Tomo mi móvil y le escribo a Gabriel.
«En dos semanas es la inseminación», escribo, feliz. Hace unos momentos me programaron la cita y no puedo dejar de sonreír.
«Me alegro, pequeña. Iré en unas horas», responde.
«Ok».
Dejo el móvil sobre la mesa de noche y empiezo a buscar en mi portátil todo sobre el embarazo: alimentación, vitaminas, cuidados. Estoy ansiosa y no veo la hora de tener a mi bebé a mi lado.
Gabriel llega tres horas después. Cuando entro a la cocina, me sorprende verlo con varias bolsas sobre el mesón. De inmediato me acerco y empiezo a husmear. En unas hay todo tipo de mecato, en otra dulces y pasabocas, y en otra, botellas de licor.
—¿Qué? —pregunta, irritado, y yo lo miro levantando una ceja.
—¿Qué sucede? —cruzo los brazos. Desde que llegó, su comportamiento es distinto, y lo conozco lo suficiente para saber que algo le pasa.
—Terminé con Vanessa —dice, y me tomo un momento para reaccionar.
—¿En serio?
Asiente y mira el reloj de su muñeca.
—Solo tienes dos minutos.
Dos minutos para celebrar, es decir. Me levanto y empiezo a gritar, a aplaudir y a bailar por toda la cocina como si hubiera ganado la lotería.
—Se acabó el tiempo —dice mi amigo, y yo hago un puchero y dejo de celebrar.
—¿Cómo te sientes? —pregunto, sentándome a su lado. Lo observo sacar las botellas de licor y acomodarlas en fila; hace lo mismo con todo lo demás.
—Bien. Supongo —encoge los hombros y entra a la cocina. Yo lo observo desde el mesón.
—Puedes dejar de hacer eso —digo, irritada. Gabriel tiene una horrible obsesión por la limpieza y el control, y ahora lo tengo lavando los platos sucios que dejé del almuerzo.
—¿Y tú puedes dejar de ser tan desordenada? —dice, mirando por encima del hombro.
—Gaby —lo llamo, y él se da la vuelta—. ¿Te pregunté si me importa?
Rueda los ojos y sigue limpiando. Yo le muestro el dedo medio antes de salir hacia la sala. Un rato después, mi amigo termina de ordenar y se acerca con dos copas y una botella de vino.
—Señorita —sirve una copa y me la entrega, y luego se sirve otra para él.
—Vamos a celebrar tu libertad —digo, chocando mi copa con la suya.
—Y a aprovechar que pronto no podrás beber —ruedo los ojos y sonrío con solo imaginarme embarazada—. Vaya, sí que estás emocionada —dice, mirándome. Gabriel me conoce y sabe que mis ojos brillan con solo pensarlo.
—Así es.
Él empieza a buscar canciones en su celular para ponerlas en el equipo de sonido.
Nos reímos de anécdotas viejas. La verdad es que siempre tenemos tema de conversación y, cuando no, basta con hablar del pasado. Con la segunda botella decidimos empezar con nuestros estúpidos juegos de siempre. Le propongo hacer esos bailes de TikTok, con pasos iguales en pareja, y lo único que logramos es reírnos de lo ridículos que nos vemos. Después, mi amigo sugiere jugar Twister. El tablero funciona con voz, así que una voz nos va diciendo qué movimiento hacer, y poco a poco las posiciones se vuelven más difíciles e incómodas. Sin poder sostenerme más, terminamos rodando a un lado de la alfombra.
Todo pasa muy rápido. Con el trago hasta la cabeza, no dejamos de reír, y de pronto estoy encima de Gaby. De un momento a otro nos quedamos en silencio y nos miramos. Y, al siguiente, ya nos estamos besando.
No sé quién empezó ni cómo terminamos en mi habitación, sin ropa. Mi cerebro no logra coordinar nada; solo me dejo llevar por sus grandes manos y sus caricias. Gabriel me toma como ningún otro hombre lo había hecho en mi vida, con una pasión desenfrenada, como un lobo hambriento. Jamás imaginé que mi amigo había mejorado tanto, y eso me hace gritar y gozar como nunca.
No quiero abrir los ojos. Siento que mi cabeza va a estallar en cualquier momento. Maldigo y abro los ojos, y me arrepiento de inmediato cuando la luz del sol entra por la ventana.
—Mierda —siento que me muero. Me duele la cabeza, me duele el cuerpo y, sobre todo, me duele la zona íntima.
Me siento en la cama y ese puto dolor me arranca un gemido; me llevo las manos a la cabeza. ¿Qué pasó? Pienso un momento, tratando de recordar por qué estoy desnuda en mi cama, hasta que bajo la mirada y encuentro un brazo tatuado rodeando mi cintura.
Cierro los ojos y rezo una plegaria silenciosa: que no sea lo que estoy pensando. Miro a mi lado y veo más tatuajes y una espalda ancha.
Dejo caer la cabeza sobre la almohada y maldigo por dentro. No puede ser.
Gabriel se remueve y me suelta. Aprovecho para levantarme y salir corriendo desnuda hacia el baño.
Un grito se escapa de mi boca al verme en el espejo. Tengo varios chupetones en el cuello y en el pecho, y ni hablar de las marcas en otras partes del cuerpo.
—¿Qué pasó? —Gabriel entra asustado al baño por mi grito y abre los ojos como platos al verme—. ¿Qué te pasó?
Aprieto las manos hasta formar puños.
—¿Que qué pasó? —grito, señalándolo—. ¡Pasó que rompimos el código! —Gaby está desnudo frente a mí—. ¡Todo esto es tu culpa!
Gabriel abre los ojos y su mirada se oscurece.
—¿Mi culpa? —se señala a sí mismo—. Pues recuerdo que tú en ningún momento quisiste detenerte.
Cierro los ojos, molesta, y niego con la cabeza.
—Si no hubieras traído licor, esto no habría pasado.
Abro los ojos y veo su mirada dolida.
—Bueno, ya, pasó lo que pasó —dice, dándose la vuelta. Al hacerlo, abro los ojos con sorpresa: tiene la espalda completamente arañada.
—Sabes que no es así —digo, molesta, y lo sigo—. No debemos arruinar lo que tenemos por un estúpido revolcón.
En ese momento Gabriel se voltea y me mira furioso.
—Para mí no fue un estúpido revolcón —dice, dolido.
—Para mí sí lo fue.
Aprieta la boca y me mira como si quisiera matarme.
—Quiero que te vayas —señalo la puerta.
—¿Me estás echando? —da unos pasos hacia mí y yo retrocedo.