❝ OLIVIA ❞
Londres, Inglaterra.
—Noah, mi amor, ¿Rose y tú ya cenaron? —pregunté mientras el ascensor subía al tercer piso.
La voz emocionada de mi hijo respondió al otro lado.
—¡Sí, mami! Comí milanesa con puré.
—Qué bueno, corazón. Dile a la señora Juls que ya casi salgo, ¿sí? Voy a pasar por tu papá y en una hora estoy en casa, bye, bye, te amo.
—¡Yo también te amo, mami!
Las puertas se abrieron en cardiología y guardé el celular con una sonrisa.
Louis era uno de los cirujanos cardiovasculares más respetados de Londres. Su carrera nos había dado estabilidad, una casa cómoda y la posibilidad de que yo no tuviera que renunciar a mi trabajo.
Gracias a eso dirigía el departamento de urgencias.
La presión nunca había sido un problema para mí. Aun así, sentía las miradas cuando cruzaba el pasillo hacia su despacho.
Siempre había sido así.
No era la persona más querida en ese lugar, aunque nunca había entendido del todo la razón.
En fin, eso jamás me importó de todas formas.
Estaba por tocar la puerta cuando noté que se encontraba entreabierta y escuché algo que me hizo detenerme en seco.
—Louis, ya me harté de esperar. ¿Cuándo piensas dejarla?
Reconocí esa voz de inmediato y mi ceño se frunció sin que pudiera evitarlo.
¿Por qué le hablaba así a mi marido?
—Ya te lo dije —respondió él con calma—. Aún no puedo hacerlo por los niños. Mi hija tiene solo dos años… no es el momento, ¿comprendes?
—Llevas diciendo lo mismo desde que ella estaba embarazada —insistió, con un tono impaciente—. Consigue un abogado. Y si te preocupa la pensión, conozco a alguien que se encargará de que no te saque más de lo necesario. Solo tendrías que pasarle lo justo para que los niños estén bien.
Resopló.
—Al final, ella es doctora, ¿no? Puede mantenerse sola. No deberías tener que mantenerla tú también.
Contuve la respiración.
Me costaba procesar todo lo que acababa de escuchar.
Pero lo peor fue entender que esto llevaba sucediendo desde hace mucho tiempo.
Mientras yo apenas podía dormir… mientras mi cuerpo cambiaba para traer al mundo a nuestra hija… él ya estaba viéndose con otra mujer.
Hubo un silencio breve en el que solo podía escuchar mi respiración y el pulso acelerado de mi corazón.
—Además… —añadió— creo que tú y yo vamos a ser padres muy pronto.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—¿Qué…? —escuché a Louis decir, confundido.
Embarazada…
Eso lo cambiaba todo.
Ya no era solo una aventura.
Aquella mujer era Laura.
Su asistente desde hacía más de dos años.
La que siempre había estado demasiado cerca.
La que sonreía con esa seguridad —que ahora entendía demasiado bien— cada vez que me veía pasar.
Mis manos comenzaron a temblar sin control.
—Sí, escuchaste bien, amor. Creo que estoy embarazada.
No…
No puede ser…
Mi respiración se volvió pesada y di un paso atrás.
No iba a hacer una escena en ese lugar.
Me obligué a retroceder en silencio, alejándome de la puerta con cuidado, como si no hubiera escuchado nada.
Intenté pensar en mis hijos.
Ellos eran lo más importante para mí. No podía desmoronarme frente a todas esas personas.
El pasillo parecía más largo ahora. Más estrecho.
Mientras caminaba, empecé a notar los murmullos, las miradas poco discretas y las risas…
No necesitaba que nadie me dijera nada. Ellas lo sabían.
Se estaban burlando de mí.
Seguí caminando mientras sentía las lágrimas arder, pero no iba a permitir que me vieran llorar.
Al llegar al ascensor vi que estaba en otro piso, pero no tenía paciencia para esperar, así que tomé las escaleras.
Cada peldaño se sentía más pesado que el anterior.
Mi visión comenzó a nublarse y tuve que apoyarme un segundo en la baranda para no tropezar.
Todavía no entendía del todo lo que había escuchado. O tal vez sí, pero mi mente se negaba a aceptarlo.
Llegué al estacionamiento de milagro y busqué las llaves de mi auto en el bolso. Mis manos temblaban tanto que se me cayeron.
Y ahí, sola, dejé de contenerme.
Las lágrimas comenzaron a caer, silenciosas al principio, hasta que el llanto me cerró la garganta.