Tu amor son mis alas

Capítulo 12.1. Clavos y un martillo

Capítulo 12.1. Clavos y un martillo

Snizhana guardaba con sumo cuidado en un gran bolso de viaje todas las medallas, trofeos y reconocimientos de Zoe. La pelirroja la observaba, sentía una calidez tan hermosa en el alma. Zoe terminó de empacar lo indispensable y, junto a Snizhana, fue a la habitación de Derek.
—¡Queda usted arrestado! ¡Ha quebrantado la ley! —le decía el pequeño a un osito de peluche sentado en la cama.
—Listo, ya lo entendió todo y se va a portar bien —dijo Snizhana con ternura, contemplando al niño—. ¿Ya empacaste todo, mi cielo?
—Casi —suspiró el pequeño—. El delincuente no quería meterse al bolso por su cuenta.
—¿Y la ropa tampoco quería? —preguntó Zoe, al ver que todas las prendas seguían en su lugar.
—Es que guardé mis cuadernos y libros —explicó el niño.
—Qué niño tan listo —comentó Snizhana. Zoe se dio cuenta de que muchas cosas no cabrían en el bolso y la mochila.
—Ahora se nos ocurrirá algo. Mañana volveremos, pero hoy nos llevaremos una parte.
Snizhana quitó la manta de la cama, colocó en el centro la ropa del niño que vio a la mano y amarró las esquinas de la manta, improvisando un fardo. Zoe asintió y fue a la habitación de Michael. Allí también quitó la manta, ya que su hermano había llenado con sus pertenencias los dos únicos bolsos que tenía.
Petro acomodó todo en el maletero. A Snizhana le conmovió profundamente ver que Zoe se llevaba el jarrón que su hijo le había regalado, así como las fotos enmarcadas donde aparecía junto a Bohdan. ¡Qué pareja tan armoniosa hacían!
Cuando todos subieron al auto, Zoe miró la casa donde había vivido con sus hermanos. Ese lugar había sido su refugio, su fortaleza, pero lo dejaba con la esperanza de que en el nuevo hogar no tendría que ser un caballero de armadura brillante que defendiera a su familia de todo el mundo. Cuánto anhelaba ser, aunque fuera por un momento, una chica débil y sin preocupaciones. ¿Sería que los sueños se hacen realidad?
—¿Verdad, Zoe? —la voz de su hermano la trajo de vuelta.
—Disculpa, ¿qué?
—Que te digo que desde ahí nuestra escuela queda todavía más cerca —repitió Michael.
—Sí, mi amor —respondió Zoe.
Petro los llevó rápido a su nueva casa. En cuanto bajaron del auto, los niños no pudieron contener el entusiasmo.
—¡Guau! ¡Qué casa tan genial! ¡Hay muchísimo espacio para correr! —celebraba Derek.
—Y eso que no has visto el patio trasero, hay una pequeña cancha de baloncesto —le guiñó un ojo Petro.
—¡Ala! ¿En serio? ¿Podemos jugar? —suplicó el pequeño.
—Claro que jugarán, pero no ahora —dijo Zoe, aunque ella tampoco ocultaba su fascinación por la lujosa residencia. No podía creer que fueran a vivir ahí por un tiempo. Su vieja y pequeña casa parecía un cobertizo en comparación con esta vivienda tan moderna; pero lo más importante no era la casa, sino quiénes vivían en ella.
—Vamos, les enseñaré sus habitaciones. Mientras Zoe y yo preparamos la cena, ustedes podrán ir con Petro a revisar la cancha —propuso Snizhana, y Derek asintió, encantado con la idea.
En el segundo piso había tres habitaciones muy acogedoras. Derek eligió la más grande, y Michael la más pequeña, argumentando que era más fácil de limpiar.
Petro subía el equipaje detrás de los niños.
—Vi por aquí unos clavos y un martillo —comentó Petro, y todos lo miraron sorprendidos—. Bueno, es que estos trofeos no deben quedarse arrumbados en un rincón. Propongo decorar la pared con ellos. ¿Por qué dejarla tan vacía? ¡Así se notará de inmediato que es la habitación de una campeona! —dijo Petro con orgullo.
A Zoe se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas. Snizhana era mujer, pero este era un hombre que había percibido con tanta delicadeza su necesidad de apoyo. Aunque, ¿por qué sorprenderse? Eran los padres de Dan.
—Pero ustedes están alquilando esta casa. No creo que a los dueños les haga gracia ver clavos en las paredes —señaló Zoe.—Bueno, mi esposa y yo hemos estado hablando de comprar una casa. Esta es una buena opción. ¿Les gusta, chicos? —preguntó Petro, al ver dos caritas pícaras asomarse por la puerta.
—¡Sí! —gritaron los niños al unísono.
—¿Me ayudarán a clavar los clavos? —preguntó Petro, cargando en brazos a Derek, quien corrió hacia él como un pequeño tornado.
—¿En serio se puede? —preguntó Derek.
—¡Por supuesto! Al fin y al que cabo esta será la habitación de Zoe. ¿O acaso tú quieres colgar otra cosa aquí? —le preguntó Petro a ella.
—¿Yo? —replicó Zoe. ¡Dios mío, era la primera vez que le preguntaban qué quería ELLA!
—Sí, es tu habitación, tú decides —respondió Petro, meciendo a Derek en el aire.
—Sí, quiero colgar mis medallas —contestó Zoe con firmeza.
—También podemos instalar una repisa para los trofeos —añadió Snizhana—. Hay una en nuestra habitación, pero allá está de más, y aquí quedará perfecta.
—¿Entonces, vamos por el martillo y los clavos? —les preguntó Petro a los niños.
—¡Sí! —exclamaron los pequeños.
—Te amo —susurró Snizhana, rozando la mano de su esposo. Tras años de matrimonio, no solo habían aprendido a entenderse con la primera palabra, sino que se leían los pensamientos. Eran una pareja maravillosa que se complementaba a la perfección. Petro: tranquilo, sereno, de pocas palabras, enfocado, un hombre que transmitía seguridad y seriedad. Y Snizhana: emocional, activa, presente en todos lados, siempre deseosa de compartir su calidez. Seguramente una chica como su mamá era la que Dan quería tener a su lado. Zoe poseía ese mismo carisma, un corazón enorme, pero solo necesitaba que le dieran amor y calor para florecer.




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