Un papá en la finca

Capítulo 4

Capítulo 4 – Entre viñedos y primeras impresiones

El día comenzaba con la misma rutina que Marina y Tomás conocían bien. Tras descender del autobús, caminar por el sendero de tierra y saludar a Doña Carmen, el pequeño se escapó casi de inmediato hacia los viñedos, como si cada parra fuera un territorio secreto que esperaba ser inspeccionado. Sus pasos eran rápidos, ligeros, y sus manos se alargaban para tocar los racimos de uvas, observando el color, la textura y el brillo con un cuidado sorprendente para un niño de cinco años. Para Tomás, aquel lugar no era ajeno; lo recorría con la naturalidad de quien siente que pertenece, aunque no sepa explicar por qué.

En ese mismo momento Alejandro apareció de improviso, avanzando entre las hileras con paso firme y mirada analítica. Había salido con la intención de revisar el estado de las vides, medir distancias, evaluar detalles que solo él parecía notar. No esperaba encontrar a nadie allí, y mucho menos a un niño. Al verlo inclinado sobre los racimos, frunció el ceño de inmediato. La imagen le resultó fuera de lugar, casi una intrusión inadmisible.
Su voz grave rompió el silencio del campo:

—¡Hey! ¿Qué crees que estás haciendo?

Tomás se incorporó de golpe. No dio un paso atrás, pero sus ojos se abrieron con alerta, midiendo al desconocido. Aun así, respondió con firmeza:

—¡No estoy haciendo nada malo! Solo estoy cuidando las uvas.

Alejandro lo observó con detenimiento. El niño no le resultaba familiar, y eso lo incomodó más de lo que estaba dispuesto a admitir. No lo había visto antes en la finca, no recordaba haber autorizado la presencia de nadie ajeno, y menos aún de un menor correteando entre sus viñedos.

—¿Cuidando las uvas? —replicó con incredulidad, dando un paso hacia él—. ¿Quién te dejó andar solo por aquí? Pareces más bien un ladrón en miniatura.

—¡No, señor! —protestó Tomás, irguiéndose un poco más—. Yo soy el cuidador aquí. Me aseguro de que estén bien. Además, el intruso es usted.

Alejandro apretó la mandíbula. La osadía del niño no le causó gracia; por el contrario, encendió su desconfianza. Miró alrededor, como esperando que apareciera un adulto responsable en cualquier momento.

—Escúchame bien —dijo, con voz seca—. Estas no son tierras para que un niño juegue. Ahora vete de aquí, shuu.

Tomás abrió los ojos de pronto, como si algo encajara en su memoria. Lo observó con más atención, recorriendo su rostro, su postura rígida, su tono severo… y entonces lo reconoció.

—Oh… es el señor gruñón —murmuró casi en un susurro, más para sí mismo que para el hombre.

Alejandro frunció el ceño, inclinando apenas la cabeza.

—¿Qué dices?

Tomás se encogió de hombros con una mueca traviesa, disimulando.

—Nada.

Luego, sin agregar más, dio media vuelta y salió corriendo entre las hileras, perdiéndose rápidamente entre las parras. Alejandro lo siguió con la mirada, convencido de que había resuelto el problema. Volvió a concentrarse en su recorrido, retomando su inspección con el ceño aún fruncido.

Sin embargo, la sensación de estar solo no duró mucho.

A los pocos minutos, Alejandro tuvo la impresión incómoda de que algo no encajaba. Un crujido leve aquí, una sombra que parecía moverse allá. Se detuvo. Giró lentamente la cabeza. Pero no había nada.

Avanzó unos pasos más y entonces lo vio. El niño estaba allí otra vez, a unos metros de distancia, medio oculto detrás de una parra, observándolo con descaro.

—¿Qué no te dije que te fueras? —preguntó, girándose por completo hacia él—. ¿Por qué sigues aquí?

Tomás no respondió de inmediato. Dio un paso al costado, luego otro, siguiéndolo como si el viñedo fuera un juego de escondidas cuidadosamente calculado.

—No me fui —dijo al fin—. Solo me escondí.

Alejandro soltó una exhalación lenta, cargada de fastidio.

—¿Asi que me estás siguiendo? —preguntó, con un tono más bajo, más controlado, aunque igual de firme.

Tomás asintió con seriedad, acercándose un poco más, sin miedo.

—Sí. Quería ver qué hacía usted. Además… estas uvas hoy se ven raras.

Aquella respuesta, inesperada, hizo que Alejandro se detuviera por completo. Había algo en la forma en que el niño observaba, en su atención genuina, que lo descolocaba. Aun así, no suavizó el gesto.

—A ver, niño—dijo al cabo—. Antes de que vuelva a echarte de aquí, dime algo.
Lo miró fijamente.
—¿Quién eres? ¿Y qué haces en mis tierras?

Tomás sonrió, orgulloso, como si aquella fuera la pregunta correcta.

—Yo soy Tomás. Y mi mamá cuida a Federico —respondió sin dudar—. El hijo de los Ferrero. Yo la acompaño… y cuido las uvas.

El silencio que siguió fue denso. Alejandro no reaccionó de inmediato. El nombre de su hermano lo golpeó en algún lugar interno, despertando una alerta silenciosa. Miró al niño otra vez, con una atención distinta, más profunda, como si recién entonces lo estuviera viendo de verdad.

Desde ese momento, Alejandro comprendió que no podría ignorar a aquel pequeño. No solo porque anduviera donde no debía, sino porque su presencia parecía desafiar, con una naturalidad desconcertante, la autoridad que él intentaba imponer sobre ese lugar.

El viñedo volvió a quedar en silencio, pero ya no era el mismo.

(...)

Minutos más tarde Alejandro entró en la casa de su madre con Tomás a su lado, avanzando por el hall con una seguridad contenida que contrastaba con la quietud del lugar. El sonido de sus pasos sobre el piso pulido llegó hasta la sala y fue eso, más que su presencia, lo que hizo que Marina levantara la vista desde donde estaba inclinada sobre Federico. El instante en que sus miradas se encontraron quedó suspendido en el aire, cargado de una incomodidad inmediata y reconocible. Marina lo identificó al acto: el hombre del autobús, el rostro adusto, la mirada dura que había marcado aquella mañana con un retraso y una sensación amarga. Alejandro, por su parte, tardó apenas un segundo en reconocerla, y ese segundo fue suficiente para que una sombra de fastidio cruzara su expresión. Ninguno habló. Se observaron con cautela, como si ambos evaluaran al otro en silencio, midiendo intenciones, recordando el roce previo sin palabras que ahora cobraba un nuevo peso. En los ojos de Marina se mezclaron la sorpresa y una alerta instintiva; en los de Alejandro, la duda y una tensión controlada, como si aquel encuentro inesperado hubiera alterado un orden que él creía firme. El aire entre ellos se volvió denso, cargado de preguntas no formuladas y de un malestar que ninguno estaba dispuesto a nombrar.




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