Solo
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Juan Pablo
Despierto con la sensación de que alguien me está golpeando la cabeza desde dentro.
Abro los ojos lentamente y la luz que entra por los ventanales de mi departamento me atraviesa el cráneo como una maldición.
—Joder...
La palabra sale ronca.
Arrastro una mano por mi rostro.
Tengo la boca seca y con sabor horrible.
Y la sensación inequívoca de haber tomado un bar entero.
Permanezco unos segundos inmóvil, intentando reconstruir la noche anterior.
El bar.
El whisky.
Más whisky.
Después...
Nada.
Absolutamente nada.
Frunzo el ceño.
Ni siquiera recuerdo cómo llegué a casa.
Miro alrededor.
Mi saco está tirado sobre un sillón.
Las llaves del coche aparecen milagrosamente sobre la mesa de centro.
Y mis zapatos descansan en algún lugar del pasillo.
Al menos no me maté conduciendo.
Supongo que debería considerarlo una victoria.
Me incorporo despacio, con la cabeza amenazándome con estallar.
Camino hacia la cocina buscando café, sintiendo cómo el silencio vuelve a recibirme.
Ese mismo silencio enorme.
Frío.
Persistente.
Siempre es el mismo silencio que me espera cada noche cuando regreso a una casa y cada mañana cuando me levanto. Siento un vacío que me quema en esta casa demasiado grande para una sola persona.
Paso el domingo encerrado, comiendo una pizza que tengo en mi refrigerador acompañada de cervezas, y regresando a la cama para tratar de calmar el dolor punzante que tengo en la cabeza.
—Maldita resaca. ¿Quién carajo me manda a beber de esta forma? —refunfuño.
Miro a mi alrededor y un silencio enorme me envuelve.
Un silencio pesado, que aun cuando cada día finjo que no es así, me hace sentir absurdamente vacío.
Salgo de la alcoba y, como si el licor no hubiese amenazado con mi vida anoche, vuelvo a servirme otro vaso de whisky hasta el tope.
Camino por la sala principal de un lado para otro, bebiendo y saboreando el líquido amargo al tiempo que mis ojos recorren todo el espacio.
Mi solitaria casa.
Todo es impecable.
Perfecto.
Moderno.
Costoso.
Las ventanas ocupan paredes completas.
Los muebles parecen sacados de una revista de arquitectura.
La cocina brilla.
Los pisos reflejan la luz.
No hay una sola cosa fuera de lugar.
Y aun así...
Parece una tumba.
No hay fotografías.
No hay juguetes tirados por todos lados como en la casa de mi hermano.
No hay dibujos pegados en la nevera ni rayones de colores en las paredes.
No hay una mujer gritándome desde otra habitación que deje los zapatos donde corresponden.
No hay risas.
No hay vida.
Solo yo.
Y el eco de mis propios pasos.
Bebo el resto de mi trago en un solo sorbo, me acerco de nuevo a la barra y me sirvo otro.
El sonido del cristal rebota en el mármol de la barra cuando devuelvo la botella a su lugar.
Y una vez más vuelve el silencio.
Siempre vuelve.
Me sirvo otro trago, lo bebo y lleno de nuevo el vaso.
Reflejando con estas ansias de tomar que no tengo una vida a donde escapar.
Bebo con ansias y con rabia cuando mi mirada de forma autónoma cae sobre un cajón que no debería seguir existiendo.
Pero existe.
Porque nunca tuve el valor suficiente para vaciarlo.
Aprieto la mandíbula.
Maldita sea.
Han pasado más de siete años.
Siete.
Y aun así...
Todavía duele.
Abro el cajón un segundo, solo para comprobar que sigue ahí esa fotografía vieja.
Una muchacha sonríe mirando a la cámara.
Cabello castaño.
Ojos enormes.
Una sonrisa capaz de iluminar una ciudad entera.
Ariana.
Cierro el cajón de golpe como si me hubiera quemado, porque ya no tengo derecho a mirar esa fotografía.
Hace mucho que perdí ese derecho.
Apoyo ambas manos sobre el mármol de la barra y bajo la cabeza.
Durante años intenté convencerme de que ya no importaba.
Que el tiempo lo curaba todo.
Que eventualmente dejaría de pensar en ello.
Mentiras.
El tiempo no borra nada.
Solo enseña a convivir con ciertas heridas.
A veces funciona.
A veces no.
Y hay días como hoy en que la culpa vuelve a encontrarme. Porque, por más que la vida haya seguido adelante, nunca logro escapar de la misma pregunta.
¿Qué habría pasado si hubiera sido un hombre mejor para ella?
No perfecto.
Solo mejor.
Más maduro.
Más leal.
Menos imbécil.
Quizás nada habría cambiado.
Quizás sí.
Nunca lo sabré.
Lo único que sé es que una parte de mí siempre se preguntará si las cosas habrían sido diferentes.
Porque el daño que le hice no desaparece.
Porque por ser un idiota con ella le ocasioné la peor desgracia que puede vivir una mujer.
Y aunque jamás tuve nada que ver con aquello...
Aunque los hombres que la lastimaron terminaron pagando con su vida… Aunque yo acabé con esas porquerías justo como lo merecerían.
La culpa nunca se fue.
Nunca.
Levanto el vaso de whisky y me lo empino, bebiendo rápido.
Tomo un sorbo largo que me quema la vida, mientras cierro los ojos recordando algunas veces en que me ganó la curiosidad y me acerqué a su mundo, ese mundo del que yo solo me excluí. Ese mundo donde la vi desde lejos.
Ella no me vio.
Yo sí.
Iba caminando de la mano con Simón. Se miraban, conversaban, se daban besos y se sonreían enamorados.
Los niños jugaban en el parque.
Lucas corría delante.
Martina recoge flores para Ariana.
Y Simon cargaba en uno de sus brazos a esa pequeña preciosa que fue fruto de ese amor que se forjó entre ellos.