❝ VINCENT ❞
Dejé la caja sobre el mostrador, tomé la navaja y corté la cinta con cuidado.
El olor a libro nuevo llenó el aire.
Tenía que admitirlo: ese era mi momento favorito del día.
Fui sacándolos uno por uno hasta que uno llamó mi atención.
“La amistad es el mejor vínculo de confianza.”
Bufé.
Lo coloqué en la sección de familia y relaciones sin pensarlo demasiado.
La confianza no es un vínculo.
Es un riesgo.
Y cuando se rompe, nada vuelve a ser lo mismo. Eso lo aprendí tarde.
También aprendí que la traición casi siempre viene de quien menos te lo esperas.
Hoy camino con cautela. No lo llamo desconfianza. Lo llamo experiencia.
Sigo trabajando en eso con mi terapeuta…
Pero… hay una excepción.
Remy.
Con él no existen barreras.
No hay cálculo ni defensa de mi parte.
Su llegada cambió más cosas de las que puedo enumerar. En medio de todo lo que hice mal, él fue lo único que hice bien.
Aun así, hay capítulos de mi vida que no puedo borrar.
En particular, los que tienen como protagonistas a los padres biológicos de mi hijo.
Es curioso cómo la vida terminó cruzando nuestros destinos.
➡ Pasado…
Era mi primer día en la universidad.
Había dejado mi casa y a mis padres en otra ciudad, convencido de que estaba listo para empezar de cero.
Me tomó media hora encontrar mi habitación porque la administración me había asignado el dormitorio equivocado al otro lado del campus.
No era el mejor inicio.
Cuando por fin llegué, lo primero que vi fue a una chica rubia salir hecha una furia de la habitación que, en teoría, sería la mía.
—¡Te odio! ¡Imbécil! —gritaba hacia adentro.
Pasó junto a mí y me empujó contra la pared sin siquiera mirarme.
—¡Muévete, idiota!
No reaccioné. Solo miré alrededor. Varias puertas se habían abierto; siempre hay público cuando hay drama.
Entonces apareció él.
—¡Jen! ¡Te juro que no sabía que era tu mejor amiga! —le gritó desde la puerta.
Las risas no tardaron en llenar el pasillo.
—¡Vete al diablo! —le respondió ella sin detenerse.
Él hizo un gesto despreocupado con la mano y la dejó ir. Después me vio.
Me sostuvo la mirada unos segundos. Tenía el cabello rizado, desordenado, y unos ojos verdes que parecían más grandes por el mal humor. No parecía alguien que hubiera dormido mucho. O nada.
Mi primera impresión fue simple: ese tipo iba a ser un problema.
Con el papel de asignación en una mano, una maleta enorme colgando de mi espalda y otra con ruedas a mi costado, lo miré sin decir nada.
Estaba nervioso y no estaba acostumbrado a ese nivel de caos.
—¿Y tú qué haces ahí? ¿Se te perdió algo o qué? Ya se acabó el show —rezongó. Y, sin darme tiempo a responder, entró y cerró la puerta.
Bajé la mirada al número en el papel. Luego miré el de la puerta. Esperé haberme equivocado otra vez.
Pero no.
Era ese.
Maldije en voz baja. Compartir habitación con alguien así no estaba en mis planes.
Me quedé unos segundos frente a la puerta, dudando. Después respiré hondo y toqué.
La puerta se abrió de nuevo. No parecía estar de mejor humor.
—¿Qué quieres ahora? —dijo, clavándome esa mirada verde cargada de fastidio.
Tragué saliva.
La paciencia nunca fue mi fuerte, y socializar con desconocidos tampoco. Aquello ya me estaba agotando.
—Yo… lamento lo de hace un momento —dije, intentando sonar firme—. No quería interrumpir. Solo… soy tu nuevo compañero de habitación.
Hubo un silencio breve. Él suspiró y se hizo a un lado.
—Está bien, pasa. Me dijeron que mi compañero también estaría en Negocios Internacionales —dijo, ya menos alterado.
Entré.
La habitación estaba hecha un desastre. Ropa en el suelo, libros abiertos, una botella de algo que no parecía agua sobre el escritorio.
—Dime que eres listo —soltó de repente—. Tengo media beca. No puedo volver a casa sin un título.