesor, quien le aconsejó asistir a la sección de gimnasia. Fue a partir de ese momento que comenzó la loca pasión de la chica por el deporte. ¿Empezar a practicar gimnasia a los dieciséis? ¡¿Cómo?! ¡Eso es tarde! Pero la joven era tan persistente y realizaba elementos tan complejos que el entrenador no dejaba de asombrarse por sus resultados. Zoe lo captaba todo al vuelo. Estaba fuera de sí de felicidad cuando el entrenador le dijo que formaría parte del equipo en las competiciones. Lloró de alegría porque sus logros fueron valorados, y de tristeza porque su dinero de bolsillo no sería suficiente para un nuevo atuendo deportivo para las competencias. El entrenador sabía y comprendía todo sin palabras. Zoe era su mejor alumna. Sería inútil buscar tal esmero, anhelo y laboriosidad en alguien más. Fue precisamente el entrenador quien estuvo con ella cuando, durante un ensayo, llamaron para decirle que su madre había sido arrestada por prostitución y distribución de drogas, y que sus hermanos debían ir a un orfanato.
A Zoe le faltaban apenas tres días para cumplir la mayoría de edad. Fue el entrenador quien ayudó a tramitar la tutela de los hermanos y a organizar la vida cotidiana, ayudó con el jardín de niños para los hermanos, ayudó con los documentos. Fue precisamente el entrenador quien le aconsejó escribir una carta de motivación y él mismo escribió una carta de recomendación para la Universidad de Stanford, porque precisamente allí estaba la facultad con la que soñaba Zoe. El entrenador no fue indiferente a su destino. Un extraño se volvió más cercano que su propia madre...
Ahora Zoe veía esa misma falta de indiferencia en los ojos del desconocido que la salvó de la multitud de chicos.
Bogdán estaba sentado como sobre agujas. En el espejo veía a Zoe. Ella estaba muy cerca, pero con sus pensamientos se encontraba tan lejos. Vio que una lágrima solitaria no pudo contenerse y corrió por su mejilla. Zoe era tan frágil, tan indefensa. Por alguna razón, ahora Dan la asociaba con la pequeña llama de una vela que ardía en la oscuridad a pesar de los vientos feroces y las ventiscas. Bogdán temía romper el silencio, pero de alguna manera comprendió que debía sacarla del cautiverio de sus recuerdos. El chico, en una de las paradas ante un semáforo, se quitó la chaqueta.
—Zoe, póntela. Estás temblando entera —dijo Dan en voz baja, extendiéndole la chaqueta a la chica.
— Gracias —respondió Zoe en automático y, sin pensarlo, se puso la chaqueta.
La chaqueta le pareció tan cálida que se convirtió en una especie de armadura contra los recuerdos persistentes que la chica intentaba ahuyentar.
— Te llevaré a casa. Mi nombre es Bogdán. Dan —decidió presentarse el chico.
— Gracias. Gracias por proteger y ayudar a Michael —dijo Zoe en voz baja y levantó sus grandes ojos verdes hacia Dan. Ella lo miraba a través del espejo, pero a él le parecía que le escudriñaba el alma.
— ¿Cómo está Michael? —decidió preguntar finalmente Bogdán después de aquel intercambio de miradas que lo hizo sentir acalorado.
— Bien. Pero lo regañé por subirse al coche de un extraño —respondió Zoe—. Al igual que yo...
— Lo siento. Debo confesarlo. Estudio contigo en la misma universidad. Resulta que ahora estoy en segundo año, y cuando te vi por primera vez en el patio de la universidad, me gustaste mucho —confesó Bogdán con sinceridad y vio cómo Zoe sonreía de forma casi imperceptible—. Te seguí y supe dónde vives, me enteré de dónde estudian tus hermanos y simplemente fui testigo por casualidad de cuando Michael se metió en problemas.
— ¿Y cómo terminaste aquí? —preguntó Zoe. Por alguna razón, todas las demás preguntas y conversaciones le parecían irrelevantes y superfluas en ese momento.
— Escuché a Luke alardear de que actuarías en su fiesta. Por alguna razón, me pareció que él era capaz de hacer algo parecido —dijo Bogdán con franqueza—. ¿Y tus cosas?
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Editado: 18.04.2026