—Si ese pastel termina en el suelo, juro que renuncio, me compro una caravana y me dedico a vender pulseras en alguna playa donde nadie sepa qué significa la palabra evento.
Diana ni siquiera levantó la cabeza del teléfono.
—No sabes hacer pulseras.
—Aprendo.
—Te mareas en los viajes largos.
—Venderé la caravana.
—Y odias la arena.
Miré a mi asistente, que llevaba veinte minutos intentando localizar al responsable de una empresa de catering que aparentemente había decidido desaparecer de la faz de la Tierra, y consideré seriamente despedirla por conocerme demasiado bien.
—¿Tienes alguna otra observación que quieras compartir?
—Que el pastel se está inclinando hacia la izquierda y el camarero que lo sostiene parece que va a desmayarse.
Volví la cabeza.
Mierda.
El pastel de cinco pisos, encargado especialmente para celebrar el trigésimo aniversario de Industrias Montalbán, avanzaba por el salón principal del hotel Palacio del Prado con la estabilidad de un borracho sobre patines. Dos camareros empujaban el carrito mientras un tercero caminaba detrás, sosteniendo discretamente una de las columnas de chocolate.
La decoración incluía flores de azúcar, pequeñas reproducciones de los edificios más emblemáticos de la empresa y una estructura interna que, según el pastelero, podía resistir cualquier movimiento razonable.
Evidentemente, nadie le había explicado que los camareros del hotel consideraban razonable atravesar una alfombra gruesa con un pastel de casi cuarenta kilos.
—Diana, dile al técnico que retrase la música.
—El presidente quiere comenzar el discurso en tres minutos.
—Pues tendrá que descubrir las ventajas de la paciencia.
Ya estaba cruzando el salón cuando escuché un ruido que conocía demasiado bien. Una de las ruedas del carrito había quedado atrapada en el borde de la alfombra.
El camarero de atrás hizo un movimiento brusco para sujetar la estructura. El pastel se inclinó todavía más.
No recuerdo haber pensado demasiado antes de meterme entre el carrito y una mesa llena de invitados. Sujeté la base con ambas manos, conseguí enderezarla y terminé con el antebrazo completamente cubierto de chocolate.
Alguien aplaudió.
Yo quería asesinar al pastelero.
—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó uno de los camareros.
—Estupendamente. Siempre había querido bañarme en chocolate delante de doscientas personas.
Un hombre se acercó por mi derecha y retiró una copa de champán que había quedado peligrosamente cerca de mi codo.
—Para ser sincero, habría pagado por ver cómo terminaba eso.
Tenía una voz grave, divertida y lo bastante cerca de mi oído para conseguir que lo mirara antes de contestar.
Fue un error.
El hombre llevaba un traje azul oscuro, sin corbata, y una camisa blanca cuyo primer botón estaba abierto. Era alto, de hombros anchos, cabello castaño oscuro ligeramente despeinado y una cara que seguramente había provocado más de una discusión entre amigas.
Pero lo verdaderamente irritante era su expresión. Sonreía como si acabáramos de compartir una broma privada.
—Pues ha llegado tarde. La función terminó y no habrá segunda presentación.
—Una pena. ¿Aceptan reclamaciones?
—Por escrito. Respondo en un plazo de treinta a cuarenta días laborables.
Su sonrisa se amplió.
—¿También incluye una disculpa por arruinarme el espectáculo?
—Depende de si el cliente es especialmente pesado.
—Tengo fama de serlo.
—Qué sorpresa.
Diana apareció junto a nosotros, me entregó una servilleta y señaló discretamente al presidente de Montalbán, que esperaba cerca del escenario.
—Abril, está preguntando por ti.
—Dile que ahora mismo voy.
—También quiere saber si el pastel está bien.
Miré mis manos cubiertas de chocolate.
—Dile que está mejor que yo.
Mientras Diana se alejaba, el desconocido me ofreció una segunda servilleta que había tomado de una mesa.
—Creo que necesitas varias.
—Necesito una ducha, una copa de vino y cambiar de profesión. En ese orden.
—Conozco un sitio donde sirven un vino excelente.
Levanté la vista.
—¿Eso ha sido un intento de ligar conmigo?
—Bastante evidente, me temo.
—Al menos eres consciente.
—También soy persistente, pero podemos dejar que lo descubras poco a poco.
Lo examiné con mayor detenimiento. Tendría unos treinta y tantos, quizá treinta y siete, y una seguridad que normalmente habría bastado para hacerme perder el interés. Había conocido demasiados hombres convencidos de que su apellido, su dinero o una buena mandíbula les concedían ciertos privilegios.
Aquel, sin embargo, parecía divertirse más con mis respuestas que con las suyas.
—Tengo trabajo —le recordé.
—Lo he notado. Has estado a punto de morir salvando un pastel.
—Era un pastel muy caro.
—Mis disculpas. No pretendía faltarle el respeto al difunto.
Solté una carcajada antes de poder evitarlo.
—No está muerto.
—Entonces todavía hay esperanza para todos.
Diana volvió a hacerme señas desde el otro extremo del salón.
—Tengo que irme.
—¿Cómo te llamas?
—Abril.
—Nicolás.
Esperó un momento, quizá suponiendo que le preguntaría algo más. No lo hice. En los eventos aprendí que conocer demasiado a los invitados podía convertirse en un problema, especialmente cuando alguno confundía la amabilidad profesional con una invitación a compartir el desayuno.
—Encantado, Abril.
—No te emociones, Nicolás. Puede que haya sido nuestro último encuentro.
—Eso sería una tragedia.
—He sobrevivido a cosas peores.
Me alejé antes de averiguar si tenía otra respuesta preparada.
Durante las dos horas siguientes apenas pensé en él. El presidente de Montalbán pronunció un discurso de veintidós minutos, aunque había prometido que hablaría cinco. Una invitada se quejó de que la música estaba demasiado alta y, cuando bajamos el volumen, su marido pidió que lo subiéramos porque no escuchaba nada.