❝ OLIVIA ❞
Respiré aliviada al ver que Louis llegó solo.
Desde que llamó temí que se atreviera a traer a Laura, la mujer más cínica con la que me había topado en años.
Cuando me vio, estaba serio, y me preocupó que se comportara así frente a nuestros hijos.
Apenas bajó de su auto de lujo, Noah salió corriendo desde la casa y se lanzó a abrazarlo.
Louis, al menos, le devolvió el abrazo con una sonrisa.
Rose, en cambio, estaba tranquila en mis brazos, más pendiente de su cocodrilo de peluche que de su padre.
Aquello me hizo pensar en Vincent y en lo tierno que había sido con ella hoy.
Rose parecía muy cómoda a su alrededor… aunque, siendo honesta, ¿quién no lo estaría? Además de guapo, era todo un caballero.
Recordé el abrazo que me dio antes de irnos del parque.
Me dijo que no estaba sola en esto… y lo dijo tan en serio que todavía podía sentirlo.
Cuando subí al auto con los niños para marcharme, apenas podía controlar el latido de mi corazón.
Quizá lo estaba sobrepensando. Después de todo, solo había sido un gesto amable de su parte al verme tan alterada. Aun así, Vincent parecía un buen hombre.
Me mordí los labios y me obligué a regresar al presente, que no tenía nada de cálido.
—¡Campeón! Mírate nada más. Estás más grande —soltó Louis de repente.
No pude evitar apretar la mandíbula.
Claro.
Eso es lo que pasa cuando dejas de ver a tu hijo durante tanto tiempo.
—¡Papi! ¿Te vas a quedar? —preguntó Noah, brincando emocionado a su alrededor.
Louis finalmente me miró con atención. Sus ojos bajaron hasta mis zapatos y volvieron a subir lentamente antes de recorrer la casa.
Por su expresión podía imaginar lo que estaba pensando.
Mi nueva casa era probablemente diez veces más pequeña que la que solíamos compartir, pero eso no la hacía un mal lugar.
Mamá me ayudó a conseguirla en un buen vecindario.
Tiene dos habitaciones pequeñas y una principal, un jardín trasero y un porche bastante bonito.
Mamá, mi hermana y yo nos encargamos de pintarla y limpiarla hasta dejarla como nueva.
—Vine a visitarlos, Noah. Los extrañaba mucho.
—¿También extrañas a mi mamá? —preguntó mi hijo con toda la inocencia del mundo.
Louis soltó una pequeña risa y le revolvió el cabello a Noah.
Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no soltar un bufido.
Todo este tiempo lejos de Louis me hizo entender algo que antes no veía con claridad. El dolor que sentí cuando me engañó no hirió tanto a la mujer que fui, sino a la madre que soy, y quizá también a mi orgullo.
No voy a mentir, me puso furiosa.
Él me hizo sentir como una idiota. Pero hoy puedo decirlo con total seguridad: ya no amo al hombre que tengo frente a mí.
Y, si soy sincera, ni siquiera sé cuándo dejé de hacerlo. Estoy bastante segura de que fue mucho antes de descubrir su engaño.
—¡Papi! Ven, te voy a enseñar mi habitación —continuó Noah, tomándolo de la mano.
Louis apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Noah comenzara a arrastrarlo hacia el interior de la casa.
No me dirigió ni una sola palabra. Simplemente se dejó llevar por su hijo.
Subieron las escaleras con la energía de Noah guiando cada paso. Yo caminaba unos metros detrás, con Rose aún en brazos, mientras Louis observaba todo a su alrededor.
No necesitaba preguntarle qué estaba pensando.
Su expresión lo decía todo.
Miraba la casa como si fuera una pocilga.
Cuando Noah abrió la puerta de su habitación, entró casi saltando de emoción.
—¡Mira! —dijo señalando por todos lados—. Aquí están mis juguetes y mis libros… ¡y ese es mi escritorio!
Louis lo siguió dentro, asintiendo mientras fingía interés. Sus ojos recorrieron la habitación de arriba abajo, como midiendo el espacio.
—Vaya… tienes muchas cosas aquí, campeón.
Louis levantó la mirada y me encontró en el marco de la puerta.
En ese instante supe que algo venía.
Conocía demasiado bien esa expresión. Louis estaba a punto de reclamarme algo.
—¡Papá! —interrumpió Noah de pronto, completamente ajeno a la tensión—. ¡También tienes que ver la habitación de Rose!
Louis volvió a sonreír para su hijo.
—Claro.
Cuando pasó junto a mí para salir de la habitación, extendió los brazos hacia Rose.
—Ven aquí, princesa.
Dudé apenas un segundo antes de entregársela.